1960 LA LUNA OBSERVADA DESDE VILLENA

La Luna observada desde Villena
D. Enrique de Villena • D. Tomás Giner Galbis • El cráter «Giner»
por FAUSTINO ALONSO GOTOR - MÉDICO
En recuerdo de sus interesantes investigaciones astronómicas, 
uno de los «cráteres» de la Luna ha sido dedicado a don Tomás Giner.
La luna, por ser el astro más cercano a nuestro planeta, ha sido desde tiempos inmemoriales el más estudiado por el hombre, habiéndose llegado en este siglo XX a conocerse, en cuanto a su orografía, con gran perfección, debido a la mejor calidad de los telescopios que usan los astrónomos y selenógrafos de nuestros tiempos.
Paluzie, astrónomo español, Secretario Permanente de la Sociedad Lunar Internacional y Secretario General de la Sociedad Astronómica de España y América, nos da una clasificación sumaria de los accidentes lunares, la cual vamos a exponer antes de adentrarnos en las relaciones que tiene Villena con nuestro satélite.
Uno de los aspectos que más llaman la atención al observar el relieve lunar es el de los llamados «cráteres» y «circos», los cuales no son más que cordilleras circulares que rodean una porción de terreno cuyo piso es de nivel inferior al circundante externo. Sus diámetros oscilan entre los 300 metros y los 10 kilómetros. Los «circos» tienen el piso llano, mientras que los «cráteres» poseen el relieve interno más abrupto. La altura de las montañas circulares es de 300 a 700 metros. Se encuentran también los «cratercitos» o excavaciones en forma de bol; los «picos», que son montañas aisladas; las «ranuras», de las que hay más de un millar, y reciben el nombre de «valles» si son más anchas; las «intumiscencias» o formaciones hemisféricas, de las que hay más de un centenar, generalmente pequeñas, si bien existe una que mide 32 kilómetros de diámetro.
La mayoría de estos accidentes están en regiones de tono claro, llamadas «tierras», que contrastan con otras obscuras llamadas «mares», a pesar de que se sabe que no contienen agua; pero como este nombre fue impuesto por observadores del siglo XVII, se ha conservado por tradición.
Si en todas las épocas y desde todos los lugares de la corteza terrestre, el hombre ha dirigido su mirada a la Luna para estudiar sus secretos, Villena no ha permanecido indiferente a esta inquietud científica, y en su historia deja testimonio de ello por medio de dos personas que se dedicaron a esta faceta de la Ciencia.
Una de ellas, la más conocida, es la de nuestro don Enrique de Villena, nieto del marqués de Villena, don Alonso de Aragón, y del rey de Castilla, Enrique II. Mas no fue su esplendorosa ascendencia de los Reyes de Aragón y Castilla la que le dio un puesto preeminente en la historia de los hombres, sino sus cualidades innatas de agudo observador, que con estudios y comparaciones de los fenómenos físicos, naturales y biológicos, adquirió un extenso caudal de conocimientos, los cuales, hasta su adolescencia, estuvieron influidos por la época, licitándose a la Alquimia, Magia, Nigromancia y otras ciencias herméticas. Pero más tarde, después de recorrer gran parte de aquella España, completó su sabiduría en ciencias más concretas, como Fisiología, Patología, Botánica y, especialmente, Astrología, la cual define, según cita Crame, como «senda que lleva los omnes a Dios, es a saber: dales de El noticia»
Su obra de mayor importancia científica es la titulada «Tratado de Astrología», acabada el día 4 de abril de 1418. En este extraordinario libro, intuye claramente y lo menciona el fenómeno físico de la atracción de la gravedad, que más tarde habría de especificar Newton. Dentro de las observaciones lunares, don Enrique de Villena nos puntualiza el hecho de que la Luna «toma claridad del Sol», añadiendo a esta observación la de que una mitad es resplandeciente y la otra obscura.
Pasados cinco siglos, vuelve a tener Villena otra persona que gusta de la observación de los astros: don Tomás Giner Galbis, hombre de la clase media, farmacéutico de profesión, que vivió en una esfera taciturna y polifacética.
Giner, a lo largo de sus 85 años de vida, tuvo, entre sus diferentes facetas científicas, algunas a las que se debe dar mención especial: la Botánica y la Literatura. En cuanto a la primera realizó concretos estudios sobre la flora de Villena, y, por lo que se refiere a las letras, estuvo bien relacionado con algunos autores españoles y, entre ellos, con Eugenio Noel Muñoz, autor de la novela titulada «El Allegretto de la Sinfonía VII», en la cual relata un aspecto del matrimonio Giner que contrasta fuertemente con la admirable presentación que nos hace fray Joaquín Sanchís, O. F. M., al principio de la obra titulada «El pobrecito de Asís», cuyo autor es don Tomás Giner, quien, en los últimos años de su vida, años místicos de esta familia, escribió con estilo sencillo y candoroso la biografía del Santo.
Pero en donde más destaca la figura científica de Giner es en la Astronomía. Sus primeros contactos con esta Ciencia fueron por medio del insigne astrónomo Flammarion, fundador que fue de la Sociedad Astronómica de Francia. Este gran divulgador de la ciencia de los astros, llegado a España con motivo del eclipse total de Sol de 1900, cuidó de buscar a Giner y remitirle un anteojo de 43 milímetros de abertura, con el cual hizo numerosos trabajos selenográficos, de los que mencionaremos algunos de los insertos en el Boletín de la Sociedad Astronómica de Barcelona, de la cual fue socio durante los años 1909 a 1921.
En mayo de 1910, cuando astrónomos de todos los puntos del mundo se disponían a observar al corneta «Halley», Giner, desde Villena el día 6 de dicho mes, apreció y describió tal corneta, señalándolo como de segunda magnitud, con la cola bifurcada, destacándose entre los astros Venus y la Luna, ante el magnífico espectáculo de aquel amanecer. El día 27 del mismo mes, una vez pasado el temporal atmosférico, pudo observar al corneta en mejores condiciones, de tal forma que la cola alcanzaba hasta Júpiter.
Giner calificaba a la Astronomía de hermosa y consoladora Ciencia, y ante su refractor, pudo observar las maravillas celestes, que unas veces habrían de ser manchas solares cuyo diámetro alcanzaría hasta una octava parte del diámetro del disco solar; otra vez observaría a Júpiter, trazando un curioso dibujo en el cual nos muestra un rudimento de bandas y la posición de los cuatro satélites principales; otras, serían estrellas de tercera magnitud, etc. Pero especialmente dedicó sus energías al estudio de la Luna, ya fuera porque disponía de un modesto telescopio, ya porque tenía la evidencia de que el método y la organización habrían de presidir las observaciones de todo astrónomo. Y es así cuando acude al llamamiento de Mr. Williams Porthouse, astrónomo de Manchester, para realizar el estudio sistemático de la Luna, relegada injustamente a un rango de segundo orden, a pesar de su proximidad a la Tierra y de darnos imágenes más aproximadas a la realidad en relación con los demás planetas.
Sus primeras observaciones como selenógrafo estuvieron dedicadas al cuadrante inferior izquierdo de nuestro pálido satélite, y, dentro de él, a una gran depresión llamada «Mar de la Serenidad. Esta predilección por dicho «mar» fue debida a su gran variedad de accidentes, de los cuales nos habla con minucioso detalle, mostrándonos así su hexagonal forma; la colocación de sus «cráteres» «Posidonio», «Lemonier», «Plinio», etc.); sus límites, que según nos indica, son: al S., con el «Mar de la Tranquilidad; al N., con la hermosa cordillera «del Cáucaso»; al E., con los altos «Apeninos», y al O., con los. «cráteres» «Posidonio», «Chacornac» etc., y el istmo que comunica con el «Lago de los Sueños».
En su interior, distingue claramente los depósitos blanquecinos o ranuras en número algo considerable, y diversas clases de manchas según su iluminación o forma. Pero en lo que más nos hace reparar es en una ranura que lo atraviesa de SE. a NO., dándonos todo el detalle de ella y de otras dos que convergen en el Norte de ésta.
Prosiguiendo el estudio de nuestro satélite, dedica parte de su actividad al estudio del «Mar de la Crisis», contribuyendo así al fiel conocimiento de las rugosidades y ranuras que se observan sobre su obscura superficie. Estas observaciones las plasma en uno de sus extensos trabajos astronómicos con la sencillez, orden y detalle que le caracterizan. Acrece posteriormente el interés científico de este «Mar», porque en él se presentan muestras evidentes de las cuatro épocas de consolidación de la litosfera lunar.
Mas no sólo invita Giner al estudio sistemático de la Luna, sino que, dentro de su reducida esfera social, procura divulgar esta interesante Ciencia, llegando incluso a despertar interés y curiosidad en la juventud escolar de hace unos cuarenta años, que, con motivo de un eclipse de luna pudo observar los singulares cambiantes de luz y la aparición de estrellas en las regiones próximas a nuestro satélite. En este eclipse, fiel al sistema de que cada astrónomo debe de limitarse a un solo aspecto, observa y anota escrupulosamente cómo van desapareciendo los «cráteres» a medida que la Luna penetra en el cono de sombras de la Tierra.
El Dr. Percy Wilkins, selenógrafo inglés muerto en enero del presente año, trazó el mapa más extenso y detallado de la Luna hasta la fecha, y en la última edición, en la que colaboró Patrich Moore, se impusieron nombres a muchos «cráteres» de grandes dimensiones que carecían de ellos. Paluzie, el selenógrafo español más arriba citado, al observar la falta de nombres hispanos, se puso en contacto con Wilkins en 1945 y determinó enviarle los de nuestros astrónomos y aficionados para aplicarlo a los cráteres innominados, a semejanza de lo que Fischer, selenógrafo checoeslovaco, hizo con Safarick, compatriota suyo.
Paluzie, que consideraba sorprendentes los trabajos de Giner, verificados con un anteojo de 43 milímetros, y especialmente algunos de ellos, como el «Mapa de Ranuras Lunares», el estudio de «Aristarco» (junto al cual, precisamente, cayó uno de los artefactos que actualmente el hombre ha enviado a la Luna), el estudio de los «mares» de «la Serenidad», de «la Crisis», etc., lo comunicó a Wilkins, y éste fue quien impuso el nombre de Giner a uno de los cráteres lunares.
El «cráter Giner» se encuentra junto al gran «cráter Posidonio». De aquí que, al hablar de los límites del «Mar de la Serenidad», ha de decirse ahora que limita: al O., con los cráteres «Posidonio», «GINER», «Chacornac», «Lemonier», «Litrow» y los «Montes Áureos».
No podemos terminar estas líneas sin destacar que ambos personajes de nuestra sorprendente Villena fueron afines en la Botánica y en la Literatura, y que ambos sintieron también atraído su espíritu por el misterio de esos objetos cósmicos e impulsados a su observación y estudio. Ambos murieron asimismo en invierno crudo: el uno, el 15 de diciembre de 1434; el otro, el 14 de febrero de 1954, y, como relata Crame en la muerte de don Enrique, fallecieron... «sin padres, hermanos, esposa, hijos o amigos que cerraran sus ojos y velasen sus restos lívidos a la luz amarillenta de los cirios...» Los dos cumplieron con sus deberes cristianos antes de entrar en agonía.
Yace el uno en el convento de San Francisco, hoy iglesia de San Francisco el Grande, de Madrid. El otro aquí, en nuestra muy querida Villena. ¡Qué Dios los haya acogido!
Villena y agosto de 1960.
Extraído de la Revista Villena de 1960
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