1953 LA AVENTURA DE PERICO - CUENTECILLO

LA AVENTURA DE PERICO - CUENTECILLO
No veo ninguna razón que aconseje no poner a Perico en letras de molde ni tampoco que éstas vean la luz pública. Cierto que no se trata de ningún empingorotado personaje, pues es de humildísima condición, y, más que de personaje, de personilla puede tratársele, por contar once años escasos. Pero es villenero por los cuatro costados, y esto le hace merecedor del interés de los que lo somos.
Perico vive al final de la «Rambla Chonga», allí donde las casas, clavadas entre la roca y la tierra rojiza, miran por encima del hombro a las demás, que parecen, pegadas a la suave pendiente del pueblo, pedir, suplicantes, subir hasta ellas El chiquillo es feliz. y una demostración de ello, es que solamente tiene una camisa. Pues contribuyen a su felicidad el ancho espacio que tiene para corretear, el espléndido paisaje que parece creado exclusivamente para su deleite, y una serie de circunstancias entre las que no es la menos importante la de dormirse todas las noches con la música de fondo que el viento, complaciente, crea para él al mover con dulzura las copas de los pinos.
Su única familia la constituyen su madre y un hermano pequeño, pues su padre murió hace unos años. Pero creo que deben ustedes conocerlo. Lleva un pantalón corto hecho de varios trozos de tela, que, afortunadamente, no se diferencian mucho unos de otros, y un solo tirante, de tela también, cruza en diagonal, arrogantemente, pecho y espalda sobre una camisa de tela blanca, sabiamente adornada con varios zurcidos y remiendos. Tiene cara de pícaro, y el pelo, cortado al rape, deja ver unas cuantas cicatrices, consecuencia del acendrado cariño que sus amigos le profesan y justa correspondencia de otras que ellos lucen, creadas por él, movido, indudablemente, por idéntico afecto Unas largas y delgadas piernas, cuyos pies se encierran en unas alpargatas de suela de goma, completan el cuadro.
Este era el chiquillo que un día cinco de Septiembre, después de. comer, salió de su casa, luego de hacer como que escuchaba las obligadas advertencias de la madre. Un instante después bajaba, hacia el centro del pueblo, corriendo, con los brazos abiertos y una de las manos extendidas (la otra encerraba los dos reales que su madre acababa de entregarle) dejando escapar de sus labios una especie de mugido que quería imitar el ruido de un avión. Muy poco tiempo después «aterrizaba» felizmente en el «Bordoño», sin más incidencias que un violento encontronazo en una esquina con una vieja.
Inmediatamente se dedicó a la labor de arrancar uno de tantos madroños que adornaban la manta con que un contrabandista había enjaezado a su cabalgadura. Un pescozón le hizo cambiar de ocupación y dedicarse a otras no muy diferentes, que interrumpió al notar que alguien, detrás de él, le tocaba suavemente en un hombro.
1945? la foto no corresponde a la revista.

La madre de Perico estuvo viendo la «entrada» en la Corredera, sentada en una silla y con el otro chiquillo agarrado a su falda. A la mitad del acto empezó a inquietarse. No veía a su hijo por ninguna parte. Los amigos de Perico, que pasaron y volvieron a pasar por delante de ella incontables veces, dijeron que no lo habían visto durante toda la tarde. Y cuando la comparsa de Cristianos pasó, y se deshizo el muro de espectadores que habían contemplado la «entrada» en ambas aceras, su intranquilidad aumentó.
Subió hasta su casa. Dio la merienda al arrapiezo y bajó con él nuevamente, esta vez hasta la entrada del pueblo, por donde la Virgen debía llegar. Todo el entusiasmo de las gentes, todo el estruendo y el enloquecido clamor de la recepción, apenas dejó huella en su mente, ocupada en buscar al chiquillo entre la multitud. Cuando la Virgen salió de la iglesia de los Salesianos, convertido en solemne y procesional el ceñido manto de peregrina que trajera todo el camino, la oración salió de sus labios maquinalmente, ocupada más en mirar por entre el gentío que en el devoto rezo. Y cuando subió a su casa, ya la Virgen en Santiago, oscuros presentimientos la dominaban.
Quedábale la esperanza de encontrar al chiquillo en la puerta, esperándola, como tantas veces lo viera, cuando ella volvía de sus quehaceres en las casas donde servía, cansada de trabajar por ganar lo indispensable para mantenerse los tres. Pero tampoco estaba. Y cuando preparó la humilde cena, sólo comió el pequeño. Ella no pudo probar nada. Se sentó a esperar al hijo. ¡Que no le hubiera pasado nada, Señor!»
1955 la foto no corresponde a la revista
Y de pronto se quedó muda, absorta. Allí estaba, en la puerta, semidesnudo, con toda la ropa hecha un paquete colgado de un tirante, que sostenía en la mano. ¡Pero negro, negro de los pies a la cabeza, embetunado todo su cuerpecillo, del que sólo destacaban los ojos! Lleno de grasa, con un collar de latón en el cuello y unas ajorcas de hueso en las muñecas, explicaba la transformación atropelladamente.
Le habían contratado; le propusieron salir de esclavo. El y tres más arrastraron durante toda la tarde y parte de aquella noche un carrito donde se sentaba el Sultán. Le habían dado una fortuna: ¡cinco duros!. Y resumía con la frase que, indudablemente, había compuesto, lleno de orgullo, mientras transportaba, sudoroso, el carrito con el orondo personaje:
¡Me he«ganao» un jornal de hombre!
La madre lo atrajo hacia sí y lo abrazó nerviosamente. Y cuando, separados, notó las huellas que «el esclavo del Sultán» le había dejado en la cara y en la ropa, le reconvino cariñosamente:
¡Pero si me voy a gastar la mitad en jabón, «condenao»!
Alfredo Rojas
Extraído de la Revista Villena de 1953
Cedida por... Avelina y  Natalia García

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dibujico de Blas.

Anónimo dijo...

EL MORO NUEVO CON LA BANDA DE CAPITAN ES JUAN R. MENOR (FARMACEUTICO DE LA PUERTA DE ALMANSA)

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