1959 VILLENA, PUEBLO SEÑORIAL, BAROJA Y CHAPÍ

VILLENA, pueblo señorial, Baroja y Chapí. Por José Alfonso
Los pueblos son como los hombres. Les hay vulgares y burdos. Y finos y distinguidos. La idiosincrasia de sus habitantes, el censo de su población civil, los especifica. Villena es un pueblo señorial. Por su historia, por su cultura, por sus modos... Villena entra en la categoría de los pueblos próceres. Basta pisar unas horas sus calles, convivir breve tiempo con sus gentes, para impregnarse de una atmósfera de distinción. Lo mismo da que trate uno con seres potentados humildes. Todos llevan lacrado el sello de su idiosincrasia selecta Porque un labrador aquí, afincado a sus tierras, puede ser tan señor como un duque auténtico. Y a veces, más. No da calidad, aunque adorna, la escenografía de palacios y atavíos sino la sinceridad, la autenticidad de los seres humanos cuando perambulan por los predios anímicos de la cordialidad y la nobleza. El continente, el ornato de Villena es magnífico. Huertas feraces y de litografía. Soberbios castillos históricos, gloriosos monumentos de la Nación. Templos grandiosos y austeros, que tanto casan con nuestra Te racial. Airosa arquitectura moderna, dando la mano urbanística al tipismo de las edificaciones antiguas, populares, con tanta solera. Esta solera de la patria chica, de la raza pequeña, pulimento ancestral que las nuevas generaciones mantienen vigente. La sustancia y el ser de un pueblo que sostiene devociones y remacha firmezas. Continente maravilloso de Villena conjuntado con un contenido humano de excepción Con un contenido humano que no se improvisa, que no surge por artes esporádicas, sino que viene «trabajado» por un lento rodamiento secular. Porque hacen falta muchos siglos para que los habitantes de un pueblo como este redunden «maneras», perseveren en su señorío histórico, se «conformen» así.
José Alfonso, en un alto de sus paseos por el barrio monovero de la Golecha. (Foto Martínez Limorti. año 1959)
Uno se ha baqueteado por múltiples geografías. Por muchas de ellas cruzó sin pena ni gloria. No dejaron el menor impacto en mi sensibilidad. Villena fue una excepción, caló hondo en mis sentidos. A las deliciosas rumias mentales de su historia, anexionaba su hermosa configuración física y el tesoro colectivo de sus factores humanos. Nos encanta permanecer allí. Luego, evocamos el pueblo con veneración y alegría. La nostalgia de las cosas bellas y simpáticas invadirá con frecuencia nuestras circunvoluciones cerebrales, y acusaremos también en ellas, para pasarla al corazón, la gratitud hacia un pueblo que ha tenido con el cronista inolvidables atenciones.
Este cronista siempre ha amado a Villena, a sus buenas gentes y a sus más altos valores representativos. Y recuerda que en una malhadada ocasión en que don Pío Baroja zahirió desconsideradamente al inmenso Chapí, desde las columnas de «Informaciones», fue el cronista el único escritor español que tuvo la valentía de arremeter pluma en ristre contra don Pío, defendiendo al coloso compositor villenense. Mi queridísimo amigo don José María Soler, cronista oficial de Villena, puede confirmar aquel gesto mío concretado en un artículo que publiqué en el diario valenciano «Las Provincias». Nuestra región fue matriz de talentos cimeros, con modalidades especiales. Unos, como Arniches, hicieron reír a las gentes con sano regocijo. Otros, como Altamira, las hicieron pensar. La gracia impar de Arniches lució algunas veces brizada por las musas juguetonas de don Ruperto. Castelar, al que puede considerarse eldense por tantos motivos, bebió leche de luz, bajo estos cielos tan bellos y tan claros, y la hizo consubstancial a su oratoria. Jorge luan, el nauta intrépido, fue un adelantado de la Ciencia cuyos descubrimientos, nuevo Colón de otros mundos, llevó triunfante a países fabulosos, Azorín y Gabriel Miró, siempre con claridades mediterráneas — la claridad aquí es un símbolo - crearon la prosa más bella y original de la literatura española. Poetas sin rima, fueron saboreados y entendidos por todos en sus escritos — cuyo gozo lector continúa con resonancias universales. 
Don Joaquín María López, digno y gallardo capitán de la política, asimiló como Castelar, al que no iba en zaga, la luminosidad de nuestro ambiente. Y fue, hermano de Chapí, como otro músico señero, pero un músico de la Palabra. De Chapí, de la gloria universal de Chapí, ¿cuántos adjetivos podríamos lanzar en su laudo?
Cuando escribí mi artículo en «Las Provincias», yo admiraba mucho a Baroja — todavía es mi novelista preferido — pero también admiraba mucho a Chapí, cuya devoción por él, cada día se acrecienta más. Y había que dar a este César del Pentágrama lo que era suyo, lo que le negaba el otro César de la narración Uno es alicantino y vibra de fervor ante las glorias legítimas de casa. Podía parafrasear a Roldán. Que nadie las mueva si no va untado de respetos, de compresión. Y don Pío dio el patinazo al enjuiciar a Chapí, aquel emperador de las melodías, con uno de sus característicos exabruptos, con una de sus acideces literarias. Me metí fuerte con él, Y le di, no para el pelo, del que andaba horro, sino para su forma de conceptuar. Le saqué o colación lo de la «impermeabilidad auditiva», su despiste filarmónico, y tantas otras cosas. Luego, le mandé recortado el artículo. Esperé vanamente alguna embestida de su «brutal sinceridad», pero don Pío no dijo ni pío. Prefirió el silencio. Claro es que toda su fama literaria, con su soltura de pluma, se hubiera visto morado para rebatirme. ¡Porque mis alegatos eran axiomas! Realmente, en sus fueros internos, quizá pensara Baroja que yo tenía razón. Porque lo suyo no fue más que airear una tontería. Y las tonterías no tienen base para permanecer en pie mucho tiempo. Yo le propiné una media lagartijera, tumbándola patas arriba, a la tontería barojiana publicada en «Informaciones», de Madrid. ¿Que qué dijo de nuestro Chapí don Pío? Afirmó, entre otros dislates, que Chapí era un impotente y un pedante musical. Antes había largado otra «genialidad», refiriéndose al maestro Bretón y diciendo que si las porteras compusieran música, harían cosas como «La verbena de la Paloma». Esto eran «cosas de don Pío», que se tomaban a zumba, Don Pío nos tenía tirria a los valencianos. Nuestros cielos claros y soles potentes los repelía su brumosa retina vasca. La zona mediterránea, verdadero emporio de arte y de belleza, no rimaba con su temperamento. ¿Pero por qué llamar impotente y pedante musical al impar autor de «La Revoltosa»? ¿Impotente Chapí, que superó en calidades a todos los músicos contemporáneos, que fue un autor prolífico, y triunfó apoteósicamente lo mismo en la zarzuela como en la ópera de envergadura? ¿Pedante Chapí, que hizo su música carne y espíritu del pueblo? ¿Pedante Chapí, que captó las más puras esencias españolas y las pautó con un garbo y una hondura que no ha conseguido nadie, llevando la gloria de su música, en triunfos clamorosos por todos los ámbitos del mundo? Bien es verdad que don Pío profirió tales bobadas, semejantes tonterías, cuando se hallaba en la edad senil, propensa a todo linaje de desvaríos, a toda laya de manifestaciones excéntricas. ¡Que yazga en las regiones inescrutables con su inmortalidad literaria, donde se hallará también don Ruperto con su otra inmortalidad, la de compositor inmarcesible, con el señorío villenense de su música!
Extraído de la Revista Villena de 1959

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