1946 EL FANTASMA DE VILLENA por AZORÍN

Memorias inmemoriales LXIII
EL FANTASMA DE VILLENA
Tengo predilección por Villena; no me toquéis a Villena. Villena es una ciudad alicantina, en la parte central y alta de la provincia, comarcana con Albacete y Murcia. Los elementos primordiales de Villena son la luz y el agua; luz tiene la clara de Levante, reflejada en sus paredes albas; agua tiene en abundancia, cristalina y delgada. He ido muchas veces a Villena; quisiera ir cuantas me encontrara enervado por el trabajo. Véome ya descender del tren y llamar a la puerta de los señores de Amorós. ¡Ay, lo malo es que los señores de Amorós no viven! Quiero decir, no vive don Vicente; vive todavía -y viva muchos años-su consorte Clara Puig. Villena cuenta con una extensa planicie, donde se cosechan los mejores ajos de España. Se encuentra la ciudad a trescientos noventa y siete kilómetros de Madrid por ferrocarril y trescientos cincuenta y cinco por carretera. Pero cuando yo fui a Villena, en la ocasión que voy a relatar, todavía el automóvil no se había divulgado en España. Hice el viaje, por tanto, en un tren que llegó a la ciudad en las primeras horas de la mañana. Pero no quiero adelantar los sucesos: esto mismo es lo que dicen los novelistas antiguos de folletín, y claro está que qué dicen bien. Hay una norma novelística que yo no quiero romper. He de decir, antes de pasar adelante, que en Villena existen las ruinas de un castillo medieval con su torreón casi intacto. Se dispone asimismo de un bello paseo por donde divagar cuando nos encontramos cansados de la casa. Los señores de Amorós habitaban una casa lindera con la huerta; disponía de agua copiosa, naturalmente, para poder regar los cuadros de flores de un jardín y los tablares de hortalizas de un huerto. Muchas mañanas he pasado yo en ese ameno huerto, sobre todo en otoño, cuando cuelgan melosos racimos de los parrales, ya con los pámpanos amarillentos.
Pero voy a mi asunto. Y mi asunto es nada menos que un fantasma: el fantasma de Villena. Cuando yo, hace mucho tiempo, descendí una mañana del tren, en Villena, me sentía fatigadísimo: había yo escrito de un tirón una novela. (He de decir a ustedes que yo soy Juan Antonio Robles, autor de más de cincuenta novelas y de unos treinta libros de ensayos; ya estoy un poco más cansado que cuando, en la ocasión referida, llamé a la puerta de los señores de Amorós. No importa esto y continúo con mi narración.) No abría nadie la puerta; volví a dar con el aldabón. Entonces se asomó en un balcón de la casa de al lado una mujer que me preguntó por qué llamaba. Contesté que iba a visitar a mis amigos los señores dichos, y entablamos una corta conversación. Había muerto don Vicente, y quedaba, como dueña de la vivienda, Clara Puig; pero esta señora no vivía en la antigua casa, aporreada por mí, sino en la contigua. Cuando momentos después departí con Clara, supe algo de que voy a enterar a ustedes. No se lo refiero a todo el mundo: tengo cierto pudor de confesar estas perplejidades mías; pero como mi oficio de novelista me arrastra a ello, no dudo ya ni un momento. En resolución, en la antigua morada de los Amorós aparecía un fantasma; la familia tuvo que trasladarse a la vivienda paredaña; nadie quería habitar una casa embrujada. Y la casa, con sus muebles y con su fantasma, continuaba cerrada.
-Y ¡qué bonita que era la habitación que ustedes, amiga Clara, me daban cada vez que yo venía a Villena! Y ¡qué pena el no poder estar en ella ahora!
Clara Puig, la viuda de Amorós, me refirió diversos lances del fantasma; no era terrorífico, pero su misma benignidad, si es posible expresarse así con motivo de un fantasma, le hacía más temeroso. No se trataba, naturalmente, de un fantasma como los demás: una sombra alta y blanca. Digo naturalmente, porque tratándose de Villena, ciudad tan bonita, no podía aparecer en su ámbito un fantasma adocenado. El fantasma era un puntito fulgurante, a veces; otras, un zigzag fosforescente en la pared. No faltó noche en que toda la fantasmagoría se redujo a un haz de vívidos y blancos rayos de luz. Pero aun siendo apocado el fantasma, vamos al decir, no se encontraba inquilino para la casa. Aparte -y esto es lo más cierto- de que Clara Puig no quería alquilarla a gente mofadora. En el fondo, sentía cierto afecto por el fantasma. Lo sentía, pero no quería verlo inesperadamente, cuando en la noche abriera los ojos y dirigiera la mirada a un espejo. Esto del espejo merece párrafo aparte.
El aposento ocupado por mí daba a una galería: la galería miraba al jardín. En la galería, al alcance de la vista, cuando alguien estuviera acostado, había un claro espejo. Clara Puig había ocupado ese aposento, y en el espejo vio cierta noche reflejado el fantasma. Porfiamos Clara y yo a propósito del cuarto de la galería; quería yo dormir en él; se resistía Clara a satisfacer mi capricho. Por fin, pude convencerla: me tendí, cerca de la medianoche, en tina mullida cama; no podía yo apetecer más. El sueño, sin consideración al fantasma, me sumió en un dulce letargo. ¿Y nada más? ¿Y no pasó otra cosa? ¿Y no hubo fantasma? Aquí entran las perplejidades de que antes hablaba. De madrugada, como saliera del sueño a pierna tendida para entrar en un duermevela, vi, sin darme cuenta, una blancura sutilísima en el espejo. Había yo olvidado el famoso fantasma; necesité ir recobrándome, saliendo del entresueño, como antes había salido del sopor, para convencerme de que lo que estaba viendo era el vestigio. No; no lo veía; lo que veía era un rayo de luna. No; no podía ser el fantasma; no existen entes fantasmáticos. El sueño me invadió otra vez y abrí los ojos cuando ya era día claro.
Y ahora, serenamente, digo: ¿Vi el fantasma o no lo vi? El problema -que implica otros más graves problemas- merece ser examinado con imparcialidad. Estoy cierto de que vi una luz en el espejo. He comprobado que en la noche de marras no había luna. Al día siguiente, creía con toda firmeza que no había atisbado el fantasma. Al cabo de algunos años, pensando en esta visión extraña -un suave reflejo en límpido cristal azogado- entré en dudas; de lo que yo había visto, con toda claridad, no podía nadie dudar; no dudaba yo tampoco, si consultaba con serenidad mi conciencia. Tenía la certeza absoluta de lo que había visto. Pasaron algunos años más; la leve duda de antaño se convirtió en afirmación. Otras muchas personas corroboraban mi aserto. Sí, el fantasma de Villena existía. ¿Y qué razón podía haber para que no existiese? ¿Y no nos ocurre tal cosa con muchas otras especies que declaramos asertivas? ¿Y no vamos, por sus pasos contados, de la negación a la duda y de la duda a la fe? Y ahora lo más terrible: si no existía el fantasma, ¿por qué no inventarlo?
Páginas 173, 174, 175, 176
Admirados amigos de Villena Cuéntame, os envío en fotos, el cuento azoriniano "El fantasma de Villena", que es el capítulo LXIII del libro "Memorias Inmemoriales" del escritor de Monóvar.
Firmado, Javier Valiente Beviá, villenero afincado en Oviedo desde 1962.

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