1991 EL CASTILLO DE LOS MARRUECOS

EL CASTILLO DE LOS MARRUECOS
A lo largo del tiempo, hay hechos, situaciones o aspectos que marcan, aún sin quererlo. Uno de estos rasgos que nuestra Comparsa tiene es el "Castillo de los Marruecos" tradición que empezó, casi, con el siglo y perdura hasta nuestros días.
Corría el año 30 cuando José Marco García decidió realizar una especie de castillo para solaz regocijo en las fiestas de esos años y no se le ocurrió otra cosa que aprovechar el armazón de un carro para construir esa figura que ha estado siempre inmersa en nuestra historia, utilizó las paredes del carro para hacer con cartón una especie de murallas y cubiertas con confetis, salir a desfilar. Para más jolgorio se intentó inventar un artilugio con el que llevar hasta el público asistente caramelos o el sustitutivo correspondiente para aquella época y como de castillos, guerrillas, moros y cristianos se trataba, más que inventar, tomaron la idea de elaborar un instrumento que inventado estaba y venía como anillo al dedo, más que tirar metralla, tiraría dulces perdigones, sería un cañón, cañón que por medio de un muelle accionado hacia atrás quedaba vacío y llenándolo entonces de caramelos era destensado saliendo a ver la luz con enorme rapidez.
La guerra del 36 hizo que se aparcara por unos años el carro y que las fiestas se aletargasen; tenía en mente José Marco que a la llegada de la paz desempolvaría el castillo guardado en una cambra, lo arreglase y tirar desde el cañón 3 arrobas de caramelos que tenía en promesa para celebrar el renacimiento de las fiestas, portando a su vez la bandera de España de la comandancia del pueblo.
Tal era la alegría y la fuerza con la que volvió el cañón a las calles de Villena que recuerda Francisco Marco que en el Villenense, que era donde estaba la Comandancia, salió el comandante del puesto interesándose por el mecanismo que accionaba el cañón pero a su vez hizo hincapié en que se tirara con menos ahínco pues los cristales de los balcones eran pasto de su "munición". Hecha la advertencia se le quitó alguna vuelta al muelle y se prosiguió el desfile.
En aquellos tiempos, para salir en la Escuadra de mochilas, se hacía un sorteo previo entre los socios que lo solicitaban y era de verdadera locura las ganas que tenía la gente para salir en ella, por lo que nos juntamos cuatro amigos que no tenían muchas ganas de salir en la Escuadra y que son los siguientes: el Tío Paco, Juan Hernández Camarasa, Chimo "el ruso" y Jerónimo Lázaro "el Cano". Cedimos nuestros puestos para salir en la Escuadra a los demás socios, ya que así tendrían ellos más posibilidades de hacerlo. Lo que hicieron fue lo que sigue: se realizó un carro castillo que pagaron los cuatro de su bolsillo y lo que iban lanzando desde él, como caramelos, etc. lo pagaba la Comparsa en parte y más tarde !o realizó la comisión de Fiestas. El resultado fue un verdadero éxito, ya que por una u otra razón, siempre había Marruecos que recoger durante los desfiles, por no poder caminar, fiebre alta, etc. etc. etc. El castillo para toda la Comparsa era una especie de escoba que iba recogiendo a todos aquellos Marruecos, que por la causa que fuera, se iban quedando rezagados.
Un nuevo castillo apareció en 1950, el segundo, pero que resultó ser insuficiente y peligroso, además de muy pesado para la consabida mula, que cayó al suelo el día 5 de ese año en la puerta Almansa por estar el suelo húmedo, arrastrando consigo a algunos de los ocupantes del castillo, pero que no trajo graves consecuencias para nadie.
En 1951 se volvió a modificar el Castillo. Se le realizaron unas reformas y se agrandó para que pudiese subir más gente en las mismas condiciones pero con una giratoria y tirado por dos mulas, que por cierto no dio el resultado esperado por no acoplar la giratoria a las mulas, a pesar de ir conducido por dos muleros que eran Marruecos, Juan "el bailador" y el regador, con José Gabaldón como jefe de muleros.
Debido a lo frugaz de sus elementos, como era de esperar, duró poco más o menos que un pastel a la puerta de un colegio, bueno un poco más ya que pudo disfrutarse durante dos o tres años. Recuerda Luis que montó en un remolque en la calle el Hilo terminándolo en casa del Hortelano, éste fue posteriormente ampliado con una almena central, cual torre del homenaje, mayor de lo que era en un principio ya que los caramelos para arrojar por el cañón, no cabía, debido a que los "cañoneros" no era de eso solo de lo que se alimentaban y había que dejar hueco para los recipientes verdes de vidrio que contenían el líquido asturiano hecho con manzanas, en una palabra la sidra, con la que humedecían sus gaznates tal como muestra una de las fotografías.
El siguiente castillo, éste ya "subvencionada la obra" por parte de la Comparsa tuvo como arquitecto a Pedro Marco y como maestro de albañiles al eterno Luís que tuvo que trasladarse esta vez como dice él a la Cooperativa del Alcohol para construirlo y hete aquí que las dificultades en obra nueva sobre viejos cimientos se avecinaban, puesto que el chasis a utilizar era el del castillo antiguo de madera y se balanceaba aquello más que el mástil de la bandera de un barco en una tormenta así es que hubo que rascarse el bolsillo y el Calañés hizo uno nuevo con ruedas de goma.
En 1953 el cañón que se llevaba en lo alto de las murallas, fue sustraído un día o al menos cambiado de sitio con tanta gracia que hasta el momento los amigos de lo ajeno aún no lo han comunicado.
Pero como el paso del tiempo no es bueno para nadie, (excepto para el vino) y ahí está el mal de piedra que se carga hasta la Catedral de Burgos —y es cierto— la mole no resistió a las embestidas de la meteorología ni a la de los chiquillos que cuando nos dimos cuenta, un día de la comida de la Comparsa, ya se habían cargado medio castillo, así pues el otro medio, emulando a nuestros paisanos de la capital en la noche de San Juan, fue pasto —a conciencia— de las llamas y se decidió crear otro nuevo.
Este lo construyó "el Calañés" a base de hierro y con una plataforma nueva para que los socios infantiles y algún adulto que no pueda desfilar bien por su edad y otras circunstancias puedan desfilar por las calles de Villena, éste es el que existe en la actualidad que fue bautizado el pasado año.
Algo característico de aquellos castillos era el sistema de tracción que al contrario que todos sus hermanos de piedra bien cogidos a la tierra para repeler los envites de cristianos y moros, éste era móvil (buen sistema defensivo que bien hubieran podido aprovechar en aquellos años) y era tirado por el más vilipendiado de los équidos: la mula, que hasta hace veintidós años que Antonio Marco se compró el tractorcico pudo aguantar.
Y bien, de este modo es como he querido trasmitir esta historia para que el que haya leído pueda haber pasado un rato al menos ameno tal como se pasa en lo alto del castillo la tarde de un día 5 de Septiembre. Felices Fiestas.
Por Jerónimo Lázaro y V.J.G.M
Extraído del Libro del 125 Aniversario Bando Marroquí
Cedido por… Paco Marco Hernández

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