1981 EN EL CENTENARIO DE LA MÚSICA FESTERA

En el Centenario de la Música festera 1981
Por Alfredo Rojas
La Undef, una feliz consecuencia del I Congreso Nacional de Fiestas de Moros y Cristianos, está realizando, desde hace unos meses, una de sus más importantes iniciativas: el homenaje a la música testera. Destaca y enaltece así no sólo ese considerable conjunto de composiciones dedicadas a la Fiesta, sino el decisivo y a la vez sacrificado cometido que efectúan las bandas de música con su participación en las distintas representaciones de Moros y Cristianos.
Destaquemos, soslayando momentáneamente el tema de la música testera, y pues a ello nos compromete el calificativo con el cual hemos empezado adjetivando a la Undef, que este supra organismo, que engloba a las asociaciones testeras de cerca de cuarenta municipios que celebran Fiestas de Moros y Cristianos, ha realizado una estimable función acercando a las poblaciones que la llevan a cabo, aproximando a sus hombres, estableciendo una continua comunicación entre quienes practican similares actividades. Y esta circunstancia, aunque sea en cierto modo conceptual, y no pueda cuantificarse en términos tangibles, es una encomiable realidad y de ella han de derivarse frutos como el que hoy comentamos, tal vez el más importante hasta ahora, a nivel práctico, de los que la Asociación ha acometido.
La Banda Municipal de Villena, seguida por las banderas de las Comparsas locales, en el desfile del 23 de mayo, que abrió la Semana de la Música Festera y fue el primer acto del Centenario organizado por la Undef.
El homenaje a la música festera se celebra con motivo de cumplirse, en 1982, el centenario del estreno de la primera composición dedicada a la Fiesta: la titulada «Mahomet», del alcoyano Juan Cantó Francés. Discurrirían entonces los festeros, en sus desfiles, a los sones del pasodoble, una composición de incierto origen, pero cuyos antecedentes más remotos pueden hallarse en el «pasacalle», que no desdeñaron en cultivar Haendel y Bach, entre otros, y las marchas que se escribieron más tarde destinadas a acompasare/ paso militar, con el fin de sustituir el monótono ritmo de tambores y otros instrumentos de percusión.
Es a mitad del siglo XIX cuando empieza a definirse el pasodoble en nuestro país como un ritmo brioso, rápido y alegre; y son Barbieri, Oudrid, Gaztambide y otros compositores quienes lo emplean en sus zarzuelas. El aire rápido exige ya el compás de dos por cuatro, a diferencia de los cuatro tiempos del pasacalle del siglo XVIII o del seis por ocho en el que normalmente se escribieron después las marchas militares. Rápidamente se extiende el género —que seguirán cultivando después los compositores en la zarzuela y fuera de ella—, entre las bandas de música españolas, y a su ritmo alegre desfilaran las comparsas del último tercio del siglo XIX. Poco después empieza a extenderse también, con un aire algo más lento, el llamado pasodoble de concierto, de mayor complejidad formal y armónica.
Cantó Francés escribe «Mahomet» en ese otro ritmo ligeramente más reposado; el pasodoble ligero, que se interpreta generalmente a un ritmo que oscila alrededor de 100 negras/minuto, se reduce, en el caso de «Mahomet» y los pasodobles de concierto, hasta a 86 negras, poco más o menos, en tal unidad de tiempo. En Alcoy se llama al primero pasodoble dianero, y al segundo, pasodoble «sentat».
Extendido el pasodoble por los compositores que frecuentan el género de la zarzuela, imitado por todos dado su carácter netamente español, y sin duda también por la facilidad de su composición y su frecuente utilización por las bandas de música, servirá como único ritmo a la actividad (estera en sus desfiles hasta que llega el año 1907, en el que otro alcoyano, Antonio Pérez Verdú, estrena la primera marcha mora para una Comparsa, la llamada «Abencerraje».
Tenemos aquí con este subgénero, pues en realidad la marcha mora no es más que otro tipo de pasodoble, una obra musical «sui generis», pues nada tiene que ver con la música árabe. Y no lo decimos en desdoro de esta composición que se interpreta generalmente en todas las Fiestas del sureste español, sino al contrario: la Fiesta posee, con la marcha mora, un determinado tipo de música creado exclusivamente para la celebración y que sólo para ella se interpreta. Se caracteriza principalmente por el ritmo, de unas 65 o 70 n/m., que le proporciona un aire pausado e indolente; por la preponderancia del empleo del timbal afinado en intervalo de cuarta, y por ciertas características de instrumentación y tratamiento melódico. En este último sobresale el uso —y no pocas veces el abuso— del intervalo de segunda aumentada.
Todavía ha de aparecer otra variante del género: la marcha cristiana. La inicia Amando Blanquer Ponsoda alcoyano también, con «Aleluya», en 1958. El aire apenas es ligeramente más lento que en el pasodoble de concierto o «sentat», y algunos compositores han acertado en lo único que puede diferenciar la marcha cristiana del pasodoble: el estilo, el sutil mensaje que toda composición musical debe transmitir o evocar en el oyente. Lamentablemente, muchas de las marchas cristianas escritas en el corto período de apenas poco más de dos décadas, que es el tiempo transcurrido desde que Blanquer escribió su «Aleluya», no son más que pasodobles, pues no ofrecen diferencias en ningún aspecto sobre los que determinan o configuran el género.
Y aun así, tememos que la marcha cristiana no se ha aplicado al desfile sino de forma experimental; que las comparsas del bando cristiano siguen, prácticamente en su totalidad, utilizando el pasodoble para sus habituales desfiles, y que la marcha cristiana va a quedar reducida a hacer acto de presencia en las múltiples audiciones de música festera que proliferan, cada día más, en los pueblos que practican la Fiesta.
Y esto no ocurre solamente con la marcha cristiana. Pasodobles hay, y todavía más, existen no pocas marchas moras, que solamente sirven para estas audiciones, y no para el fin práctico de acompasar a los festeros en sus desfiles, motivo de su existencia y de la necesidad, de su composición. No desdeñamos la circunstancia de que exista música testera simplemente como motivo de audición, para evocar la Fiesta desde un punto de vista puramente estético, como recreación imaginaria de su existencia. Pero, al fin y al cabo, la música festera tiene, como misión concreta, la de servir a la Fiesta, la de complementarla, la de enriquecer la representación con este utilitario sentido que el arte musical le proporciona.
No pocas veces hemos dicho muchos, y hemos oído lamentar asimismo, que ésta ya importante obra musical creada para la Fiesta que se cifra en centenares de composiciones escritas especialmente para la conmemoración, duerma en su mayor parte en el olvido y sólo se interpreten muy pocos de los títulos existentes. Verdad es que los organismos rectores de la Fiesta, tanto los que rigen las Comparsas como los que existen a mayor nivel, deben reparar tal situación y exhumar muchas composiciones de indudable mérito y valía. Pero no olvidemos también, y esto pocas veces se ha dicho o se ha sometido a análisis, que buena parte de tales composiciones no son adecuadas para el desfile, para acompañar a las Comparsas, para identificarse musicalmente con el talante y la actividad específica de los participantes. Cierto narcisismo de los compositores, el olvido del fin práctico de su labor en este concreto aspecto, el disculpable deseo de que se aprecien en su obra conocimientos y características musicales que no siempre es posible adecuar a las exigencias sonoras de la aplicación práctica que la música festera determina, son, entre otros, factores que contribuyen a que, como hemos dicho, muchas de estas composiciones no puedan utilizarse para acompañar a las comparsas en sus actos festeros.
Aparte de todo ello, que podría ser objeto de consideración y hasta de controversia, ya que lo expuesto no tiene más valor que la expresión de un punto de vista personal, aquí está la presencia evidente, después de cien años, de la música festera, de las organizaciones que la practican, de un estilo y unas variantes determinadas que son ya parte importante de la Fiesta y patrimonio inseparable de ella. Y testimonio, a la vez, de que la Fiesta es algo más que una manifestación banal e intranscendente, que rebasa la acepción que algunos le achacan de jolgorio popular sin más alcances ni consecuencias para constituirse en una conmemoración de elevadas significaciones espirituales.
Extraído de la Revista Villena de 1981

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