1966 GIBRALTAR Y VILLENA

GIBRALTAR Y VILLENA
por JOAQUIN CANDEL Y CANDEL NOTARIO
TESTAMENTO DE ISABEL LA CATÓLICA Y DON JUAN MANUEL
Hemos contemplado estos días, en los diarios gráficos, el Peñón de Gibraltar iluminado por re-flectores. Semejaba reverberar traslúcido, como una inmensa gema evocadora de una anécdota triste y emocional de nuestra Historia. El Ministro señor Castiella, en uno de los párrafos de su dilatada exposición en las actuales negociaciones con la Gran Bretaña, alude al testamento de Doña Isabel la Católica. La cláusula novena y los mandatos en ella contenidos revelan dos hondas preocupaciones que embargaban a la Reina. No era sólo la enajenación del patrimonio real de la plaza gibraltareña. El inicio de la cláusula se refiere también al Marquesado de nuestro querido pueblo: Dice así transcrita literalmente: otro si, mando a dicha Princesa, mi hija e al dicho Príncipe, su marido e a los reyes que después de ella sucedieren en los dichos mis reinos, que siempre tengan en la Corona e patrimonio real de ellos, el Marquesado de Villena, e las ciudades e villas e lugares e otras cosas, según que ahora todo está en ellos incorporado, e no den ni enajenen ni consientan dar ni enajenar en manera alguna cosa alguna de ello... Ítem, porque el dicho Rey D. Enrique, mi hermano, a causa de las dichas necesidades hubo hecho merced a D. Enrique de Guzmán, duque de Medinasidonia, difunto, de la Ciudad de Gibraltar con su fortaleza y vasallos e jurisdicción, e tierra e términos e rentas e pechos e derechos e con todo lo otro que le pertenece e...", repitiendo la idéntica prohibición de enajenar.
La conjunción testamentaria en estas disposiciones, nos induce a recordar los motivos que causaron a la Reina, forjadora de nuestro imperio colonial, tan constantes preocupaciones. Conocidos y exhumados, por ser de palpitante actualidad, son las efemérides históricas sobre el último desmembramiento territorial de Gibraltar. Densas y documentadas narraciones han aparecido en periódicos y revistas referentes al proceso militar y político que nos causó su pérdida. Y esa concurrencia en la cláusula reproducida de los mandatos que expresaba la Reina Católica, inherentes a Gibraltar y Villena, nos induce a pergeñar como un sintético guión de los actos "diplomático-militares" y sus causas, realizados por uno de los personajes de nuestra historia vernácula con referencia a Gibraltar, a asociar las siluetas del Calpe gibraltareño y la de nuestro Castillo.
Nos referirnos a D. Juan Manuel, el poderoso señor de Peñafiel y segundo de nuestro pueblo y tierras que constituían la cabeza de su Señorío. Sería desorbitado y reiterativo, evocar su personalidad literaria, diplomática y militar. aludida sintéticamente en otra de nuestras narraciones históricas. Su figura destaca en el medievo de los Reinos de Castilla y Aragón, con prominencia política entre los siglos XIII y XIV. Su poderosa in fluencia en el devenir sucesorio de la realeza. en el denso y complicado tráfago de los acontecimientos que se desarrollan en Castilla durante los reinados de Sancho el Bravo, Fernando IV y Alfonso XI.
Foto Soli
Preferimos marginar, por conocidos y ajenos a nuestra actual narración anecdótica, otros datos que los referentes a su nacimiento en Escalona, el año 1282. (El venerable y coterráneo Maestro Azorín, con su prosa diáfana e inmarcesible, en su obra "María Fontán", describe esta villa con evocación sucinta de su historia). Y los de su infancia e iniciación de sus actos militares narrados en copioso acervo documental, por su biógrafo, el que fue Catedrático de la Universidad de Zaragoza, don Andrés Giménez Soler. Su obra, admirable y exhaustiva, poco conocida, con extensa información diplomática, alcanzó el premio de la Academia Española de la Historia a principios de siglo.
De la madeja formada por los complicados sucesos que significa aquel lapso histórico, sólo nos proponemos separar la hebra que evoca sus actuaciones políticas y militares como tema de actualidad en relación con las campañas y luchas por la referida plaza militar y la de Algeciras.
Relata su biógrafo que D. Juan Manuel, a los cinco años, comenzó a estudiar la lengua latina y que antes de los dieciséis intervino en los asuntos públicos y guerreros. El Rey le envió a la frontera de Murcia en 1294 para contener la invasión de los moros de Granada, acaudillados por Zaen. Extrae estos datos del "Libro de los Estados", que considera como auténtica autobiografía del Señor de Villena, cuyo pendón hondeó por primera vez el 6 de Jimio de dicho año contra los musulmanes. También refiere como dato interesante la iniciación de su vida diplomática y cortesana, en Septiembre del mismo año, por la entrevista en Valladolid con su primo, el Rey D. Sancho IV, desde donde se trasladó a su villa de Peñafiel, preparándola para recibir al Monarca, ya aquejado de mortal dolencia. Según el referido catedrático Giménez Soler, los consejos que le dio dicho monarca en su lecho de muerte influyeron profundamente en la psicología de D. Juan Manuel.
PRIMERA CAMPAÑA DEL AÑO 1309
TOMA DE GIBRALTAR, DESERCION DE D. JUAN MANUEL
En nuestros apuntes anteriores, indicábamos el panorama histórico de los Reinos hispano-árabes en los tiempos precedentes a dicha fecha. Reinaba en Castilla el joven monarca D. Fernando IV, bajo la tutela de su prudente y esclarecida madre, doña María de Molina. El 26 de abril de 1295, se le proclama Rey en Toledo. Tan sólo contaba 9 años. Un anárquico ambiente de rebelión se extendía por los reinos castellanos, fomentado por la ambiciosa nobleza y los parientes reales. El Infante D. Juan, tío del Rey, continuaba la subversión iniciada contra su padre, D. Sancho el Bravo. Persistía en su alianza con el Rey de Marruecos. El viejo Infante D. Enrique regresaba a Castilla de su éxodo, consiguiendo la Regencia del joven monarca. Los Laras y los Haros, perjuros a sus declaraciones, se unían a los insurrectos. El Rey D. Dionis de Portugal reconocía al turbulento Infante D. Juan como Rey de Castilla y declaraba la guerra a D. Fernando. El monarca aragonés D. Jaime II, después de sus esponsales con la Infanta Doña Isabel de Castilla, la devuelve a su padre, excusándose en la falta de las dispensas pontificias.
En la ya referida y bochornosa confederación sobre el reparto de los Reinos castellanos, constituida por Doña Violante, abuela del Infante Don Alfonso. el Emir de Granada y los Reyes de Portugal, Aragón, Francia y Navarra, se le asigna a D. Jaime II el Reino de Murcia, en compensación a la guerra que éste prometía contra Castilla.
La invasión del Reino y el reconocimiento del Señorío de Villena a D. Juan Manuel, quedó ya relatado en uno de nuestros trabajos anteriores.
Según la crónica de este reinado, la muerte del Infante D. Enrique en 1305, con devolución a la Corona real de sus bienes, y el Tratado del Campillo sobre diferencias entre Aragón y Castilla, abrieron un paréntesis de tranquilidad. También influyó el ratificado por las Cortes de Valladolid de 1308, reconociendo a D. Diego de Haro el Reino de Vizcaya, y el acuerdo entre los monarcas de Aragón y Castilla de proseguir la guerra contra los moros.
Según Giménez Soler, en 11 de Mayo del mismo año, se celebró un tratado reconociendo la fidelidad y vasallaje del Infante D. Juan y de D. Juan Manuel al monarca D. Fernando, proponiendo también a D. Jaime II la adhesión a lo convenido para rechazar toda confabulación contra el Rey de Castilla. Se acordó asimismo que se celebraran entrevistas de las Cortes castellano-aragonesas. D. Jaime propuso que se reuniesen en los campos de Valencia, como lugar más cálido y mejor poblado, pero D. Fernando designó como punto de reunión, Ariza, en el monasterio de los cisterenses, según dice la crónica, por ser el punto más alto y limítrofe de los Reinos. La fecha para la entrevista se fijó para Navidades de 1309, aunque después se anticipó, según documentos que refiere dicho autor.
Estos acuerdos abrieron una efímera era de paz en Castilla. Se cancelaron las diferencias entre los dos bandos nobiliarios: el del Infante D. Juan y D. Juan Manuel; y el de D. Juan Núñez de Lara y D. Diego López de Haro, que eran los causantes de una constante guerra civil entre los referidos y con el poder real. Se calmaron aparentemente las ambiciones y, aprovechando este paréntesis de luchas interiores, acordaron los dos Reyes continuar la reconquista.
La campaña, suspendida contra los moros desde la toma de Tarifa por D. Sancho IV, según el indicado biógrafo, fue iniciada por D. Jaime II, que aspiraba a vengarse del Rey de Granada, por impedir con su intervención ampliar las tierras de su Reino de Aragón por la frontera de Murcia. Envió como embajador al sacristán de Tarazona, comunicando sus proyectos militares a D. Fernando IV. Este monarca los aceptó, deseoso también de continuar las campañas de su abuelo Fernando el Santo. Hubo mucho interés en que a las indicadas vistas reales asistiese D. Juan Manuel y el Infante D. Juan, y por si los ruegos del Rey de Aragón no bastaban, suplicó éste al de Castilla que les obligase a concurrir.
D. Juan Manuel esperó a D. Fernando un mes en Atienza y con él entró en Ariza, a primeros de Diciembre del referido año. Se celebraron las vistas, a las que también hicimos referencia en nuestros trabajos anteriores, al hablar de la división de los Reinos. En ellas se reconocía que el Reino de Granada pertenecía a la conquista de Castilla, y, en compensación, se le otorgaba al de Aragón el de Almería, como equivalente a una sexta parte del Reino musulmán. Se nombraron además, como ya indicamos, los árbitros para que fijasen las fronteras de los Reinos de Aragón y Castilla: al Arzobispo de Toledo y al Obispo de Valencia. Todo lo acordado en Ariza fue ratificado por el Tratado de 19 de Diciembre de 1309, seguramente en las Cortes de Alcalá de Henares convocadas para aquel año.
D. Juan Manuel, al salir de Ariza, manifestó que sabía que se haría la guerra a los moros y que conocía la intención de los Reyes respecto a la forma de desarrollar la campaña. El mismo día de firmarse el tratado, exigió en Alcalá que se le reconociesen las donaciones que en tierras de moros había hecho D. Alfonso el Sabio a su hermano D. Manuel (el Infante, su padre), para cuando estos lugares fueran ganados, en compensación a los prometidos en el Reino de Almería por el monarca aragonés.
Las operaciones comenzaron sin formal declaración de guerra para evitar la preparación y avituallamiento de las plazas y castillos de los musulmanes. Presagiaba D. Juan Manuel gran movimiento y atrevidas escaramuzas de las huestes morunas. Intranquilo por la situación del Alcázar de Villena, donde moraba ya, enfermiza y feble, su prometida, antes de empezar la campaña se presentó en Valencia. Allí esperó a su futuro suegro, D. Jaime II, proponiéndole el traslado de Doña Constanza a su castillo de Alarcón, como lugar más seguro. Para desvanecer recelos por este cambio de residencia para Doña Constanza, prometió casarse, pero sin consumar el matrimonie como estaba pactado, hasta cumplir su esposa la edad núbil de los doce años. D. Jaime no aceptó el traslado propuesto ni el casamiento anticipado. Suponía que los moros tendrían que acudir a la guerra y abandonarían sus correrías por las regiones fronterizas de Villena, ni que pondrían en peligro los muros del Alcázar —que había sido fortificado, como la villa, según la carta que Don Juan Manuel dirió a su futuro suegro, desde Villena, en 16 de marzo de 1309—. También el monarca aragonés, velando por la seguridad de su hija y preocupado por su dolencia, envió al castillo de Villena al Baile de Valencia, D. Berenguer de Esplugues, el 16 de marzo de 1309, el que a su regreso comunicó al Rey el satisfactorio estado de la Infanta, pero ésta continuaba "hética", con virginal palidez de madonna prerrafaelista, añorando los perfumados vergeles del palacio real levantino, donde nació y transcurrieron sus primeros años infantiles. De vez en cuando, tras los enrejados ventanales, oteaba las correrías venatorias de D. Juan Manuel entre los bosques que circundaban nuestra fortaleza, según se infiere de un documento exhumado del archivo municipal por el cronista de la ciudad, don José María Soler.
Ni el Infante D. Juan, ni su primo D. Juan Manuel, eran entusiastas de la guerra. Los dos ocultaban sus resentimientos con el monarca castellano. El primero, por no concederle Ponferrada; el segundo, porque pretendía dirigir la campaña personalmente en su adelantamiento de la frontera de Murcia. No se lo permitieron. Les enviaron a los campos de Algeciras, sin ninguna misión de jefatura destacada.
Pudiera ser uno de los motivos de sus defecciones.
Según Giménez Soler, después de la referida entrevista con D. Jaime, desde Valencia se dirigió a Murcia y desde allí a Córdoba, incorporándose a los ejércitos el 18 de julio de 1310.
LA DESERCION DE LOS DOS JUANES. TOMA DE GIBRALTAR
Tal hecho, realizado por el Infante D. Juan y su primo D. Juan Manuel, de las filas del ejército, lo califican los historiadores como el más bochornoso que se recuerda para el honor de los próceres castellanos.
Comenta el biógrafo de D. Juan Manuel que el abandono del campo de batalla por aquellos dos nobles poderosos lo cometieron convencidos que suponía la pérdida de Algeciras y Almería para Castilla, la frustración de los sacrificios de la campaña y la desconfianza que ocasionó en los extranjeros sobre el valor y disciplina del ejército español.
Quizá influyó, además de lo expresado, el rencor contenido por los halagos del Rey a D. Juan Núñez, en reconocimiento a su conducta militar; de los éxitos alcanzados por el Conde de Castellnou; el heroísmo ejemplar de D. Alfonso Pérez de Guzmán (el Bueno) en Tarifa y la actuación del señor de Lara, en el golpe de mano por el que se recuperó Gibraltar para la corona de Castilla.
Tanto D. Fernando como el monarca aragonés D. Jaime II, quedaron consternados tras la deserción de los dos poderosos Juanes de las filas que cercaban Algeciras, temiendo por el definitivo éxito de las operaciones militares tras la victoria de Gibraltar. El monarca aragonés, con el propósito de reintegrarles a las filas de los ejércitos, les envió como emisario a D. Rodrigo Gil, para conseguirlo y evitar la ruptura de aquellos nobles con el monarca de Castilla. También se desplazó de los ejércitos D. Juan Giménez de Lorca, con un mensaje que les conminaba para el regreso al campamento. Pero éste ya no les encontró en el campo de Algeciras. D. Jaime también llamó a D. Juan Manuel desde Almería, donde se encontraba al frente de sus fuerzas, sin conseguir que acudiese.
Los desertores anduvieron temerosos del castigo por el Reino de León, siempre unidos para su mutua defensa.
Más tarde, D. Juan Manuel quiso justificar sus actos. En Brihuega le visitó el Secretario de D. Jaime II, Guillén Palacín. Expuso a éste los motivos de su disgusto con su futuro suegro y con el Rey D. Fernando. Le había prometido el monarca la Mayordomía, para San Martín o antes, si se veían los reyes, invistiéndole ante ellos del prominente cargo. Los soberanos se vieron en Ariza, sin que se cumpliese la promesa. También se lamentó de que el Almirante Aymerich de Belveni le negó las galeras para viajar de Algeciras a Almería. Refiere su biógrafo que estas quejas las hizo escribir en catalán, con una carta para el mensajero aragonés, en 18 de julio de 1310. Si su carta fue dura, D. Jaime le contestó con otra de iguales tonos, rechazando sus excusas e imputaciones.
SEGUNDA CAMPAÑA DE ALGECIRAS EN EL AÑO 1333
INTERVENCION DE D. JUAN MANUEL. PERDIDA DE GIBRALTAR
En agosto de 1329, D. Juan Manuel se encontraba en nuestro castillo de Villena, apartado de su vida militar y diplomática, según la crónica "mucho afincado de mengua de dinero" deseoso de vi da solitaria, resuelto a continuar su labor filosófica-literaria. Persistía latente su enemistad con el monarca D. Alfonso XI. El prócer castellano no olvidaba la deshonra inferida a su progenie y nobleza, por la repudiación de su hija Doña Constanza, prometida como esposa al Rey de Castilla. Aquel matrimonio, que fue sancionado públicamente en las Cortes de Valladolid en 28 de noviembre de 1325, y que no llegó a solemnizarse ni consumarse. Estos hechos fueron motivo de la subversión de D. Juan Manuel y su declaración de guerra a D. Alfonso XI, de acuerdo con D. Alfonso IV de Portugal, con quien había convenido sus inmediatas y ocultas propuestas matrimoniales con la Infanta, hija del monarca portugués.
No obstante lo referido, D. Alfonso XI lo invitó para que acudiese a la guerra declarada contra Granada, de acuerdo con el monarca aragonés. D. Juan Manuel, aunque obligado por su vasallaje, excusó unirse a las fuerzas expedicionarias de D. Alfonso, porque manifestaba la necesidad de defender el Reino de Murcia y solicitó en último término se le confiase la frontera de Jaén. No fue atendida su proposición. Valiéndose entonces del Rey de Aragón, le propuso que consiguiese del monarca castellano el permiso para unirse en la campaña a los ejércitos aragoneses que hablan de iniciar la invasión por la frontera de Vera.
Para evitar la desconfianza de su Rey, al no incorporarse al ejército castellano, acudió con sus hombres el 21 de agosto a la reunión en Lorca con el Gobernador de Valencia, el Prior de Montesa, el Obispo de Cartagena y Gilabert Cruilles, para tomar acuerdos sobre la guerra. Se proyectó formar dos ejércitos y que D. Juan Manuel y el referido Prior mandasen el grueso de los de retaguardia en la marcha hacia Granada. La campaña se presentaba con dificultades y D. Juan Manuel, para demostrar nuevamente su lealtad al Rey de Castilla y cooperar a la invasión, propuso hacer la guerra por las costas granadinas, desde su puerto de Cartagena, con galeras pedidas al Rey de Aragón.
Quedaron por fin suspendidas las proyectadas operaciones, porque temeroso el Rey de Granada por los movimientos militares castellano-aragoneses, solicitó la paz a final del año 1330. La crónica de Alfonso XI, culpó a D. Juan Manuel la aceptación por el monarca de tal suspensión de hostilidades, aunque fueron otros los motivos; entre ellos, el agotamiento de los recursos, que obligó a licenciar las tropas, y el deseo ilusionado de D. Alfonso de entrevistarse con Doña Leonor de Guzmán, a la que recientemente había conocido.
D. Alfonso XI comprendía la dificultad de persistir en la campaña para libertad a los defensores de Gibraltar, combatidos por cinco mil caballeros y gran ejército de peones, dejando tantos enemigos en Castilla por la lucha civil que allí continuaba.
No se atrevió a llegar con sus desorganizadas y escasas fuerzas hasta la frontera de Andalucía. Concibió como más diplomático y eficaz, una nueva reconciliación con sus nobles vasallos. Envió como mensajero para atraerse a D. Juan Manuel, al halconero real Sancho Martínez, gran amigo del Señor de Villena y su acompañante en las excursiones cinegéticas. Prometió además a los cuñados D. Juan Manuel y D. Juan Núñez, amplia reconciliación en sus querellas y demandas, ofreciéndoles rehenes en garantía si le acompañaban y se unían a la campaña con sus hombres hasta recuperar la plaza sitiada.
Estos nobles propusieron al Rey una vista en Villaumbrales. La aceptó el monarca y salió de Valladolid hacia la villa. Antes de llegar, se encontró con los dos Juanes. El Señor de Villena bajó de su caballo y solicitó los perdones de D. Alfonso por su anterior acto de "desnaturalización", prometiendo servirle en adelante de modo "que ningún Rey fuera nunca tan bien servido de tales vasallos como él sería dellos", pero la perfidia de un traidor hizo fracasar esta reconciliación y levantó nuevas desconfianzas y sospechas entre el Rey y los cuñados. El temor de que fuera un ardid del Monarca que pusiera en peligro la vida de D. Juan Manuel, impidió que los nobles aceptasen una invitación al siguiente día para una comida en dicha villa. Se presentaron los dos Juanes armados y con sus gentes dispuestas para la lucha. Ni se acercaron al monarca ni aceptaron el convite, manifestando al día siguiente que renunciaban a nuevas vistas con el Rey; regresando D. Juan Manuel a su castillo de Peñafiel y el de Núñez, a Lerma.
D. Alfonso continuaba recibiendo noticias de la angustiosa situación de Gibraltar. El Alcayde de la fortaleza, Vasco Pérez de Meyra y Jofre Tenorio, Almirante de la escuadra, comunicaban al Rey que la situación del cerco era cada día más peligrosa y apremiante.
D. Alfonso convocó a los Concejos, ricos-hombres y caballeros, para que le acompañasen en la guerra. Volvió a requerir la ayuda de D. Juan Manuel y la de Núñez, prometiéndoles mayores sueldos y la seguridad de sus personas "de que ellos serán muy ciertos".
Fue dos veces a Peñafiel, comiendo en la propia mesa del Señor de Villena, a fin de inspirarle seguridad en su persona. Según la crónica, hasta bien entrada la noche hablaron de la situación de Gibraltar y del peligro de toda Andalucía por la invasión de los Benimerines. Le rogaba últimamente su ayuda y la de su cuñado D. Juan Núñez, acordándose verse al siguiente día de la última comida. El Rey ya no volvió a entrar en Peñafiel. Tuvieron una entrevista en sus aledaños y convinieron reunirse durante la noche dentro de la villa para firmar las consiguientes capitulaciones. No ocurrió así: D. Juan Manuel envió a un emisario a D. Alfonso diciéndole "que no tornarse... que aunque allá fuese no lo acogería ni se querían más ver con él". Ocurrieron estas entrevistas en Marzo de 1332. Todavía envió D. Alfonso XI un caballero servidor para que se presentase ante Don Juan Manuel suplicándole que perdonara las ofensas del Monarca y que con él fuese a Gibraltar. El Señor de Villena tan sólo ofreció que entraría con sus hombres por la frontera de Jaén. Dice la crónica que no lo creyeron las gentes a pesar de enviarle D. Alfonso suficientes fondos para abastecer y pagar sus fuerzas. Ni D. Juan Manuel ni D. Juan Núñez fueron al cerco de Gibraltar ni llegaron hasta la frontera. Continúa la crónica expresando: "el Rey se va para la frontera, et Don Johan et D. Johan Núñez dicen que yran con él, et toman muy grandes soldadas del Rey, et son bien avenidos con él: pero de la ida esto sabe Dios et ellos si yran o no, pero ellos dicen que sí". Así lo refirió el aragonés Corbarán de Bergua, que iba en el ejército castellano, al Rey de Aragón.
No pudo cumplirse la decisión de D. Alfonso XI de no retirarse del cerco de Gibraltar sin evitar su pérdida para Castilla; permaneció todavía Julio y Agosto ante la fortaleza perdida. Le faltaron los víveres. A final del último mes, convencido el Rey castellano de la imposibilidad de continuar en el campo, tuvo que levantarlo y pactar con el de Granada una tregua de cuatro años, renunciando a Gibraltar, a las parias y al vasallaje del Rey de Granada.
Don Alfonso atribuyó la frustración de la empresa militar a la defección de los dos nobles cuñados, D. Juan Manuel y D. Juan Núñez, y que el Alcayde de Gibraltar, Vasco Pérez de Meyra, se viese obligado a entregar la fortaleza al sultán benimerin, por impedir la dilación de aquéllos al socorro a los sitiados.
RECONCILIACION DE D. JUAN MANUEL CON EL REY: CONQUISTA DE ALGECIRAS
Surgieron nuevas disidencias entre los monarcas de Aragón y Castilla: D. Juan Manuel parecía fomentarlas con su política dubitativa y oportunista. Fray Ramón Guillén, prior de los dominicos de Calatayud, gran amigo de D. Juan Manuel, comunicaba en sus cartas al Rey de Aragón, el ambiente hostil de Castilla, originado por la conducta de D. Pedro IV, con su madrastra, Doña Leonor y los hijos de ésta, los Infantes Don Fernando y Don Juan.
No fue suficiente todo ello, a pesar de las diferencias y rivalidades, para renovar la guerra entre Castilla y Aragón. Era mayor preocupación para los Reinos el peligro que amenazaba por los preparativos guerreros de Abul-Hassan, el Sultán benimeri, de una invasión, que según D. Alfonso XI, se anunciaba por los moriscos sobre Valencia. El Rey aragonés nombró a su tío D. Pedro como árbitro para resolver el pleito de la madrastra. D. Alfonso XI lo aceptó nombrando a Don Juan Manuel su representante en el asunto de su hermana y ante el peligro común, consintió que su hija Doña Constancia fuese a Portugal y se solemnizase su matrimonio con el heredero del monarca portugués. El 29 de octubre de 1337, en el convento de Daroca, se entrevistaron el Infante D. Pedro de Aragón y D. Juan Manuel, quedando cancelado el conflicto familiar que pudo convertirse en internacional.
Desde la referida fecha, ya no se separó D. Juan Manuel de D. Alfonso XI. Dice el tan repetido biógrafo "que su anegamiento en la Corte anuló políticamente su personalidad".
Figuró en el mando de los ejércitos castellanos en la victoria del Salado y en la toma de Algeciras. Duda su biógrafo de la anécdota que se le atribuye en la crónica de Alfonso XI en la referida batalla, como sospechoso y traidor al oponerse a vadear, mandando la vanguardia de los ejércitos, el río Salado, desobedeciendo las órdenes de su Rey y derribando el caballo de su alférez al pretender éste cumplir los mandatos del monarca.
En octubre de 1343, acude al sitio de Algeciras. Inmediatamente ocupó un puesto de peligro en las tropas sitiadoras, que fue pronto atacado por una salida de los sitiados. Refiere la crónica que se defendió bravamente y les obligó a replegarse y entrar de nuevo a! interior de la plaza.
Evocaba D. Juan Manuel ante aquellos muros, a los nobles caballeros castellanos que en 1309 sufrían las mismas penalidades de la guerra; de aquel asedio agotador e inclemente que según él le obligó a desertar con su primo, el Infante D. Juan.
La tenacidad y poder de mando de D. Alfonso XI, eran distintas a las de Don Fernando IV. El monarca "justiciero" estaba decidido a continuar el asedio de Algeciras y a extinguir el último musulmán del Reino de Granada. Aquella plaza era el puerto de desembarco también de los moros africanos y la base para el abastecimiento de sus ejércitos.
El 26 de marzo de 1344, con el triunfo de los ejércitos castellanos, entraban juntos en la villa de Algeciras los pendones de Castilla y Aragón; enarbolaba el primero D. Juan Manuel, y el de Aragón, D. Pedro de Moncada.
En mayo siguiente, le concedió D. Alfonso, a pesar de su edad, nuevamente el Adelantamiento de la frontera.
Este fue el último acto de la vida militar de Don Juan Manuel.
Valencia, Junio de 1966.
Extraído de la Revista Villena de 1966

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