1981 VILLENA, SU COMERCIO, SU MERCADO, SU PANADERÍA, LA CONFITERÍA...

Villena, su comercio, su mercado, su panadería, la confitería...
Por Manuel Soria
Reproducimos a continuación el artículo publicado en la revista EL COMESTIBLE de su Edición Especial de Julio 1981
Siempre agrada volver al pueblo de uno, y Villena es mi pueblo, como antes lo fuera de Chapí, como lo será mañana de otros hombres, de otras gentes.
Con el paso del tiempo Villana se me quedó chico. Le ocurre a todo el mundo; eres un crío y todo se ve enorme, grande, desproporcionado, las gentes, las casas, las cosas... Luego conforme vas creciendo las cosas ante ti empequeñecen. Es un secreto a voces, es algo lógico.
Cada vez que vuelvo a Villena la encuentro sencillamente pequeña, tal vez por eso precisamente no vea en ella a esos hombres, esas gentes que yo conocí de crío, tal vez; posiblemente hayan salido del pueblo en busca de otros derroteros, seguramente. No sé por qué, Villena, se me antoja, no ha crecido lo que debiera crecer, tal vez esté equivocado. Pero no veo en ella, como ciudad noble que es, como ciudad a rebosar de títulos, al extremo de que pocas ciudades podrán alardear de lo mismo, esa industria que podía haber prosperado más de lo que ha prosperado, ese campo que podía haberse dilatado más de cuanto lo ha hecho.
Recuerdo de crío la anchura de su campo, su fértil sementera, aquel título que se le infirió a nivel nacional de cosechera de ajos; recuerdo a sus manzanos, a sus patatas, a su huerta. Ahora cuando salgo al campo villenero lo encuentro desnudo, al menos no tan vestido como antes, no tan pródigo...
Y veo panaderías que han desaparecido, y comercios que han crecido en brillantez, y comercios que han desaparecido.
Ahora mismo, cerca de la calle de Juan Chaumel, paralela a ésta, he echado a ver la falta de un comercio. De un comercio de la alimentación. Estaba allí no hace tanto, lo conocía. Conocía también a su dueño. Habíale entrevistado para «El Comestible»; un día dejé en él impreso las reacciones de este hombre. Ahora, cuando he vuelto a Villena, ese comercio ya no estaba. Ha desaparecido, como tantos y tantos más, como muchos más.
No sé, no acierto a ver cuál va a ser el futuro del comercio alicantino, el de la pequeña superficie. No lo acierto a ver, y eso que dice «Información», un periódico alicantino que, en una encuesta realizada por la Cámara de Comercio de la ciudad se pone de relieve que el tipo de establecimiento que el alicantino prefiere para sus compras es la tienda clásica, cualquiera que sea el tipo de producto que adquieran.
Tras las tiendas clásicas —sigue diciendo el rotativo— en el caso de los productos de alimentación y bebidas, las preferencias se dirigen a los supermercados, mercados de barrio, los economatos y cooperativas... Sin embargo, no sé, no sé qué va a ser del comercio alicantino de seguir por estos derroteros, porque, encuestas a un lado, hay comercios que cierran puertas definitivamente, para siempre.
Y esto no es signo de triunfo, ni demuestra más que una cosa: decadencia.
Ciertamente que a la tienda clásica, en mi pueblo, en Villena, le ha nacido competencia con el moderno autoservicio; pero como se da la circunstancia que también éste languidece, por cuanto acabo de decir, ese establecimiento que he ido a ver y ya no estaba en su sitio, por eso me pregunto qué va a ser, en definitiva, del comercio alimentario de mi tierra.
Y qué va a ser de su industria, de su campo, de sus hombres, si no terminan uniéndose para, como en las comparsas cuando septiembre llega, en masa compacta, poder salir adelante, siempre adelante no hasta llegar a los salesianos que es donde recibimos y despedimos a nuestras virtudicas, sino más allá, mucho más allá.
Victoriano Catalán, diecisiete años en el establecimiento de confitería en Villena, se ha hecho famoso en toda la zona. Le vemos con la brigada de operarios que con él colaboran
Victoriano Catalán Medrano, Manuel Hernández Francés, Antonio, Pablo Hernández Francés y Pedro Fita González en el obrador de la confitería de Marco Soriano.
UN PASEO POR SU MERCADO
El mercado villenero se ha quedado pequeño una vez más.
Cuando yo lo conocí con ser grande ya era pequeño para las necesidades del pueblo. Pero era un mercado dignísimo. A rebosar de poesía. Si a Villena le hubiera nacido un pintor ilustre seguro que él sí habría acertado a plasmar al lienzo aquel mercado que ya no existe, donde había unas escalinatas, una fuente que manaba y manaba sin cesar, porque Villena de siempre fue rica en agua; donde había un «tío que vendía olivicas», que ya murió, y donde las mujeres, espatarradas en sillas pequeñas, vendían cojules en manojos grandes a perra gorda o ancas de rana en agua rosada.
Hoy el mercado de Villena, con ser nuevo, se ha quedado otra vez pequeño. Porque los pueblos crecen, pero los edificios no. El mercado villenense dispone de dos plantas. Una, la del sótano, donde se vende el pescado y la salazón; la otra, la de arriba, donde se vende la hortaliza, la fruta, la carne, el embutido, el pan...
Villena tiene fama de embutidos. De producir uno de los mejores embutidos de todo Levante. Yo no me canso jamás de ellos. Cada vez que voy a este mercado me gusta cargar. Y vuelvo con el coche abarrotado a casa: de toñas, de sequillos de embutido y cebolletas en vinagre o zanahoria en aguasal...
El mercado de Villena siempre está abarrotado de público porque acuden a él de otras pedanías, como La Encina, Las Virtudes, la Zafra, como de La Cañada o Caudete, que ahora no quiere ser albacetense, sino levantino.
El mercado de Villena, tres días a la semana: martes, jueves, sábados, conoce la venta ambulante. Esto trae de cabeza a la vendedora del interior del edificio, porque al carnicero no le preocupa esa venta, al del pescado tampoco, no hay venta ambulante de estos productos. Pero de hortalizas y de frutas sí, y bien que lo detecta ese vendedor afincado, que paga sus correspondientes tasas y que no puede hacer nada por impedir que esa venta ambulante prolifere.
El mercado de Villena tiene además fama de carero. Creo que como gran parte de los de la provincia. Está justificado. Levante es industriosa zona en ciertos aspectos y la industria paga jornales elevados, eso trasciende hasta la cesta de la compra.
Podía pensarse que el vendedor ambulante acude a la zona para paliar en parte el despropósito de los altos precios en el producto, pero no es así. Lo hemos comprobado. No hay diferencia apenas del precio que un género tiene en el interior del mercado al precio que ese otro género ofrece en el vendedor ambulante. Parecerá broma. Pero así es. El mercado está allí, en pleno centro de Villena, a un lado de la que fuera hasta hace bien poco general que lleva de Madrid a Alicante, cualquier lector que viaje puede comprobarlo.
¿Por qué entonces cierta ama de casa acude al vendedor ambulante y deja de frecuentar ese otro puesto que el mercado ofrece en su interior? Eso sería cosa de investigar a fondo, y de comprender también. Porque a veces no todo cuanto el ama de casa realiza es comprensible.
Sí, el mercado de Villena se ha quedado pequeño. Es algo que puede igualmente apreciarse a simple vista.
Una pena, porque pudo pensarse en él con bastante antelación, a fin de revestirlo de esa necesidad que los años habrían de imprimir.
A su lado ese otro mercado que fuera un día, con su fuente abandonada, los caños taponados, con las escaleras labradas en piedra que apenas pisotea nadie, sin mujeres vendiendo ancas de rana o un hombre que fuera eminentemente popular ofreciendo aceitunas, con la placa, en una fachada, que recuerda cómo en esa casa donde está colocada naciera un día el gran Ruperto Chapí.
Manuel Soria con Segundo López, que es en Villena la doble versión de panadero y comerciante del ramo alimentario
LA CIUDAD
Villena guarda la huella de pasadas civilizaciones en sus calles, plazas y monumentos. La ciudad ha ido transformándose, pero lo que ha sido susceptible de guardarse, ahí está toda-vía, aún.
La ciudad se asienta en gran parte bajo las faldas de la Atalaya, a veces no, a veces sus casas trepan hasta encontrar el castillo. El castillo ofrece desde cualquier ángulo una bella estampa, una maciza mole. Con el de Almansa y el de Biar a un lado y otro de él completan un triunviro de majestuosidad. A los pies del castillo la ciudad confiada, las callejas estrechas las más de las veces que serpean y alargan, que crecen y se transforman. Iglesia de Santiago, como vemos escrito en un panel en piedra muy cerca de un reloj de sol que posiblemente pase desapercibido para cualquier viajero; iglesia de Santa María, la que con su hermana gemela vivió y conoció los avatares de nuestra guerra de liberación, a cuya puerta se quemó un día todo cuanto de valor en cuadros, en pinturas, en ornamentos religiosos guardaba el templo...
Villena dista apenas nada de Alicante y cuenta con 34.421 hectáreas de término municipal. Aunque he dejado dicho más arriba que siempre abundó el agua en la ciudad, el terreno de secano superó con creces al de regadío, nunca he comprendido por qué.
Para el campo de Villena hay del orden de las 10:000 hectáreas de viñedo; para el olivar cerca de 3.000; en los ajos sólo un par de cientos, ahora tal vez no haya tanta hectárea; para la cebolla, menos. Y algo más de trigo y cereal.
En ocasiones se le ha prestado enorme interés a la fruta. Pero sólo en ocasiones, porque en mi pueblo no ha prosperado en modo alguno el cooperativismo. Es cuanto pudo sacar de apuros a sus hombres en determinados momentos, pero no se ha sabido aprovechar esa coyuntura.
Entre la fruta a cosechar en Villena figura la manzana. Pero se habrá de pasar mucho tiempo antes de que la manzana de días de gloria a la economía localista.
De mi ciudad podría decir tanto y tanto, reflejar el embrujo de sus calles de aspecto moruno, recrearme en el gracejo de alguna de sus fachadas, de sus palacios (como el Municipal edificado en el XVI y declarado cuatrocientos años después monumento histórico artístico), de esas casas solariegas que en el lugar se dan, lo que demuestra una vez más su origen campero...; pero iré derecho a sus hombres, a lo que sus hombres hacen por Villena, mi ciudad.
Manuel Moya y Pablo Mira, dos eficientes operarios en el obrador de la panadería que en Villena se la conoce por «La Ramona», conversando con nuestro redactor
LA INDUSTRIA ARTESANAL
Villena posee una industria para el calzado con matiz sobresaliente, se nos ha distinguido de siempre en este aspecto. También conocí un día en ella, en la ciudad, la industria de la clavazón, los clavos, o la gráfica, la imprenta en la que mi padre colaboró estrechamente para su engrandecimiento durante décadas. También junto a estas otras industrias más o menos en mayor escala han florecido en Villena: muebles, construcción, textil..., y hay otra industria que quiero destacar aquí, ahora, la del dulce.
Villena es eminentemente golosa. Sabe conocer, saborear el dulce. Y sabe fabricarlos. Cualquier viajero que haya pasado por la «Corredera» y aparcado su coche junto a la acera donde hoy se levanta la Caja de Ahorros de la cooperativa del campo o caja rural, ha podido conocer la mejor y más famosa confitería villenense regentada por un villenero muy joven, pero conocedor como nadie de su oficio.
Victoriano Catalán Medrano, diecisiete años en el establecimiento, no sólo ha sabido darle al local un rumbo bien distinto al que siempre tuviera, sino que se ha hecho famoso en toda la zona.
La casa, un día, surtió años ha de dulces a los moradores de Palacio en Madrid; hoy, es título que no se esgrime para darle más realce a la tienda, pero que tampoco sería necesario porque la confitería del amigo Catalán se vale por sí sola, hoy, ahora, para resaltar de la forma en que lo hace.
No es porque se encuentre en un local privilegiado, no. Es que resalta porque de su obrador sale en todo momento las piezas más nobles de la confitería española y localista.
Este pequeño gran maestro, pequeño de estatura, grande en su personalidad, está presente en todo acontecimiento social villenense. Fabrica a veces, elabora artesanalmente en otras ocasiones, y siempre pone el punto culminante en su dulce, con tan singular maestría que realmente el dulce de Villena es apreciado y conocido por su valía.
En la fotografía podemos verle al comienzo en el ángulo izquierdo. Los demás son obreros a su mando. Muchachos en su mayoría, pero conscientes del buen hacer porque son hombres que llevan con él desde que se iniciaron y no hay nada mejor como el paso de los años para coger soltura a la faena a emprender.
—Fuimos proveedores, es decir, la casa que yo no por mi edad —nos dice Victoriano Catalán— de los abuelos del Rey, y más tarde de los Condes de Barcelona. Nuestro dulce ha salido proyectado en el diccionario Salvat. Yo sólo he intentado hacerme acreedor de esa fama que a nuestros productos se le dieron un día.
Fama que ha sabido mantener sino superar. Porque el dulce villenero es especial, desde luego; pero el de Catalán, el de este admirable muchacho, es excelente.
Así ocurre, que siempre tiene trabajo de sobra. Demasiado trabajo.
—¿,Es muy variada tu confitería en producir?
—Creo que realizamos en casa todas las variantes imaginables que el dulce pueda tener, en plan artesanal, que es como gusta al público que consume, porque como ves se trata de una pequeña industria semifamiliar.
Villena conserva otras seis confiterías más con obrador; fuera de eso, bastantes despachos abiertos al público.
—¿Es golosa Villena?
—Sí; pero no gasta tanto como podría pensarse, es retraída a la hora de gastar, le gusta ahorrar. Pero en definitiva se sabe vivir.
—Hay un dulce popularísimo entre nosotros: la «mona» y la «toña»; háblanos de ella, Victoriano.
—Tiene poco que decir. La «mona» es un dulce hecho con idéntica masa que la «toña»; es decir, con harina, huevo, azúcar, limón, aceite...
—¿Sin otro secretillo?
—Bueno, lo que hace exquisito a este dulce es la mezcla, y no es secreto, es cogerle el aire. La «mona» data de mil setecientos, y es un producto que, aunque se realiza una vez al año, para Pascua de Resurrección, cada año que pasa se elaboran más y más y más. . A la «mona» aparte del huevo que lleva en la masa, se le coloca una en su parte superior, entero, y se le deja cocer con la masa. Es un dulce que hemos visto popularizado en gran parte de España, ocurre que las «monas» de Villena son famosas no sabemos por qué; la «toña» se elabora durante todo el año.
Hay tres días en el año para comerse la «mona» el pueblo. Generalmente es la chiquillería la que irrumpe en el campo de merienda el domingo de Resurrección, el lunes y el martes de Pascua. Para esa fecha, a la tarde, cierra toda clase de comercio. Es tradición.
Si alguien —que no es así— se aventura a no cerrar sus puertas, tontería será esperar a cliente alguno a no ser que éste sea forastero, y de paso.
D. Pedro Hernández Hurtado ponderando las cualidades de los caldos villeneros en el Apartotel Meliá.
LA BODEGA
Villena tiene fama en sus vinos. En sus apreciables tintos.
Y la comarca entera, porque por algo de siempre se ha dicho que Monóvar produce uno de los mejores tintos del mundo.
Villena está a rebosar de bodegas, por lo menos las que tiene se dejan oír bastante. Son casas en su mayoría centenarias, dignas de elaborar los caldos villeneros de notable fama dentro y fuera de España.
Hemos visitado la bodega cooperativa «Nuestra Señora de las Virtudes» donde se elaboran afamados caldos, como «El Tesoro de Villena» (llamado así por la aparición, un día, entre restos arqueológicos, de un singular tesoro, mundialmente conocido, que se conserva en el Museo Arqueológico local), «Gachamiguero» (que corresponde a un plato típico de la gastronomía local), «Arcabucero» (refiriéndose a sus fiestas septembrinas, al arcabuz que porta el festero con el que recibirá o despedirá a la morenica, su patrona) o el «Vinalopó» (por pertenecer Villena a su cuenca alta), para quedar una vez más impresionados de la forma en que se elabora este vino, tales caldos.
Hemos visitado también otras bodegas, la de Hijos de Luis García Pobeda, levantada en el mismo muelle de la estación de ferrocarril, la firma más antigua de Alicante, un lugar que se conoce ya existía antes de mil ochocientos cincuenta, para entablar conversación con don Pedro Hernández Hurtado, a quien encontraremos al frente del negocio, como director gerente.
Un hombre afable, correcto, gran amigo y conocido de años, quien nos afirmará cómo los vinos de Villena, los de su casa, consiguen en certámenes internacionales, medallas de oro y plata con grandes diplomas de honor.
—EI vino tinto, Manolo —nos dice—es la calidad proverbial de nuestra tierra. Producto de su famosa cepa «Monastrell». Con una adecuada crianza de años seleccionados de mejor calidad se alcanzan clases como la «Reserva 1964», que es nuestro gran orgullo como vinateros.
Otra medalla iría a parar al Moscatel. Escrito así, con mayúscula, para que destaque. Vino de postre de primerísima calidad. Caldos nuestros, amigo Soria, que se extienden por los cinco continentes con el marchamo de la denominación de origen «Alicante» y la precisión de su zona natal de cultivo: Villena cabeza de la comarca del alto Vinalopó, donde los vinos de Alicante logran el punto ideal para la mesa.
—Por cierto, ¿se ayuda, por parte del Gobierno, a la exportación?
—El Gobierno ayuda poquísimo, pese a que habla mucho de que hay que ayudar a la exportación. Cada año se exporta menos porque nuestros precios están muy altos y se pierde cifra de exportación en litros. Aquí es cuando precisamos la ayuda de ese Gobierno que tanto promete.
Y visitamos otra bodega, esta vez donde se litrea el vino, donde no solamente se vence a la calle para el hogar, sino que se chatea.
Es una bodega que conocemos de años ha, de mucho tiempo atrás. Desde más de treinta años. A un lado del interior del local los altos bocoyes alineados; a otro lado pequeñas mesas, banquetas donde sentarse para degustar el tinto villenero entre frutos secos y altramuces.
Al frente de esta bodega dos hermanos. Nosotros nos hemos entendido con Pablo. Con Pablo Cobo, un villenero que ha nacido bajo la espita de una cuba. La bodega está situada en la calle de San Antón, en el número trece. Su fuerte, el vino tinto. Chateado, vendido a granel.
Con un precio singular: cuarenta pesetas el litro.
¡Pero qué vino!
Demasiado fuerte aun siendo a granel, demasiados grados. Dieciséis. Habrá que rebajarlo en la mesa con sifón o gaseosa, porque se deja notar por donde pasa.
En la bodeguilla no se le bautiza. Los hombres curtidos que hay sentados a la mesa, que los hay, beben directamente de la jarra de barro, en ocasiones se valen de pequeños vasos de cristal que han ido imprimiendo en la madera la corona de sus bases.
—La capacidad de nuestra bodega es de quince mil litros.
Se repone muy a menudo, mensualmente.
Yo recuerdo esta bodega de mis años de crío. Siempre la veía abarrotada de público. Con un ambiente sano, sin humos, no como la literatura nos las pintan a veces. Cuando acudo a ella, que es siempre que puedo, me digo que cosas así no pueden desaparecer jamás.
EL PAN EN VILLENA, Y SU COMERCIO
Segundo López nos atiende en esta ocasión.
Le entrevistamos en la doble vertiente de panadero y comerciante del ramo alimentario.
Segundo López es un hombre joven, pero viene a ser como una institución de los panaderos villenenses. La calidad de su pan es tanta, que no da abasto, según expresión personal.
Además de buen trabajador, Segundo es un hombre de pleno conocimiento, ha trasladado su horno de donde siempre lo tuviera a un local nuevo, flamante, enorme, donde ha unido panadería y comercio del ramo alimentario; así, el ama de casa, sin precisión de corretear por otras tiendas, puede llevarse a casa el pan recién salido de la boca del horno, que-mando aún y cuanto le apetezca del local.
El horno se llama de «La Ramona».
Ramona es la madre política de Segundo López.
—Va para dos años que nos hemos trasladado —nos dice.
—¿Cómo se ha podido dar este traslado?
—Mejor, imposible.
Cuecen a diario unos trescientos kilos de harina. En el obrador Manuel Moya Iniesta, tiene cincuenta y tres años, es de la provincia de Cuenca, pero lleva más de la mitad de su vida en Villena; junto a él Pablo Mira Lara, cincuenta y seis años. No se ve a chico alguno por parte alguna. En Villena ocurre con más fuerza lo que se repite con insistencia en toda España: la gente joven no quiere trabajar el pan, y casi tampoco lo come. Prefiere otras cosas.
Manolo es trabajador fijo, lleva veintiséis años en la misma empresa; Pablo no, Pablo es un trabajador ocasional.
—Segundo, ¿se ha dejado de comer pan?
—Nosotros creemos que no porque nuestro trabajo es normal.
Y aquí, tal vez sea por aquello del ahorro del villenense que nos apuntaba nuestro amigo el confitero, se pide lo mismo la pieza grande que la pequeña.
Cuando visitamos el obrador, Manolo lleva junto a la pala más de doce horas de trabajo.
—Por eso la gente joven no quiere trabajar el pan, sabe a lo que se expone.
Generalmente se comienza a las tres de la mañana, pero los viernes, como hay que cocer doble, se echa a las doce de la noche, cuando todavía Villena rebulle dominguera o festiva por sus calles.
Manolo nos dice que gana a la semana 12.000 pesetas. Tiene tres hijos.
—Hay que trabajar como sea para sacar a la familia adelante —dice.
Cuando lo de la «mona» es cuando el obrador está a tope y no se da abasto, y eso que el obrador dispone de amasadora, pesadora automática, cinta de reposo, formadora de barra, cámara de fermentación...
—Segundo, una panadería, ponerla al día, ¿no cuesta lo suyo?
—Nadie lo sabe. Cada máquina que incorporamos al obrador vale sus cientos de miles de pesetas, que lógicamente han de amortizarse, y todo a base de trabajo, y dando calidad, por-que si pretendes sacar lo -que te ha costado todo esto restando calidad al producto, te quedas solo. El ama de casa es hoy más exigente que nunca, paga, pero sabe cómo pagar y qué pagar. Hay que hacer muchas barras de pan, Manolo, muchas barras para poder amortizar todo este costo que el obrador lleva.
El horno está situado en Casicas de Hellín, en el 34. Antes la calle se llamaba del General Mola, pero ya se sabe...
También el supermercado que Segundo López abriera tiene dos años de vida, pero lo domina, como si estuviera toda la vida con él.
Es un local montado con gusto. Y con posibles.
Tal vez lo que el ama de casa busca, que no precisa. Pero hoy un establecimiento de éstos ha de estar montado así, con profusión de cosas. Es lo que priva, y cuanto interesa al comerciante, que ve cómo poco a poco va despachando cosas que ni esperaba colocar, todo, porque colocada la mercancía estratégicamente, el ama de casa deslumbrada por la cantidad de género, termina haciéndose con él.
Mas también hay un gran inconveniente en esto. Este tipo de locales ha de disponer de un prudente «stockaje» de género, y hoy es difícil reponer porque los costos al elevarse de una vez para otra palian las ganancias que pudieran darse. Por otra parte, cuando hay abundancia de género el ama de casa gusta de manosear en él, de tocarlo, repasarlo, al final un gran porcentaje de mercancía se deteriora. Y para no dar la sensación de pobreza se ha de retirar de la circulación, y son costos que han de ir a pérdidas y ganancias.
Con lo que ciertos locales de éstos al final de ejercicio han de contar con un capítulo importante en el concepto de pérdidas.
Segundo López pertenece a la Cadena Spar. Tiene en el local profusión de mercancía. De género bajo las siglas de ese nombre.
—¿Ayuda a vender una cadena? —Bastante.
¿Qué ventajas les sabes ver tú?
—La presentación del género está muy estudiada, y los precios también. Se dan en condiciones que es cuanto importa.
—¿El margen?
Bueno, de todo hay, generalmente bien, porque aunque se pidiera más no se nos daría.
¿Las ofertas?
—Son tentadoras en ocasiones, y convincentes, desde luego atraen al público, son para considerar de parte del comerciante.
—¿Estás contento de lo conseguido en estos dos años, Segundo?
Sí. Claro que también podrías preguntarme qué ha sido de mí en este tiempo, porque entre el horno y el comercio dejo transcurrir mi vida. Si mi familia quiere verme ha de venir a un lado y otro, aquí, porque es donde paso la mayor parte de mi tiempo. Sé que esto no es vida, y que me he echado una responsabilidad grande, peor si quiero dejar un nombre, si quiero sacar adelante a los míos, no puede ser de otra forma. Antes de entrar en el comercio de la alimentación disponía de más tiempo, el que no dedicaba al horno. Pero ahora las cosas están muy recortadas para mí. Pero la vida es así, no me quejo, la vida es lucha continua, el resultado de esa lucha es los momentos agradables que uno pasa en la vida entre el continuo trabajo, que debes robarlos, pero que al final consigues hacerte con ellos. Y eso se paladea con satisfacción.
UN CENTRO COMERCIAL
Tal vez Villena lo precisara, tal vez los tiempos nuevos deban traer por fuerza nuevas apreciaciones de cuánto debe ser y es el comercio de la alimentación, el caso es que en Villena, en un lugar nada despreciable, se ha montado un nuevo tinglado comercial, que, por el momento, tal vez porque sea novedad, está llevando bastante público al establecimiento.
Nosotros lo vimos anunciado en octavillas de color, en plena calle, y decidimos llegarnos a él.
Se trata de la planta baja de un nuevo bloque de viviendas. Toda ella está a rebosar de locales comerciales, los hay para la salazón, el pescado, la fruta, la hortaliza, pan, conservas, legumbres:—
Se ha abierto con miras a atraer a la gente de Villena y su comarca. El centro comercial se le conoce por RUTOSA, y queda en la calle del Cristóbal Amorós (un nombre que dice mucho en la historia del pueblo, en los vinos de Villena), en el 25. Junto a un cine.
Es por tanto un paso obligado. La gente ha debido reparar en él.
Este es un local verdaderamente diferente a cuantos hemos visto antes, tal vez con reminiscencias de algún otro establecimiento de iguales características; pero éste es pequeño, acogedor, en un momento uno lo ha visto todo en él. Está pulcramente acondicionado, es limpio. No se puede pedir más.
El local incluye un gran servicio —se nos dice— de reparto a domicilio.
Dos hombres han hecho posible esta apertura. Nosotros hablamos con uno de ellos: José Torres Salazar, alicantino. Cuando conocemos el local y a este hombre, el local lleva en marcha veintiún días. Quisiéramos deseare larga vida.
Nos dice nuestro entrevistado:
—Villena necesitaba algo parecido, creímos conveniente que podría «pegar» algo de esto y por eso lo abrimos.
Son quinientos metros cuadrados dedicados al comercio, en su gran parte de alimentación.
—Se nos ha dado toda clase de facilidad y de apoyo por parte de la autoridad.
No se ha recurrido al FRESCO, eso a pesar de que Alicante estaba programada en un plan de ciertas ayudas que podrían repercutir en el medio.
—Somos de los que creen, que se promete mucho, pero que a la hora de cumplir y cuando se pide efectivamente, nadie da.
El mercadillo agrupa a un buen número de propietarios. Hemos querido saber que se ha podido pagar por cada puesto, pero es tema «tabú». Nada se nos ha querido decir.
—Estos primeros pasos dados...
—Bien, de momento bien, muy ilusionados.
Nos hemos detenido frente a la sección de congelado. En ese momento está más poblada que la sección del pescado fresco, por ejemplo. La gente tira ahora más que en otras ocasiones por el congelado. No se discute en él su calidad, que se da por bien dada, sino su precio.
El precio del producto congelado hoy, tienta al ama de casa, porque el género éste sólo ofrece las partes nobles de un producto determinado. Si es pescado poco desperdicio se ha de encontrar en él. Si es verdura, hortaliza, lo mismo. Se selecciona antes de congelar el producto. De ahí que este local se encuentre abarrotado a esa hora.
—¿Ha llegado hasta vosotros la crisis en ventas?
—Creo que se deja notar.
Se nos dirá por último que este centro ofrece las mismas condiciones que pueda brindar un mercado municipal, el de la ciudad mismo.
Si es así será cosa de pensarlo. Villena es grande, por lo menos extensísima sí es, debe ser un engorro entonces para el ama de casa desplazarse hasta el mercado municipal, y tal vez entonces la ciudad precise de varios centros comerciales como éste.
Extraído de la Revista Villena de 1981

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