1952 DE LA PUERTA DEL SOL A LA DE ALMANSA Ó LA TRAICIÓN DE JULIÁN

1952 DE LA PUERTA DEL SOL A LA DE ALMANSA Ó LA TRAICIÓN DE JULIÁN.
(Apunte de sainete) por Manuel Magro Jáuregui

-¿En qué piensas, Julián? ¿Se pué saber?
-¿En qué va a ser, Don Hilarión? en las fiestas de «mi» pueblo.
-¡Anda, qué gracioso! Pero... ¿tú no eres de Madriz, so pasmao? -Natural... natural de Madrid, sí, señor, desde mi más tierna infancia.
-Entonces... de verdaz, Julián, que no lo entiendo ¡Como no te explicotees mejor...! -Muy sencillo, Don Hilarión. Bien sabe usted -mucho mejor que yo, aunque trate de di­simularlo- que el casticismo madrileño es hoy una caricatura y mala del de antaño, y que Madrid ha dejado de ser lo que era, para convertirse en un bosque de postes, y un dédalo de cemento y asfalto, sin sabor y sin gracia...
-En vista de lo cual, tú te has nacionalizan paleto ¿No es eso, cara primo?
-No. Es que verá. Cuando yo buscaba un lugar en donde lo viejo se sintiera joven pa­ra lucir con garbo sus encantos, aunque sólo fuera unos días cada año, conocí un pueblo que si no es muy grande de tamaño, es inmenso por la cantidad de. espíritu que atesora, y, sobre todo, con un sentido asombrosamente exacto de cómo debe vestirse a la moder­na lo tradicional, para que sin desentonar de lo nuevo, ofrezca, incluso resaltados, todos los encantos de su meritoria y venerable antigüedad.
-Estás guillan, Julián. Veo con dolor que de paisano de La Cibeles no te queda ni la gorra de cuadros, que has perdido en el viaje de ida y vuelta al pueblecito ese que t'ha sorbío el seso, y que se llama...
-Villena, Don Hilarión. No se le olvide, y cuando oiga este nombre, descúbrase. ¡Vaya gente sabiendo hacer las cosas bien y con gracia y buen gusto para divertirse en grande!
-Eso no tiene mérito ninguno, atontan; eso lo hace cualquiera. A la hora de correrla y de empinar el codo, nadie se queda suspenso. Hasta los menos aplicaos sacan matrícula de honor, con sobresaliente en todas las asignaturas. ¡Si lo sabré yo! El valor de un pue­blo se demuestra a la hora de arrimar el hombro los ciudadanos, u séase de trabajar como mandan los cánones.
-Pues en ese aspecto, y tratándose de Villena, además de descubrirse, tiene usted que hacer una profunda reverencia, porque allí durante todo el año, nadie deja de trabajar, con arte y con coraje, ¡ah! y por partida doble. Porque fíjese que allí todos son labrado­res y, además, el que no es zapatero es ebanista, y el que no es mecánico es licorista, y...
-Y el que no, malabarista, ¿verdaz, ilusionista?
-Menos chunguita, Don Hilarión, que estoy hablando en serio de «mi» pueblo, que es una cosa muy seria. Lo que pasa es que usted no comprende que miles de familias y de ciudadanos trabajen al unísono y hasta el agotamiento durante 360 días, produciendo a más y mejor, y después, en justo desquite, dediquen íntegramente 5 días a la diversión en forma totalitaria, gozando de la vida sin tasa y en toda su plenitud y dignidad. Usted no conoce más que aquel Madrid de Apolo, del que ya no quedan más que unos maltrechos restos de las que fueron verbenas, arrojados con desprecio a los suburbios. ¿O es que las sandungueras niñas de la cofia, que lucen sus huesos en las cafeterías de moda, le han seducido con el candor de su mirada al «humo de sándalo»?
-Pues, ¿sabes lo que te digo, Julián? Que con todo eso, Madriz sigue siendo Madriz y que yo, de villorrios y lugarejos no quiero saber nada. ¡Estaría bueno! En los pueblos, digas lo que quieras, no hay más que polvo, moscas y «Comadreo an Cotilleo Trust Company» ¿T'has enteran, renegao? ¡Parece mentira! ¡Y que seas tú ..! Bueno, callaremos, porque si no...
-Su inconmovible madrileñismo merece un monumento, sí, señor. Pero usted ignora a España, que es algo más que Madrid. Usted no ha visto Villena ni ha vivido en ella como yo. Por eso no sabe lo que tiene «dentro», es decir, desconoce el valor inmenso de ese te­soro de espiritualidad que guarda avara nuestra Patria, escondido en la aparente insigni­ficancia de sus pueblos. Porque, al fin, Villana, viejo pueblo de la España única y eterna, no es más que uno de tantos trozos vivos de nuestra mejor historia, envuelto en gloria y en leyenda, que palpita fecundo bajo la mirada envidiosa del Sol, recostado en una lade­ra al amparo de la nobleza de un castillo feudal, que es un adorable relicario que guar­da celoso, a través de los siglos, las más nobles ejecutorias de nuestra estirpe guerrera y dominadora, y, al mismo tiempo, un hito gigantesco que se levanta altivo y señero hacia el Cielo, señalando a las generaciones todas que desfilan a sus pies en el tiempo el paso mayestático de la raza española hacia las cumbres de la inmortalidad. ¿He dicho algo?
-Sí hombre, mucho. Una cantidad apabullante de tonterías, quiero decir. Estás majare­ta perdía, Julián. Pienso que aunque sólo costaran a perra gorda la tonelada, se arruinaría el Banco de España si tuviera que pagar todos los tornillos que te faltan. Una temporadi­ta en Leganés te vendría de perilla, chalan.
-No digo que no. Pero le aseguro que mejor todavía le vendría a usted pasarla en Vi­llena. Es posible que se creyera transportado a otro planeta cuando descubriera con ojos de asombro esa España desconocida de tantos que piensan neciamente que, porque lo tí­pico y lo tradicional va desapareciendo de las grandes ciudades, arrollado sin piedad por el brutal avance del inhumano, vulgar y materialista modernismo extranjerizante, ya no queda nada de lo nuestro. Y esto, todavía, gracias a Dios, no es verdad. ¡Aun quedan los pequeños-inmensos pueblos de la gran España: Villena, por ejemplo! ¡Si viera usted a «mi» pueblo en fiestas!
-No necesito verlas para saber cómo son, porque todas las pueblerinadas están ya muy vistas, Julián. Se componen de mucho ruido desagradable; tropezones a cada paso con palurdos endomingados que no te dejan andar; guirnaldas baratas de papel por to­das partes, y un torrente de tintorro que avanza sin piedad, haciendo naufragar más de una presuntuosa estabilidaz. De lo demás, ná de ná, ni pa un remedio. ¡No seas panoli!
-Se lo perdono todo, porque la ignorancia es muy atrevida y usted no se imagina ni tiene la menor idea de lo que son las fiestas villeneras, y, sobre todo, esa filigrana de gra­cia española, la desconocida «Entrada», que debiera ser Monumento Nacional. ¡Es algo de ensueño, Don Hilarión! ¡Si usted la viera.. ! Imagínese una muchedumbre jovial y bulli­ciosa, moviéndose ágil, armónica y gentilmente, en un ambiente sin igual de vistosidad incomparable y de magnificencia deslumbradora, pletórica de belleza y hermosura, rebo­sante de gozo y felicidad, generosa y magnánima, que haciendo inquieta y alborozada un derroche fantástico de lujo y de delicadeza, de luces, de salero y de simpatía, y, so­bre todo, de ese «algo» genuinamente nuestro, incopiable e indefinible, del que más se tiene cuanto más se prodigo, parece decir con una subyugadora sonrisa a esta época de ahora, escéptica, adusta y desangelada, mientras desfila, señorial y magnífica, rodeada de flores y música, risas y aclamaciones, cabalgando airosa en el brioso corcel de su optimismo desbordado, envuelta en la luminosidad radiante del sol levantino: ¿Quién ha dicho que ya no hay alegría en el mundo?
-Estás arrebatan de inspiración, Julián. Oyéndote dan ganas de pensar que aquello es el Paraíso sin Eva, sin serpiente, sin manzana, y sin el angelito aquel haciendo de guarda juran.
-Y que lo diga usted, Don Hilarión. Aquello arrebata de alegría a un panteón con sólo recordarlo. Para mí, una de las cosas más asombrosas y desconcertantes es el arte, poco menos que mágico, de los que allí llaman «festeros», para combinar los gestos, actitudes y detalles de que hacen gala los grandes que están en posesión de un señorío aristocrá­tico, con los alardes, invenciones y desenfados típicos y castizos, orgullo del ingenio crea­dor del verdadero pueblo. Por todo esto que le digo, y por mucho más que me callo, el conjunto es algo que despampana, que atontolina, que deshilacha.. Tanto que, ¿sabe us­ted lo que creo, hablando en serio? ¿eh?
-¡Mi madre! En el plan que estás hoy, ¡cualquiera adivina, alma mía!
-Pues que en Madrid no habrá nunca unas fiestas de postín, dignas de la Capital de las Españas, mientras no se decidan a importar las geniales e inimitables creaciones de nuestros pueblos con solera artística y tradición festera. Costaría mucho, sin duda, y perderían bastante, desde luego, los elementos locales fuera de su ambiente, pero Madrid vería algo maravilloso que desconoce. ¡Qué pena! Créame, Don Hilarión; cada vez que llega el 5 de Septiembre, y pienso que miles de madrileños se han muerto y seguirán mu­riéndose sin ver esa apoteosis de fábula mitológica que es la «Entrada», me dan ganas de ir allá, y hacia las cinco de la tarde, coger en volandas la Corredera, con el Villenen­se y todo, y en una bandeja de plata, colocarla en plena calle de Alcalá, para que la admiren mis pobrecitos paisanos.
-¡Anda mi agüela! Pero ¿no has dicho antes que eres de Villena? ¿En qué quedamos, despistan, descentran y descabezan?
-Lleva usted razón. Es que, pensando en aquello, acaba uno por no saber ni de dónde es.
-Pues yo no lo he olvidan ni lo olvidaré nunca, Julián. Por eso te digo, y te diré siem­pre, que de Madrid al Cielo ¡4h!, y que no se olvide el agujerito de marras para verlo.
-A lo que le respondo que si fuera usted a Villena en fiestas, y estuviera allí el 5 de Septiembre por la tarde, no pensaría en ir a ninguna parte, ni al Cielo siquiera, y que, por consiguiente, le sobraba todo, hasta el consabido agujerito. Pruébelo y se convencerá.
-Oye, ¿y por qué no pruebas tú, taravilla descompuesta, a callarte ya de una vez, so mo­rral ¡Pues vaya un tostón que me estás dando con el pueblecito ese! ¡Ni que fuera mi santo!
-¡Ah!, pero, ¿le molesto? Entonces, no he dicho nada, caballero. Usted perdone y hasta la próxima, Don Hilarión. Adiós, y que le vaya bien. «Salú pa criarla».
-¡Desnaturalizan! ¡Parece mentira que haya hijos así! ¡Madrid de mi alma! Pero no te apures, que si otros te abandonan, yo te seré fiel hasta después de muerto. ¡Osito mío y Ma­droño de mis entretelas! ¡Te lo juro por Ia saluz de la Casta y la Susana, que en gloria estén.
Revista Villena 1952
Cedida por... Elia Estevan
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