1951 INTIMIDAD DE RUPERTO CHAPÍ

INTIMIDAD DE RUPERTO CHAPÍ
Por José Inocencio Tejedor
Se me solicitan unas palabras, desde la ciudad de Villena, para el recuerdo de un hijo suyo ilustre y glorioso, de una extraordinaria vida españolísima: la de Ruperto Chapí, en la ocasión del primer centenario de su nacimiento.
Y atiendo en seguida el cariñoso y honrosísimo requerimiento que, a un mismo tiempo, me dicta la más exquisita emoción y fa más entrañable cordialidad: la emoción que enciende la admiración más decidida y levantada y la cordialidad que determina, sobre la hondura de aquella admiración desde siempre, la vinculación mía a la familia de tan glorioso apellido desde que, hace ahora dieciocho años, el cielo me otorgara la dicha de una esposa, nieta materna del músico genial.
La feliz ocasión me dió la inolvidable oportunidad del cariño y el afecto de una anciana extraordinaria, de ternura exquisita, de bondad ilimitada, de limpia y clara inteligencia, que fué desde muy pronto la inseparable compañera del maestro, llenando ya siem¬pre su vida del tibio calor de un hogar y siendo—ya siempre también—su primera y más entusiasta admiradora. Para acompañarle en sus éxitos, que tuvieron así una dimensión más honda y más profunda, y para animarle en las horas amargas de la depresión, cuando la envidia y la miseria humanas quisieron morderle y abatirle... Se llamaba D.ª Vicenta Selva y Alvarez-Ordoño y, si nacida en Madrid, oriunda era de la levantina ciudad de Villena.
El cariño mío a la anciana ilustre, su constante recuerdo del maestro admirado, me fué acercando cada día a lo hondo de la profunda intimidad del artista, como por su parte los recuerdos de la nieta—mi esposa de hoy—completaban luego el conocimiento con la ferviente y rendida devoción a la grandeza del abuelo.
Del espíritu de las dos mujeres estarán llenas ahora estas palabras.
Ciudad de Villena y 27 de marzo de 1851. Ha nacido Ruperto Chapí, y se levanta el telón para un drama interior de clara y auténtica estirpe española. Tendrá por escenario esta patria nuestra ruda y extrema y por protagonista una vigorosa personalidad artística. Chapí ama hondamente a su patria y, ha visto muy pronto su paisaje musical, que él quiere iluminar y poblar con el raudal de armonías que le bullen y le cantan en lo profundo de su corazón. Quiere enriquecer el paisaje musical de España y levantarle hasta las alturas de lo operístico y lo sinfónico, desde la modesta posición de la zarzuela que se encuentra en sus días.
Es casi todavía un niño a la hora de su ambicioso sueño, pero está seguro de sí mismo. Cuenta con el manantial abundante y riquísimo de su españolísima inspiración y con una recia, firmísima voluntad. Cuenta también con una poderosa capacidad de trabajo, que estimula más todavía—sobre el sueño de su ambición y de su arte—la visión clarísima del enorme esfuerzo preciso para el elevado y altísimo logro. Sabe cómo es necesaria una tensa vigilia sin desmayos para el dominio de la difícil técnica de su arte y no ignora tampoco cómo sólo con su firme posesión podrá expresar y dar forma al rico mundo in-terior que siente vibrar en lo íntimo del alma.
Sobre tales seguridades se levanta y se afirma su sueño: la ópera española. Pero la realidad vendrá a quebrarlo en buena parte y, de la lucha con ella, de la pugna sin descanso, nacerá el drama de su vida interior y brotará el encanto y la armonía de su música, a la vez como una aspiración y como una protesta.
Es una historia bien española, y el adecuado y decisivo punto de vista para la explicación y el sentido del particularísimo humor español. Humor que nace de una generosa condescendencia, de una caritativa renunciación, de una como humana piedad, que no implica, por otra parte, menoscabo ni baja inconfesable concesión. Por eso no tiene ni acepta las notas toscas y plebeyas, groseras y malhumoradas, pero bien al contrario las elevadas y finas, de exquisita elegancia y porte, de un dignísimo aliento aristocrático, que poetiza y embellece la generosidad y el calor humano del espíritu superior.
Casa de la Calle del Arenal en Madrid, donde murió el maestro Chapí el 25 de Marzo de 1909. Foto Rico de Estasen
Así es también en Ruperto Chapí. Desde el sueño alto de su ópera española ha de aceptar la realidad más poderosa de la zarzuela y el género chico para poder cantar... Y surge la lucha y el desasosiego interior por la inquietud que desvela su personalidad en una permanente desazonada vigilia. ¡Qué español es este drama! Y en la interior lucha sin tregua, Chapí levanta la zarzuela, con el dominio ya de la técnica y con el brío y la riqueza de su poderosa inspiración, hasta las cimas de «La Bruja» o del «Curro Vargas» en las que, como en el mismo género chico—la joya vibrante y colorista del Preludio de «La Revoltosa» –roza siempre las alturas de lo sinfónico, si bien con la sordina de la contención—de ahí el humor español—para no romper el equilibrio ni desbordar los naturales límites del género.
Y de la lucha interna frente a la limitación exterior salta la gracia y el color de las notas mostrando las mil vivas y fulgentes aristas de su fecunda personalidad, cargadas de muchas y muchas sugerencias que recogió y acumuló la intencionada contención, dando a sus obras una tremenda dimensión, una rica densidad, que las anima y las enciende luego en claridad de gozo y en luz de poesía.
¡Cuánta hondura y riqueza, cuánta sugestión y matice,, cuánto vigor y fuego en el drama de nuestro músico español! Y así brota espontánea la melodía desde la altura de su inspiración para venir hasta los concedidos populares niveles, a la manera que el piadoso manantial de la cima cuando ya desciende a las tierras del llano sofocando los ímpetus del brinco y serenando un poco el temblor inicial. Y si pierde la hondura primera del origen, se abre, en cambio, y se ensancha en el descenso, conservando, no obstante, su limpia transparencia primitiva y su luminosa originaria claridad.
«En la ciudad de Villena, donde se come se cena». Le oí muchas veces esta frasea la dama bondadosa que fué la esposa del maestro. Quería decirnos la generosidad de sus naturales y ahora las recogemos para mostrarla como la otra característica de la intimidad de Chapí.
Sería interminable la lista de los ejemplos y las anécdotas de su abierta e inagotable generosidad. Citemos ya sólo —porque hemos de terminar— el más decisivo y trascendental de todos: la fundación de la Sociedad de Autores.
Su logro significó muchos sacrificios y muchas personales renunciaciones. Se le cercó por hambre, se le cerraron todas las puertas, se le negaron todas las ocasiones, al mismo tiempo que se le hacían las ofertas más tentadoras para comprar la renuncia a su propósito por parte de los usureros explotadores de los artistas. Y no cedió, porque en el empeño iba más a la liberación de sus compañeros que a la misma suya propia. Y no dijo ninguna queja, no se exaltó en ninguna protesta, y sólo respondió con la anchura de su generosidad. Y triunfó.
Yo no sé si se le ha reconocido y si se ha valorado suficientemente en toda su grandeza su hermosa obra social. Pero también en ella han mordido su ruindad y su miseria la envidia y la sordidez.
Madrid y 25 de marzo de 1909. ¡Ha muerto Chapí! Acababa de estrenar, con el más extraordinario éxito, en el Teatro Real, «Margarita la Tornera».
¡Una ópera española! Española por su tema, de tan honda tradición patria, y española, españolísima, por su música, la última que el maestro escribió. Como si su vida se hubiera de terminar en el principio de su sueño.
Los últimos días de su lucha —ahora con la enfermedad que le agota y le atenaza— habla constantemente evocando a la vez y entremezclando los recuerdos más lejanos de Villena, de su ciudad natal, de sus primeras ilusiones y sus primeros ambiciosos sueños en el querido lugar, junto con los últimos esperanzados esfuerzos de la realización de su «Margarita la Tornera»: los ensayos, las correcciones, los consejos. Une así en tales momentos los dos instantes extremos de su existencia, su principio y su fin, acaso porque ya presiente la proximidad de la última hora. Que llegó, en efecto, para ya cortar su voz y sus recuerdos...
¡Chapí ha muerto! La frase suena por todos los rincones de España. El destino ha bajado el telón para el desenlace de una vida gloriosa.
Que las palabras de nuestra evocación sean ahora como la piedad de unas pocas flores—mojadas de nuestra emoción y encendida de nuestro recuerdo—sobre el eterno sueño de su descanso.
Extraído de la Revista Villena de 1951

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