1940 VILLENA “MURADA E CASTELLADA”

VILLENA “MURADA E CASTELLADA”
VILLENA, la vieja villa «murada e castellada», conforme el recio vivir de sus hijos al mandato imperativo de sus construcciones militares, llenas de sentido y henchidas de historia. Sobre el torso de España se desliza tajante la espada de sus Católicos Reyes, arrollando las últimas reminiscencias disgregadoras y feudales del medievo. Villena, siempre con plena conciencia de sus destinos, es el bastión avanzado de esta política de re
dención. Los mismos villenenses que al asaltar el último baluarte de los Pachecos, sirven, con el riesgo de sus vidas, la naciente unidad nacional, cambian luego la espada por el cincel y graban escudos imperiales que esparcen a los cuatro vientos cual es el alma renovada de España.
El yugo y las flechas conjugan su simbolismo presidiendo sobre portadas augustas, doradas por el sol, bajo un cielo azul de promesas, la firme decisión imperial de un pueblo. El campesino que, al quebrar albores, marcha a arrancar su fruto a la tierra y el caballero madrugador que, jinete en fino alazán, cabalga a cuidar su hacienda, reciben al pasar ante la piedra hecha verbo la diaria consigna de su labor. Y, al salir al camino, aligeran el paso porque tienen muy sabido que el camino más modesto, bien andado, desemboca en amplia vía de Imperio.
Y ambos, ya en el hogar, cuando el sol palidece, cristianos y paternales, acarician numerosa prole y contemplan repletos graneros. Suena el toque de Angelus, se arrodillan y rezan. Luego, ya en santa paz con Dios, vueltos hacia la tierra, tienen la sana alegría y la clara conciencia de haber cumplido sus deberes imperiales, contribuyendo a forjar aquella Patria, rica en cosechas y en héroes, que Virgilio deseaba para Roma.
Sobre los viejos símbolos cae el polvo del olvido. Rigen a España dinastías e influencias extrañas. Quedan soterrados los ricos veneros de las tradiciones nacionales. Pasan y pasan generaciones sin escuchar la eterna canción de la piedra. La vida se hace ahistórica y estéril. Solo el odio mueve a los hombres en una atmósfera tiznada de barro, vinagre y pólvora.
Más frente al poder inmenso del odio, surge el poder inmenso del Amor. El elegido Capitán es joven y sus palabras son, siempre, sutiles lanzas de amor apuntando al corazón de sus enemigos. El yugo y las flechas, en amorosa coyunda, renacen hechos carne, sangre y acción, trazados por manos juveniles en las esquinas de España. Condensan, como en los días mejores del Imperio perdido, todo un quehacer: la vida es un acto de servicio. Los viejos escudos no están tan solos. Ya hay quien, con curiosidad o con ardor, se detenga a escucharlos.
Manos hábiles y conciencias torpes, en ademán que es fiel reflejo de sus mentalidades, pretenden borrar de la piedra lo que no pueden extirpar de los corazones. Cada golpe de cincel arranca al símbolo, con dolor, un trozo de piedra. Pero el designio fue vano y el dolor fecundo: sobre la piedra ennegrecida por los soles y el tiempo, surgió, con firme voluntad de per-duración, un símbolo joven tallado y vaciado sobre el antiguo. La conjunción y la maravillosa síntesis están logradas. Sobre el viejo patrón clásico renacen las frescas rosas de la Victoria.
El haz de flechas vuelve, otra vez, a surcar alegremente las rientes mañanas de Villena. Y el yugo, henchido de vida interior, vuelve a llamar a los hombres de buena voluntad a la unión, al trabajo y a la hermandad. Hagamos honor a los viejos símbolos. Así sea.
Juan Palao
Extraído de la revista Villena Azul de 1940

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