1946 ¡SALVE VIRGEN DE LAS VIRTUDES!

1946 ¡SALVE VIRGEN DE LAS VIRTUDES!
Por Juan Mañas, Párroco de Santiago.
Nunca con más satisfacción que en estos días que los hijos de Villena se preparan a celebrar sus tradicionales fiestas en honor de su Pa­trona, tomo la pluma para decir muy alto que entre todas las grandezas encerradas en es­ta bella, simpática ciudad, trabajadora y activa, religiosa y patriótica, no hay ninguna que se pueda comparar a la grandeza de ese mágico conjunto de entusiasmo, de piedad y de amor a su excelsa madre la Virgen de las Virtudes
Desde su santuario, que es como el pensamiento, el corazón y el alma de Villena, Ella vela incesante el sueño de sus hijos y protege sus vidas. Es poderoso imán que atrae dulce­mente lo mismo al niño que la ha visto sonreír en el regazo maternal, donde empezó a bri­llar su fe, como al joven, que en esas horas de agitación y de fiebre, las pasiones le hicie­ron abandonar la senda de la virtud, volviendo a ella contrito y humillado, y al anciano que en últimos días de su vida le dirige plegarias invocando misericordia, Es escuela de per­fección y ejemplar de virtudes para la mujer cristiana, doncella, esposa o madre, para cum­plir rectamente su transcendental misión en la vida.
La "Morenica" tiene expresión de piedad, de superioridad y dulzura que no es fácil re­sistirse a las impresiones con que llama a nuestro espíritu. Si la veis por primera vez, os de­jará arrebatados y si la volvéis a contemplar, os dejará con mayores deseos de clavar vues­tras miradas en aquel rostro divino, que imprime en las almas el amor de Dios y el despre­cio del mundo. Si vais tibios, enardecerá vuestros pechos; si vais pecadores, os convertirá. No es su ternura como la que se siente en la tierra; su vista conduce el corazón al cielo y uno se cree transportado a una región más pura, contemplando de cerca esa imagen ben­dita que en toda respira piedad y amor de Dios.
No hay casa en donde no se ostente en lugar preeminente rico lienzo o modesta es­tampa con la imagen de la Virgen de los Virtudes, y no hay familia que no le reze caer es­pecial devoción, lo mismo en los días faustos que en las horas de tribulación y amargura.
No es fácil enumerar los hechos milagrosos y los favores singularísimos debidos a la sola vista de esta santa imagen: deben ser muchos, porque muchos son los exvotos puestos a los pies de la Virgen y conservados en magnífica vitrina.
Anualmente hay dos grandiosas romerías a su Santuario: en la fiesta del “voto” y en la de la “esclavitud”. En estas romerías toma parte toda la ciudad con sus autoridades, ce­lebrándose solemnísimas funciones religiosas. Y bajo las bóvedas del templo, las oraciones de los romeros brotan espontáneas de los corazones a la Virgen, que con el hermoso titulo de las Virtudes, durante varias centurias es la madre de todos, El afligido ha salido con el pecho bañado de contento y se torna en cera el alma helada y dura del pecador aferrado a sus delitos. Mira ella con horror y con pena toda mancha de impureza sobre la que no han corrido las lágrimas del arrepentimiento: siempre estrecha la mano que le tienden sus hijos, es cierto, pero es preciso que esa mano se levante implorando perdón.
Vosotros los que por vuestros cargos, negocios y ocupaciones os encontráis lejos de la patria chica, lejos de esta querida Villena que os vió nacer, acogeos a vuestra Virgen de las Virtudes, albergaos bajo su manto, invocad con frecuencia a la "Morenica" para que siempre os acompañe en el continuo luchar de la vida, y no olvidéis nunca lo que apren­disteis en los brazos de vuestras santas madres.
Que entre el regocijo de estas solemnísimas fiestas consagradas a la madre de Dios y madre nuestra, con palpitaciones y saltas del corazón, suban sin cesar a su trono las plegarias de todo buen villenense.
¡Villena, yo te saludo con el saludo de la más entusiasta admiración, por el amor a tu Virgen y por tu amor al trabajo, germen de vida!
JUAN MAÑAS, Párroco de Santiago.
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1946 LA CAMPANICA DE LA VIRGEN
Tiene esto campana, de sones juveniles y alegres, una emoción inconfundible. Nuncio de la lle­gada de nuestra Patrona, lanza sus notas que el viento recoge en vibraciones y transmite al Santua­rio. Allá, circundado por hoyos, repletos de juncos y terrenos pantanosos, saladares y acequias, chopos y acacias se levanta un edificio amplio y monástico; blanco de cal, arcos y piedras, altiplanicie con verja de hierro, celdas que fueron cobijo de monjes y de peregrinos, patios para los romeros. La severidad monacal de un viejo ciprés herido y hendido, en su rugosa corteza, por la mano del hombre que arran­có trozos de madera para sahumar las ropas guar­dadas en el arca. Caminos polvorientos, hollados, pedregosos. Por uno de ellos, conocido por el Cami­no Viejo de la Virgen, va y viene a Villena cada año, viene y va la Morenica, con su manto de viaje y su cinturón ceñido. Al llegar a San Sebastián, ad­quiere amplitud el manto ya libertado y también la Imagen que ha sido transportado en verdadero haz de las promesas y de la piedad. Gentes descalzas, enfervorecidas y creyentes han ido disipandose al llegar al pueblo: su cometido quedó cumplido con la sencillez de los actos grandes; recoleto y humilde desaparece este cortejo y es sustituido por el de las fiestas. Más tarde, se trocarán, el sencillo manto por uno esplendente, los farolillos que ardieron en cera por magnífica iluminación, las andas serán sustituídas, pero al regreso a la despedida, volverán nue­vamente los atavíos sencilIos, humildes, franciscanos.
Pequeñas tradiciones, la Campanilla de la Virgen, el camino viejo, los mantos de viaje, el acompañamiento. Cangilones todos permanentes de una misma y perpetua noria que saca y vierte agua. Han pasado los años; este moro viejo, es igual que aquel que conocimos, esta comparsa es la que vimos hace tiempo; este arcabuz perteneció al tio fulano; estos romanos son siempre los mismos, también la Mahoma, también el Castillo, como los festejos,
Así en estos días nada se renueva, todo es per­manente, todo es ancestral; tiene el dulce encanto del mismo jardín que desde pequeños hemos conocido.
¿Porqué no hacer siempre de tu manto viejo, de tu Santuario, de tu Campanica todo lo que rija nuestro corazón?
EDUARDO SOLANO CANDEL
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Paisaje
El paraje es suave y apacible. Ascendemos por el declive del terreno a una explanada; luego subimos unas gradas de piedra. Nos encontramos bajo el dintel arqueado de su puerta. Su frontispicio aparece labrado de un puro estilo plateresco. Desde allí oteamos el dilatado valle: se extiende en imperantes tonalidades grises; muestra algunos cuadros de verdura y las manchas bermejas de agostados pámpanos. El viento fino y confortador, cimbrea la elegante silueta de unos cercanos álamos y nos trae un débil murmullo de agua. Cierran el horizonte unos montículos pardos y ásperos. En lonta­nanza, apenas se vislumbra, en el dulce atardecer otoñal, sobre el fondo de otro mon­te gris, la silueta, dorada por el sol, de un lejano castillo, coronando un pueblo. La hora vesperal, mística y evocadora, se va llenando de ruidos campesinos; hiende el azul nacarado del cielo el vuelo rápido de las golondrinas. A nuestra espalda se alza un Santuario. Difícil nos será fijar el paisaje; la región donde nos encontramos. Innú­meros son estos amplios valles, estas extensas campiñas y afiligranadas portaladas de piedra en nuestra patria. Tan solo este cielo radiante, este limpio horizonte, denota el confín de tierras castellanas adentrándose en Levante.
EvocaciónYa en este paisaje retrocedamos por el inexorable camino del tiempo. Retrocedamos, mejor subjetiva que objetivamente; acoso en la campiña que contemplamos no existiesen los verdes cuadros de las huertas, quizás nos hiera la vista el reverbero argentino de una dilatada laguna. La explanada donde se asienta el graderío pudiera ser un cercado huerto de hortalizas y rosales silvestres, sobre el que descollarían las agudas puntas de monásticos cipreses. Una angosta puertecita abre en la tapia sobre el camino. Pero el ambiente tendría idéntico dulce sosiego y los lejanos montes la misma transparencia de porcelana, en el ocaso. El tintineo agudo de una campanita rompe el profundo silencio de la tarde. Se abre la puertecilla del cercado. La transpone la silueta de un monje. Su gesto refleja hon­da preocupación; en su mano aprisiona un pergamino. Se dirige bordeando una senda que corre junto a la tapia, hacia la izquierda del Monasterio, hasta un berrocal. La falda de un despoblado monte, donde la Iglesia asienta sus muros, se hunde en un pequeño lago. Vierten en él las aguas clarísimas, burbujeantes que brotan de una cercana y copiosa fuente. Su lecho está sembrado de diminutas caracolas; cruzan la corriente inquietos pececillos. Al otro lado de las aguas, proyecta un pequeño pinar la fresca sombra de sus verdes y tupidas copas. Bajo ellas descansa el tonsurado personaje. Al leer el documento su gesto denota viva inquietud y desasosiego. ¿Que motiva el trance por que atraviesa Fray Hernando de la Puebla, Prior de la Casa de Nuestra Señora de las Virtudes? El momento era difícil y angustioso: Todos los bie­nes que pertenecían al Monasterio adquiridos y ganados con la industria de los frai­les habían de ser vendidos y donados, bajo pena de excomunión, y entregados al Prior de San Agustín de Murcia, Fray Guillermo de San Juan para reparar el Monasterio donde morarían en lo futuro todos los Frailes, Sacerdotes y Hermanos, abando­nando el de Villena. La carta mandamiento la expidió en la Casa de Granada, Fray Francisco de Nieva, Provincial de las Españas en 27 de Marzo de 1542. Fundaba el mandato el muy Reverendo Provincial, en la pobreza de nuestro Monasterio, el escaso número de frailes que en él había y la inobservancia de la Regla. Fray Hernan­do buscaba, en el cristal de las aguas legendarias, un milagro de clarividencia.
Los días que siguieron fueron de angustioso tribulación para Fray Hernando y Hermanos. Reunidos en la Sala Capitular, o son de campana, el Prior no pudo leer el mandamiento; le embargaba una profunda emoción de melancolía. La emoción que presentía al abandonar la dulce placidez de su Monasterio, el rumor inefable de sus aguas y la inmediata protección de su Patrona de las Virtudes.
Hubo de cumplir lo ordenado, ya hemos dicho, bajo pena de excomunión. Trasladóse Fray Hernando al Monasterio de San Agustín de Murcia. El día 26 de Mayo de l542 hizo, sumido en dolor, renuncia de todo derecho y acción de la Casa y Mo­nasterio a favor del Concejo de la Ciudad y entregó al apoderado D. Jerónimo Baile las escrituras referentes o ella, con tres Reales provisiones; también, bajo inventario, todos los bienes, censos, plata, alhajas y ornamentos que a aquél pertenecían.
El suceso fué de intensa y transcendente rememoración. Con él se iniciaba un profuso y complicado pleito. Se disputaba el Patronato de la Casa y Convento de Nuestra Señora entre el Concejo de la Ciudad y los Religiosos de la Orden de San Agustín, que más de dos siglos la ocupaban. De antiguos testimonios, remontábase la Fundación de la Ermita por el año 1497, según informaciones testificales abiertas en las Reales Provisiones. Todos reconocieron el Patronato a favor de la ciudad y su Concejo. El Rey Emperador D. Carlos I, solicitaba del Santo Padre, en una carta fe­chada en 22 de octubre de 1522, que la Ermita y Convento no se anexionara a nin­guna Iglesia ni Monasterio, "para que no disminuyese la mucha devoción o cesaran las limosnas”.
Despertar
Despertamos del sueño de recuerdos. Volvemos a situarnos en el rellano, sobre las gradas, bajo el dintel de la puerta. En el viejo camino que conduce a la ciudad, se columbra, a los lejos, una mancha de apretada muchedumbre envuelta en polvo. Sobre ella destaca la indecisa silueta de una Ima­gen. El sol poniente arranca destellos en los fanales de a andas. Del umbroso claus­tro, que rodea el patio del Convento, emanan aromas de incienso y albahaca. las puertas del silencioso Santuario están abiertas de par en par. Retornamos ávidos de plácida frescura al lugar donde imaginamos a Fray Hernando. No existe el lago. ­Su álveo se ha convertido en sucia escombrera. La fuente del Chopo está seca; encanijados, los troncos de los pinos y amarillentas sus copas. Se oye el zumbido metálico de un motor... Nuestro ánimo sufre honda impresión de insospechada y desconsoladora tristeza.
JOAQUÍN CANDEL
Programa de Fiestas 1946
Cedido por... Elia Estevan

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