1967 CINCUENTA AÑOS FUERA DE MI TIERRA NATIVA

Cincuenta años fuera de mi nativa tierra.
por Victoriano LILLO CATALAN
Tierras, cielos, mares, razas, idiomas, universidades, bibliotecas, triunfales marchas en pos de horizontes infinitos; persecuciones, guerras, hospitales, etc.; empinados senderos, caminos espinosos, amargura y dolor. Ningún camino de flores conduce a la gloria. ¡Quién lo supiera!
Cuando uno de los tantos Emperadores se cansaba de sus maestros o de sus bufones y no se atrevía a entregarlo al verdugo, los enviaba al exilio.
—¿Qué es un exiliado?, le pregunté a mi viejo maestro Ch. Rappoport, gran sociólogo y gran exiliado.
—El exiliado es un muerto que camina.
Pero algo misterioso le impulsa: una creciente soledad flotante persigue al hombre en su camino con tenue luz y silencioso encanto, fuente prístina del humano dolor. Dos ojos de mujer y un joven llanto.
Ese impulso es el que crea el mundo del sentimiento, alejado, distinto del pensamiento y escondido en nuestro corazón. En él guardamos nuestras impresiones infantiles transformándolas en líneas y colores, en cosas y en seres.
Las líneas elegantes y rítmicas de las grisáceas montañas, el cielo de puro azul, la tierra policroma henchida de vida, las aguas cristalinas, la múltiple música de los vientos, el estampido del trueno, el dorado Castillo, el flotante cendal de la Peña Rubia, el Calvario, el camino de los mudos y negros cipreses con rumbo al último descanso, las dos iglesias, la fuente "de los Burros", los "chorros" de las fuentecicas, las deliciosas, infantiles campanitas de las Trinitarias...
Mis maestros: D. Vicente, el de la escuelita en la calle Empedrada, con los cordones de sus pesadas botas siempre sueltos. Chanzá, movedizo expresivo, sonriente; él me inició en la Astronomía. D. Luis Pastor, simpático y casinero. D. Juan Chaumel y Jorge; a él le debo mi entrada en la grandiosidad del pensamiento latino y de la cultura de su época. De D. Juan decía Menéndez y Pelayo que tenía la solemnidad de Tácito y el restallido de Juvenal. D. José Serra y Dalmau, de quien fui muy amigo; a él le debo el deslumbramiento del Siglo de Oro a mis quince años, y, a los dieciséis, desde el Brasil, en el diario "Español", de Sao Paulo, le dediqué mis primeros cuentos.
Mis fiestas: el desfile de Moros y Cristianos; las meriendas en el campo; mis visitas al Santuario; mis escaladas en todo cuanto monte estaba a mi alcance; los sermones de los frailes que sabían hablar, y los bailes populares en le época de la vendimia.
Actualmente, la cara de Villena, como la de todos los pueblos que sienten la invasión del Norte europeo, con pánicas y extrañas representantes de un Buda nacido entre mármoles pentélicos, tiene inquietud juvenil y parada de circo. Con Gigantes y Cabezudos se atreve a tapar los paisajes de nuestra maravillosa campiña, vistiéndolos de liencecillos coloreados de verdes y rojos aquelarritos.
Súbitamente, la joven y rica población norteeuropea siembra sus alegrías y su fuerte moneda, conseguida con trabajo, disciplina y espíritu creador, adaptándose a la vida contemporánea. Una inquietud juvenil nace de los herederos del dolor y fresca, confiada, inicia con ritmo nuevo el despertar de la realidad presente: aumento de riqueza, sentimiento del deber, disciplina. Lo que nos asombra es que tan inesperada resurrección no llegará aún al silencioso y estéril campo.
Pero ya se acerca el momento en que florezcan las tierras paupérrimas y los Gigantes y Cabezudos armonicen sus formas con los contornos eternos de nuestros paisajes, a no ser que, como las moles babilónicas, se transformen en terrosos mamelones por donde sólo pasan las cabras y los camellos.
En conjunto, la gran Bilumen me parece recia, juvenil, trabajadora y de un agrado que no siempre se manifestó.
No olvidemos que lo real es la vida.
La vida es el hecho. El hecho sólo lo determina la acción. Hoy, la acción cubre casi toda la península ibérica.
Extraído de la Revista Villena de 1967
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