1961 VILLENA - TORRELAVEGA... IMPRESIONES APRETADAS DE UN VIAJE RÁPIDO

VILLENA - TORRELAVEGA
IMPRESIONES APRETADAS DE UN VIAJE RÁPIDO
Por Sebastián Antonio García Martínez 
Uno de los autocares de la expedición
26—Viernes. Indudablemente el viaje se ha convertido en algo que vive todo Villena. La aglomeración de gente en las cercanías del «Cocinero» es una prueba evidente. Familiares, amigos, curiosos. Bromas, risas, ilusión. Las chicas —nerviosas— hablan, chillan, ríen, se afanan por cualquier cosa, pasan una y otra vez aunque sólo sea para lucir los pantalones. Por fin, la salida. Los primeros kilómetros son los peores. Después, el cuerpo se insensibiliza y lo mismo dan 20 que 200. Decaen las voces y quien más, quien menos, intenta dormir. Almansa, Chinchilla. Parada en Albacete. Hace frío. En el bar, un hombre vende cuchillos y navajas. Otra vez en marcha. Ahora es mayor el silencio. Apenas se ve nada por las ventanillas. De vez en cuando abrimos los ojos al pasar por uno de esos pueblos de la provincia de Cuenca: por El Provencio, El Pedernoso, Mota del Cuervo, y vemos unas casas pequeñas y blancas que tienen a la puerta un carro con los travesaños apoyados en el suelo. A las cinco de la mañana, Quintanar de la Orden. Salimos a la media hora llevando a dos francesas cuyo coche se ha estropeado. 
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
Amanece. La Mancha. Alta, seca, dura y terrible. Sobrecoge. Kilómetros y kilómetros de estepa desnuda, blanca y gris, interrumpida por algunas mieses cercanas a un pueblecito en el que hay gente por las callejas. Es cierto, no hay curvas. Pero, de cuando en cuando, aparece un altozano que desciende en seguida para fundirse con la meseta infinita. Empavorece no ver nada : una casa aislada, un parador o un coche que se cruce con nosotros. De improviso, árboles v plantas, vegetación fresca junto al Tajo: Aranjuez, la excepción verde que no hace sino confirmar la regla. Entrevemos los palacios de estilo francés, los estanques, los jardines espléndidos. Pero el sueño dura poco. De nuevo, la desolación, la tierra desnuda y los pueblecillos míseros. Madrid, el monstruo urbano: viviendas protegidas, casuchas, afueras, el Manzanares, calles animadas. Bajamos en la plaza de España. La Torre de Madrid se yergue esbelta superando limpiamente al Edificio España. Una vuelta y, a la hora, en marcha. Puerta del Sol, Gibe les, la Castellana. Al final, el Monumento a Calvo Sotelo con la proa gallarda y los relieves estilizados. El paisaje es ahora más grato. Buitrago : la ascensión se va haciendo penosa. Somosierra. Rocas grises. Entramos en la provincia de Segovia. Las tierras altas siguen siendo pobres. Unos cuantos toros nos miran asombrados e inmóviles desde una altura. Cerezo de Abajo, Boceguillas, Fresno de la Fuente : casas de tejados rojizos y paredes de adobe desmochadas junto a una iglesia que parece una ermita. La Ribera —ya en la provincia de Burgos— abre otro paréntesis de verdor en la rotundidad de la meseta. Aranda: carteles del I Festival de la Canción del Duero. Cruzamos el Esgueva y el Arlanza. Burgos. Bajamos para comer. El invierno debe ser terrible. Atravesamos el Arlanzón —pequeño y susurrante, con el cauce cuajado de árboles— por un puente de piedra. La Catedral es un prodigio y, una vez dentro, nos quedamos sin saber dónde mirar. Los relieves y esculturas lo cubren todo. La nave central está aislada de las laterales. En el ábside, la magnífica Capilla del Condestable, oscura, grave, y silenciosa, presidida por el solemne retablo y los escudos de los lados casi barrocos. Antes de dejar Burgos —ya en los coches— contemplamos la estatua de Rodrigo, desafiante, guerrero, al aire la capa y las luengas barbas montando en Babieca. Imperceptiblemente, algo —colinas, matas, linos árboles— nos dice que la meseta está muriendo. La parte alta de Burgos no es —geográficamente— Castilla, como no lo es Santander, sino algo muy distinto: Cantabria. La carretera se va elevando. Los pueblos que recorremos —tejados empinados, soportales y pórticos— no tienen nada de castellanos. Subimos al Escudo, por la vertiente más alargada : altiplanicies extensas, una laguna acerada, nubes plomizas,. el Monumento a los Italianos. El descenso es lento. En una de las revueltas se nos revela de improviso la Montaña, el paisaje' más bonito —no más bravío, hermoso u original— de España. La impresión —sinfonía en verde claro mayor— es más intensa para nosotros, que hemos dejado atrás las tierras vacías de la meseta y las desoladas de la Mancha. Torrelavega, una pequeña parada y a pernoctar en Polanco. Hemos recorrido 625 kilómetros.
Grupo de expedicionarios, a su llegada a Torrelavega
27, sábado: A la luz del día, Polanco es maravilloso. No es más que una aldea, o quizá no llegue a eso: casas unidas —formando callejas empedradas— o separadas y praderas de hierba. Aunque sea tópico, hay que volver a hablar de verde, verde claro, intenso, rabioso, purísimo, abrumador, que lo tapiza todo y no deja ver el suelo. Vamos a la casona de Pereda, grisácea y maciza, con enredaderas y verjas de hierro combado: un patio de gravilla donde juegan dos niños y una galería sostenida por columnas. Desde la ventana, nos ve una señora joven, vestida de negro : la nieta del escritor. Le preguntamos a uno de los niños: «¿CÓMO te llamas?» «¿Yo? José María». La señora nos introduce en una habitación de la planta baja, encerada, amplia, con muebles rojos. En una vitrina, el manuscrito de «Peñas arriba» : una gran libreta mostrando una caligrafía regular y apretada. En las paredes, fotos de la casona y caricaturas de los personajes de «La Puchera», cuya acción se desarrolla aquí precisamente, de «Escenas montañesas» y «Tipos y paisajes». Al final, la mesa donde escribía Pereda, pequeña y recoleta, con el libro en donde firman los visitantes y su sillón, confortable y negruzco, con los brazos tapizados de cuero. Mientras me siento, oigo hablar a la señora amablemente sobre el Escudo y lo que cuesta pasarlo en invierno. En la enorme página del libraco, bajo upas líneas de un inglés, otras —muy ampulosas— de un venezolano, una poesía y varias firmas, escribo unas palabras. La señora se acerca, dice : «Qué bonito», y vuelve a su actitud anterior, un poco de cicerone, pero —eso sí— distinguidísimo. Los autobuses ya se han ido. Intentamos sin éxito coger el tren y hacer auto stop. De Polanco a Torrelavega hay seis kilómetros y una buena carretera. Pasamos cerca de la colosal factoría de la Sniace: ferrocarril propio, grandes grúas, terraplenes, vagonetas, y —un poco más allá— viviendas para obreros, escuelas y parques. Torrelavega es la clásica ciudad norteña, limpia, rica, con una potente industria, calles regulares y extensas plazas porticadas con cafés. Damos una vuelta y recalamos en «El Cosechero», una taberna que pretende ser típicamente riojana, aunque lo único desusado para nosotros sean los taburetes, el vino —flojo, sin graduación, ni color, jamón y chorizo superiores y el letrero: «Se prohive cantar». En Polanco, después de comer, vamos a visitar el busto dé Pereda con lo que queda —un trinco abierto, negro y fantasmal— de la cajiga que aparece en «El sabor de la tierruca». Cuando llegamos al Garcilaso, el' nerviosismo es total. Él único tranquilo es Alcalá, muy en su papel de técnico de telecomunicaciones, con todo preparado para retransmisión y meditando ante una cuartilla en la que acaba de escribir «Entrevistas. ¿Cómo ve a Chapí en «La Tempestad»? Por fin aparece Ruiz, ya vestido de juez, con dos amigos y una botella camuflada con papel de periódico que esconden —tras hacer una ronda— entre los cachivaches del escenario. Las chicas dejan de corretear y se arrodillan en escena. Silencio. Se apagan las luces y suena la música del preludio. 
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
Lentamente se alza el telón. Se reza de verdad. Las voces titubean al principio: «Estrella de los mares que brillas en la altura...», no sabemos si porque lo exige la obra —fuera ruge la tempestad: efectos especiales de Cirilo y de su hijo— o por algún temblor interno y colectivo. Pero el recio «Oí !» nos da una sensación de seguridad que se acrecienta al aparecer Ángel Torres en medio del grupo y actuar con su maestría característica. Antes de acabar el primer acto, salimos y vamos a la Feria, que en nada se diferencia de tantas otras. Las Fiestas de Torrelavega, plácidas, sin excesos ni pasión —como vino suave y descolorido—, festejos que se suceden a lo largo de un mes, desde la Feria hasta el Concurso Nacional de Zarzuelas, son antitéticas de las nuestras, cortas, intensas —como el rojo y espeso tinto de la tierra—, cinco días plenos que valen por muchos más. Al volver al Garcilaso nos dicen que el público ha aplaudido mucho el Concertante y que se han oído varios «¡Que se repita!» La Agrupación dará todo de sí en la función de la tarde, lo cual le restará fuerzas para la noche. Baracaldo no incurrirá en este generoso error. Atisbamos entre bastidores. Antes de la escena del sueño, viene Pedro a ponerse la peluca y le tenemos el espejo. El grave fallo de «La Tempestad» es el tercer acto. Si —como dice Azorín— los actos terceros de cualquier obra teatral son actos fallidos, no es «La Tempestad» una excepción. Porque la zarzuela —dejando de lado cuestiones valorativas— es tan teatro como el sainete, la ópera o el drama. Al caer el telón, el espectador —lejano ya de la brillantez de los dos primeros actos v del alarde final del Concertante— se queda algo defraudado por la endeblez del final y por la duración total. En la función de la noche, el público no se entrega. La primera ovación —luego comprobaremos que también la mayores para el Monólogo. Un señor voluminoso, de rostro grave y circunspecto, sólo se dignó aplaudir —y levemente— en esta ocasión. Pero esto es una excepción. En general todos los números musicales —unos más otros menos— fueron aplaudidos, pero manteniendo siempre una fría reserva. Pese a que «La Tempestad» ha sido un éxito —ahí está el magnífico segundo premio— no se oyen demasiadas ovaciones.
Parada en Madrid
28, domingo: La Iglesia de Polanco parece un templo románico, vieja, con piedras vetustas de color tierra —un color extraño en Santander—, pero nueva, enyesada y vulgar por dentro. Tras oír Misa y cantar a las hermanas la Alborada, reanudamos nuestro contacto con los coches. En una hora, Santander. La plaza porticada se encuentra acotada y con graderíos para los Festivales de España. Volvemos por una calle moderna y ancha, junto al mar, que tiene cierto parecido con la Explanada, aunque sin el colorido, palmeras y elegancia. En el Sardinero —frío, cielo plomizo, amenaza de lluvia— después de comer, alguien recuerda que es el día del Pasacalles y se forma una escuadra ante la extrañeza general. A las seis, llegamos a Laredo. Se celebra la batalla de flores y la aglomeración es enorme: coches, motos, bicicletas v una masa ingente que nos tira por las ventanillas flores y confetis. Laredo, pueblo pesquero, con una población inferior a los 10.000 habitantes, rebasa ahora los 70.000 —como sabremos después— la mayoría extranjeros y veraneantes del Norte. En el puerto —no muy grande— están surtas unas cincuenta embarcaciones y cinco naves rodias sin pintar todavía, que intervendrán en el rodaje de «El Coloso de Rodas». La escayola y el cartón-piedra han hecho prodigios estrechando la bocana —sobre la que se elevan las piernas del Coloso hasta las rodillas (ya que el resto del cuerpo se instalará en Barajas y el trucaje óptico hará el resto)— y convirtiendo un almacén en palacio y las farolas del muelle en columnas clásicas. Laredo, pintoresco, muy hermoso, con un puerto seguro y confortable, monte que cae a pico sobre el mar y contra cuyas rocas se abaten las olas, y una de las mayores playas del Cantábrico —8 kilómetros—, es el sitio ideal para rodar los exteriores. Al llegar a Bilbao, damos varias vueltas para localizar al otro autobús que se nos había adelantado. Cenamos en una tasca o restaurante típico, en una calleja os-cura y húmeda cerca de la ría: largas mesas con manteles sucios, bancos de madera alargados y una serie de parroquianos, verdaderos tipos barojianos, borrachos, gritando y un pobre idiota medio epiléptico haciendo extraños visajes.
Los expedicionarios posan al pie del Acueducto de Segovia.
29, lunes: De noche, Bilbao —lo poco que hemos visto— no es una ciudad muy atractiva. Las calles, asépticas, semejantes a las de tantas capitales. La ría, envuelta en sombras, llena de barcazas, reflejando con un brillo muy particular —hecho de reflejos sucios, irisados y grasientos— la luz de las farolas y bombillas. A las dos de la mañana, salimos para San Sebastián. Llegamos al amanecer y nos quedamos cierto tiempo en los coches intentando dormir. Cuando bajamos, medio en sueños, la anchura del cauce del Urumea —muy cerca de la desembocadura— nos hace confundirlo con el mar. La Concha es una playa distinta de las levantinas, pero no por ello menos bonita. La cierran dos montes, el Igueldo y otro, de abundante arbolado vegetación verde oscura. No hay mucha. arena, sí la suficiente. La playa está desierta en estos momentos. Unos empleados recogen las sombrillas. Las casetas forman un magnífico edificio al otro lado del cual hay hoteles y mansiones lujosas. Los alrededores del parque, el Casino y el Ayuntamiento son deliciosos. San Sebastián nos parece mucho más bonita como ciudad que Santander y su luminosidad —suave, pero firme, de tonos claros y serenos— muy otra. Nos bañamos. El agua —de un azul constante— no está tan fría como ciertos optimistas creían y es casi dulce. El sol no llega ni a acariciar de débil y nos hace dudar de la autenticidad de buena parte de los bronceados que se exhiben. A las doce, en ruta hacia Pamplona. El paisaje ya no es el de la Montaña. Se incrementan las manchas oscuras de verde violento en árboles y matas y, de trecho en trecho, aparecen riscos no cubiertos totalmente de vegetación y suelos desnudos. Pero, de todas formas, aún estamos en el Norte —ese Norte revelación y paradójico, deslumbrante y plomizo, verde y gris— que surgió ante nosotros en la parte alta de la provincia de Burgos y cuya muerte anunciarán, poco antes de Pamplona, los páramos desnudos y tostados por el sol de agosto apenas interrumpidos por cultivos v sementeras. Nos detenemos cerca de la plaza de toros. La puerta tiene delante una valla, seguramente para encauzar a los astados en el encierro. Pamplona es una ciudad pequeña, tranquila, grata, con grandes plazas en las que extienden sus mesas bares y cafés, calles de ensanche urbano con bloques vulgares de viviendas, u otras típicas, enlosadas, estrechas, llenas de tascas y de tiendas en cuya puerta hay —colgando—botas de las tres zetas. Después de comer, seguirnos el viaje hacia el Sur, que se nos muestra más desolado a medida que descendemos. Llegamos hasta tal grado de insensibilización por tantas horas en ruta que la llegada a Zaragoza nos sorprende. No esperábamos encontrar una capital moderna y urbanizada, de anchas calles, multitud de comercios que hacen relampaguear los anuncios luminosos v cines de lujo con espaciosas entradas, algunas tan enormes que bajo ellas se extienden largas filas de tiendas. Subimos por la escalinata del famoso «Palafox», pero sin poder entrar. Tras la noche anterior, una cama —aunque sea demasiado alta y tenga excesivos muelles— se agradece de veras.
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
30, Martes: La fachada del Pilar es más bien fría. El interior, típicamente barroco, tiene su centro neurálgico, no en el Altar Mayor, sino en el del Pilar, reluciente de dorados y mármoles, y abarca varias capillas autónomas que corresponden a las cúpulas que se ven desde el exterior. Banderas hispanoamericanas, azules y blancas, de dos en dos, adornan las paredes. El tesoro de la Virgen es rico e interesante, así como el coro de sillería negra trabajada en esculturas, con grandes libracos de gregoriano abiertos en atriles. En el Altar Mayor, el magistral retablo de Forment, retirado y solitario. Una vez fuera, caminamos en dirección contraria a la Seo v vemos restos de la primitiva muralla romana empotrados en una pared y la estatua de Augusto sobre un pedestal Cruzamos el Ebro —sucio, ancho, de un color de barro— por un estrecho puente metálico en el que hay que pagar cierto peaje. En la otra orilla, una alameda extiende sus árboles, delgados y altos, muy juntos, y existe una zona acotada para baños y botes de alquiler. Volvemos a cruzar el río por otro puente, ahora de piedra. Aún tenemos tiempo de hacer una rápida visita a la Seo antes de que la cierren. La vista se pierde en las góticas bóvedas, las ventanas altísimas y la abundante decoración escultórica. Comemos tranquilamente y volvemos a pasear por el centro tomando un tranvía de circunvalación, que nos lleva cerca del edificio enladrillado y gris de una Facultad —no podemos apreciar cuál—, por la zona de ensanche, la sede de la Editorial «Luis Vives» y centro otra vez. Tras algunas discusiones, salimos a las seis para Teruel. El paisaje sigue siendo desnudo y uniforme. Aquí s. rodaron algunos de los exteriores de «Salomón y la Reina de Saba», por su parecido con Palestina. Cerca de Cariñena, se extienden vides y más vides de un verde pámpano, recostadas en suaves colinas. Llegamos a Teruel de noche. El Turia, extraño profundo, se desliza susurrante en el cauce excavado. Cenamos y damos una vuelta por la plaza principal, con todos los edificios oficiales —Ayuntamiento, Gobierno Civil—, nuevos de después de la guerra. El Monumento a los Amantes —declive escaleras empinadas— debe de jugar su papel para el turismo local. Atravesamos un triste parque vacío donde un solitario guardia nos deja jugar en los columpios y toboganes. Las últimas singladuras. Hacia Valencia, por la ruta del Cid. De madrugada, paramos en la calle de Játiva. Plaza del Caudillo, Lauria —con los trasnochadores habituales— Barcas. En la glorieta, la silueta del Rey Don Jaime se recorta en el cielo azul negro entre las palmeras. Boca de la calle de la Nave, estrecha, dormida, etérea, las casas de huéspedes, las librerías de lance, tascas, encuadernaciones y tiendas cerradas. En lo alto, las casas parecen unirse y, al final, la Universidad y el Patriarca se funden en una mancha borrosa. Calle de la Paz con aspecto de boulevard, los comercios cerrados, las aceras vacías, el aire inmóvil y, al fondo, la silueta barroca ceniza de la Torre -de Santa Catalina. Subimos con melancolía por última vez al autobús. Amanece. El humor no decae. Se improvisa una representación parcial de la obra, ensayos incluidos. El Castillo. El paisaje familiar. Las primeras casas. Entramos cantando. Hemos recorrido unos 1.700 kilómetros.
Trabajo galardonado con el premio «Gaspar Archent», en el Certamen Literario convocado por el M. I. Ayuntamiento de Villena en Abril de 1961.
REPORTAJE GRÁFICO DE IÑIGUEZ
Extraído de la Revista Villena de 1961
Cedida por... Avelina y Natalia García

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué grandes recuerdos. Qué grandes personas. Qué gran agrupación la Teatral Ruperto Chapí. En este viaje tenía 11 años.
Fui un afortunado al poder vivir esta experiencia. Son hechos imborrables.

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