1961 ESCULLAR, OXEAR, EL TRUQUE Y OTRAS COSAS

"Escullar", "Oxear", el "Truque" y otras cosas
Por Alfredo ROJAS
El «Truque», óleo de Pepe Menor
Creo en Villena como unidad determinada, como ciudad con sello propio, con estilo peculiar, destilado pacientemente en el alambique de una historia y una prehistoria en las que se dan sobradas circunstancias singulares, más que suficientes para definir una personalidad. Esto ya lo he dicho alguna vez; y muchos otros, más autorizados que yo, también. Además, el hecho es bien patente, a poco que se escudriñe en el estudio del alma de la ciudad, no por invisible menos presente, y de ese continuo latir en sus arterias que supone la eterna actividad de sus hijos.
Pero hay un peligro que gravita sobre los pueblos con personalidad y con historia. Sucesivas oleadas de circunstancias foráneas van modificando nuestra forma de ser, de hacer y de decir, cubriéndonos con el hábito de unas costumbres extrañas, copiadas casi inconscientemente en muchos casos, imitadas servilmente en otros. Así, vamos perdiendo lentamente características autóctonas; así, asistimos a la lenta desintegración de una personalidad. Y si el porvenir se nos presenta uniforme y deshumanizado, salpimentemos el presente, apoyándonos, siquiera sea unos instantes, en el perfume poético de lo que se escapa de entre los dedos, no sabemos si para bien o para mal...
Abandonemos un momento el alto taburete del moderno bar, la fría y niquelada barra brillante. Vayamos a buscar la penumbra de una antigua bodega, de techos altos, con una parte del suelo formada por inseguras tablas, donde aún se pisan las uvas cada otoño. Allí, tal vez nos espere un «recibidor» boca abajo, que sirva de mesa, cubierto con una hoja de periódico; sobre ella, unos trozos de tomate, con un generoso puñado de sal al lado. Y unos vasos bajos, achaparrados, de cristal grueso, que se van llenando directamente de un barril con grifo de madera, a través del cual sisea el vino, orlando los vasos de una fugitiva corona de espuma. La hora puede ser la del mediodía, cuando más grata es la penumbra, en contraste con el fuerte sol que triunfa en la calle. La bodega puede estar en «el Carril», con un ancho portón; en cualquier recoveco de una tortuosa calle del «Rabal»; o en una polvorienta calle de las que miran al campo, entre las tapias de un huerto y el postigo de una casa de labradores...
«La del alba sería...», dice Cervantes cuando inicia un capítulo del Quijote; y una ráfaga fresca y vivificante, al conjuro de la frase, nos hace ver al héroe saliendo de la venta hacia la llanura manchega, a la incierta luz Hoy, sin embargo, nos domina la rigurosidad de los guarismos, y desmenuzamos las horas para transformarlas en minutos, atenazando con números nuestros pasos. Ya casi perdidos los viejos e indeterminados módulos, sustituidos por la cifra, inexorable, es posible que si va usted a buscar a alguien en Villena, y no lo encuentra, le emplacen poéticamente para que vuelva «al oscurecer». Así; sin necesidad de reloj, de cifra; sin posibilidad de error, pero con dulce indeterminación. Vuelva usted,.. «al oscurecer».
—Mire usted—me dice el vendedor—: Los «de agua», los «peso» a cuatro pesetas; los «de año», a duro. Los de «agua» —prosigue—, están buenos. Los de año, «pa» decirle la verdad, están un poco «enteros». Como está principiando la temporada... Y emplea sin rebozo el verbo principiar, como si supiera que Azorín se complace en utilizarlo también.
A usted le dirán que van a servir la mesa; o que van a «poner» los platos; o que se va a servir la comida o la cena. Pues para expresar bien la idea de verter el yantar en el plato, hay un verbo, tan castellano como el Cid, pongo por caso. Y en Villena lo puede usted oír, no en muchos sitios ya, lamentablemente. Se trata del castizo escullar, contracción de escudillar, echar los alimentos en la escudilla, en el plato. Yo lo empleo siempre que llega la ocasión, y no me sonrojo por ello.
Oxear, otro verbo, de cuyo olvido se queja Azorín, se usa todavía ampliamente en Villena con una curiosa variante: la de aplicarlo a las moscas, con preferencia a hacerlo refiriéndose a las gallinas y aves domésticas. Y si usted va al mercado un jueves, en verano, y pregunta por un oxeador, le señalarán, sin dudar, el rincón donde vende mosqueros una gitana paragüera, que cambia de actividad a tenor de los cambios de estación que señala el almanaque. (Sin embargo, la gitana dice «usaores». Áteme, usted, Soler, esta mosca por el rabo).
Luces de la Ciudad (Foto Menor)
En Villena ya hay quien juega al póker; y, naturalmente, también tienen sus devotos, más numerosos, el tute y el julepe. Pero el juego de cartas castizo es el truque, que, a decir de los expertos, da ciento y raya, en lo que a entretenido se refiere, a todos los que dan nombre a cualquier forma de extender los naipes sobre una mesa. El truque es un juego de envite, socarrón, donde se miente y se gallea, donde, en ocasiones, se dan voces; y como en el mus, el jugador puede hacer serias a su compañero, sin faltar a las reglas del juego. Y no espere usted ver en él a jugadores pálidos, expectantes, nerviosos. Por el contrario, es alegre, divertido, y hasta —dicen—económico para el que no goza de los favores que otorga la diosa de los ojos vendados.
No caeré en el fácil tópico—falso, desde luego—de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aceptemos lo nuevo, después de juzgar si nos conviene o no; pero no olvidemos lo nuestro, lo típico, lo racial; aquello que tiene unas raíces fuertemente ligadas a nuestra íntima forma de ser. Y vayamos despejándonos, si no hay otro remedio, de lo que juzguemos trasnochado, caduco; pero con dulzura, sin acritud, casi casi con reverencia.
Extraído de la Revista Villena de 1961

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