GUÍA DE LAS CASAS RURALES DE VILLENA

Abrimos una nueva sección dedicada a las casas rurales de término de Villena gracias al trabajo del incansable José Ibáñez Martínez "SOLI" en 1985 con el libro GUIA DE LAS CASAS RURALES DEL TERMINO DE VILLENA. Gracias "Soli"
María Teresa Villar, Vicente Prats, José María Soler y Alfredo Rojas colaboraron en este magnífico libro de las Casas Rurales de Villena...

NUESTRAS CASAS DE CAMPO
Buena parte de las edificaciones que cita José Ibáñez «Soli» en esta publicación están construidas durante el siglo XIX y los primeros años del XX. Interesante sería completar este trabajo gráfico con la pequeña historia de cada una de ellas, porque entre sus muros laten todavía las inquietudes, deseos e ilusiones de cada uno de aquellos que las habitaron. Y esas vidas que allí transcurrieron, observarían ahora, seguro que con nostalgia y amargura, cómo la acción del tiempo y la fuerza del destino van destruyendo, implacablemente, lo que ellas tanto amaron.
La Casa Grande, o Bulilla, que en muchas ocasiones acogieron los descansos veraniegos del ilustre hijo de Villena Excmo. Sr. D. Joaquín María López, acompañado de ministros y otras personalidades.
O las situadas en el paraje del Zaricejo, que vivieron, a principios de siglo, los problemas derivados de la extracción de aguas por sociedades e individuos, que iniciaron la exportación de nuestra principal riqueza.
O esas otras que, desde tiempo inmemorial, contemplan en septiembre el paso de nuestra Patrona hacia su ciudad, y el retorno al Santuario una vez cumplida su obligada estancia en Villena.
Y todas, que acogieron los juegos de tantas y tantas criaturas que allí pasaron los mejores años de su existencia; juegos que culminaban anualmente con la celebración de la Pascua y que nos permitían escuchar aquellos cantos del Saleró, Ven Conchita, Chinchamelá... y tantos otros que cada año vamos escuchando menos, muy a nuestro pesar.
El excelente trabajo de Son nos trae a los mayores, al contemplarlo, viejos recuerdos de tiempos que no han de volver. Y aunque deseamos mirar el futuro con ilusión y esperanza, nos viene a la memoria, aún sin pretenderlo, aquella conocida frase que dice: «Cualquier tiempo pasado fue mejor».
Vicente Prats Esquembre

A MODO DE PRÓLOGO
No hay más que penetrar con SOLI en su laboratorio fotográfico para darnos cuenta de que nos encontramos ante un hombre singular. No esperéis contemplar allí complicaciones técnicas; le basta con una pila, unas cubetas, una ampliadora cuyo objetivo aleja o aproxima subiendo o bajando el tubo con la mano, unos frascos, unas cajas con papeles y pare usted de contar.
Fuera del laboratorio, en un pequeño patio con claraboya de cristal, hay una mesa rústica con escasos utensilios y unas estanterías con largas tiras de madera para hacer marcos.
Desde la habitación contigua nos llegan incesantemente fragmentos musicales de Schubert, Beethoven, Tchaikovski..., emanados de un complicado aparato que SOLI se ha construido, en los ratos Que le dejan libre su profesión y sus aficiones piscatorias o cinegéticas, con piezas que se habían desechado por inservibles.
SOLI no es hombre de letras, y no sabemos adónde hubiera podido llegar si lo hubiera sido. Se limitó en sus ratos de asueto, que él dilata o comprime a su placer, a reproducir fotos viejas o a recoger en su cámara aspectos poco trillados de su entorno. Esta es la «letra» popular de sus canciones; la «música» ya se la pondrán después los compositores. Y así ha sacado a luz dos libros casi agotados: el «Chicharra» y la «Colonia de Santa Eulalia», y lanza ahora esta «Guía de las casas rurales del término» cuyos nombres han sonado tantas veces en los oídos de los villenenses como melancólicamente evoca en este mismo volumen VICENTE PRATS.
Para esta obra, había que buscar una colaboración especializada, y SOLI supo encontrarla en MARIA TERESA VILLAR, encargada actualmente del Archivo Municipal, que había dado cima a sus trabajos universitarios con un magnífico estudio sobre la deforestación villenense que, desgraciadamente, permanece inédito. De este modo, las fotos van precedidas de una «Introducción» en que se estudian, con la necesaria concisión, el espacio geográfico, la evolución de la población agrícola y el hábitat rural que las fotos nos muestran. Todo ello acompañado de gráficos y mapas en los que figuran esas partidas rurales de nombres sonoros —Rincón del Moro, Hoya Hermosa, El Polovar, las Albarizas, el Carrizal, el Zaricejo, la Condomina...—, evocadores de un pasado milenario.
Es ésta una nueva aportación al acervo geográfico-histórico, cada vez más nutrido, de nuestro pueblo, y confiamos en que SOLI no tarde en depararnos una nueva muestra de su vitalidad y de sus múltiples inquietudes.
José María Soler García

EPÍLOGO
Ante tus ojos, lector, han desfilado figuradamente unos aspectos gráficos de Villena que no coinciden con aquellos comúnmente reproducidos en los diversos medios que para ello se utilizan. Esta que has visto es otra Villena, tan dueña de cobijarse bajo este nombre como las castizas calles o los venerables monumentos que con mayor frecuencia y propiedad la identifican.
Se olvida frecuentemente que un topónimo no sólo tiene alcance urbano; que la denominación abarca asimismo un entorno sin el cual queda mermado el conjunto en importante parte. Y no sólo mermado, sino notablemente reducido, falto de un amplio sector sin el cual, como en Villena ocurre, no puede concebirse el todo.
Esto es así porque nuestra ciudad, pese a cuantos argumentos en contrario pudieran aducirse, ha estado siempre, fundamentalmente volcada hacia el campo. Ni las épocas más prósperas para la industria han hecho remitir esta tendencia ni las actividades profesionales más sofisticadas han conseguido anular en los villenenses esa llamada de la tierra que subyace en cada uno de nosotros. Incluso hoy, un obrero de una fábrica de calzado o cualquier otro trabajador manual alejado de las tareas campesinas, sabe de siembras y cosechas, aprecia justamente el estado de un cultivo, se complace admirando un majuelo bien cuidado y apenas necesita lecciones o previos adiestramientos para realizar fáciles actividades agrícolas.
Sucede así porque Villena ha tenido siempre abierta esa comunicación entre el campo y la ciudad; nunca ha habido fronteras entre ambos que los separen y disocien. Y si para cada uno de nosotros constituyen una herencia sentimental común los aprendidos paisajes urbanos, las calles y plazas familiares, los recios muros que nos hablan del pasado villenense, no lo son menos las viñas y olivares del Pinar, la huerta que se desparrama a los pies de la Ciudad, las húmedas tierras del Alhorín, las partidas y parajes de sonoros nombres, alguno de los cuales resulta indescifrable, los severos campos del Puerto; todo el amplio término, en fin, que integra el conjunto del campo y la montaña de nuestra ciudad.
En este libro ha recogido Soli, con amor y perseverancia, todas esas casas que jalonan y presiden el campo villenense, muchas de las cuales tienen ya marcado un cercano fin; circunstancia que hace más valioso y encomiable el esfuerzo de Soli, al que se une el minucioso trabajo, no exento asimismo de amoroso y paciente cuidado, de María Teresa Villar. Apenas se vive ya en el campo; los tiempos cambian y modifican las formas de vida. Los funcionales e impersonales chalets están sustituyendo en tal aspecto, y ello sólo en verano, a las viejas casonas, a los ingenuos palacetes, a las modestas edificaciones donde antes vivían, o aprendían a morir, casi aisladas, en opresiva e indigente soledad, las familias campesinas. Y el tesonero empeño de Soli nos trae ese otro conjunto, que es también nuestro, cuyas construcciones están desperdigadas, como repartidas a voleo, sobre el amplio horizonte campesino local.
Y esto es lo que brinda Soli a cada uno de los que nos acercamos a este libro: el fruto de reunir, con ilusión y esfuerzo, esos trozos de Villena, unos olvidados, otros desconocidos, los más apenas entrevistos, para que tengamos consciencia clara de su existencia, para que conozcamos algo que en cierto modo nos pertenece antes de que, por la acción del tiempo y de las circunstancias que sobre ello actúan, desaparezca o quede solamente su irreconocible ruina. Y para que, cuando así ocurra, haya memoria de lo que fue patrimonio común y parte importante y característica de nuestra ciudad.
Alfredo Rojas

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