1952 LA ARCIPRESTAL DE SANTIAGO

1952 LA ARCIPRESTAL DE SANTIAGO
Por Ramón Jordá

Magnífico ejemplar de arte ojival, y si fuera permitido a un profano aventurar juicios en tan compleja materia, yo clasifica­ría este templo en el grupo de los llamados populares, con in­fluencias catalano-provenzales, dando en su conjunto sensación de vigor y sobriedad, como expresión del carácter de un pueblo fronterizo, en lucha constante con el infiel y víctima de las ape­tencias de castellanos y aragoneses.
Como notas características de esta interesante obra arquitectónica, podemos señalar:
Armónica proporción entre la verticalidad y la horizontalidad.
Planta de cruz latina sin crucero, ábside con bóveda de crucería y coro próximo a la entrada principal.
Robustas columnas prismáticas octogonales, de retorcidas aristas y zócalo sin basa y doble serie de capiteles reducidos a franjas estrechos ornadas con relieves de fauna, flora y heráldica, sosteniendo arcos de ojiva rebajada.
Sobria nervatura de crucería en las bóvedas, apoyadas éstas en contrafuertes embe­bidos en el interior de los muros, quedando al exterior, sobre las techumbres de las naves laterales, el conjunto de arbotantes, botareles y gárgolas que le dan el consabido aspecto del costillar de una nave volcada.
Parquedad general de ornamentación, reducida a las frondas de los capiteles y a los doseletes, molduras acordeladas y pináculos en ambas portadas, con cuyas notas se ha procurado que armonice el moderno retablo del Altar Mayor), los falsos apoyos en los án­gulos de las naves laterales, los blasones profusamente repartidos por doquier, etc.
La torre, mitad fortaleza, con sus troneras, falsa barbacana y macizo pináculo pira­midal, caracteres todos que dan al conjunto un aspecto complejo, religioso, ciudadano y militar, donde no falta la nota señorial en la emblemática, ni la popular en los herrajes y labores de artesanía.
Imagina uno ver tras el paralelismo de su verja plateresca, venerable coro de mitra­dos, resolviendo altas cuestiones de moral y sana política; o bien, reunido en la amplia nave central, el Capítulo de los Caballeros de alguna Orden militar, cubiertos todavía con el polvo de los caminos, depositar al pie del ara su ardiente corazón «como brasa del di­vino incensario». Y cree oír resonar, despertando ecos en las bóvedas, la clamorosa trom­petería del órgano, acompañando en sus cánticos a los cruzados, cubiertos de brillantes armaduras, alzados los pendones y extendidas las espadas por nervudos brazos, y escu­char el grito de «¡Dios lo quiere!» con que se lanzan al combate, y, cerniéndose en lo alto, dominando el fervoroso concierto, la imagen guerrera de Sent Yague, caballero sobre blanco corcel, que hunde los dorados cascos en los pechos de iracundos infieles.
Y aquellas columnas, a derecha e izquierda, retorcidas como llamas, ascendentes co­mo espirales de humo de sagrados holucaustos, parecerán elevarse, vibrando, a las altu­ras en ofrenda de servicio y sacrificio, y ya en lo alto, más cerca del trono de Jehová, ve­réis cómo se adelgazan y ramifican y entrecruzan en la comba de las bóvedas, y se resuelven en graciosa constelación de florones, tal como la urdimbre de las penas y miserias de nuestra vida, elevadas en ofrenda, se resuelven en gracia y ventura en el seno del Altísimo.

Templo mártir, abrasado por las llamas de funestas ambiciones; azotado por los hu­racanes de las revueltas y de las guerras; profanado por la soldadesca asalariado; sa­queado e incendiado por la locura sectaria, diríase que quedó estereotipada en piedra la retorcida tortura de su alma y la recia fortaleza y alto temple de su espíritu, y he aquí por qué en su recinto se siente nuestro corazón agitado por cierta inquietud militante, como respuesta a la llamada atávica de los siglos.
Y cuando, llegada la gran fecha anual, el templo recibe y cobija a la Señora y pare­ce que la protege con su reciedumbre y es como una gigantesca ostra encerrando su iri­sada perla, este pueblo renovará su exaltación fervorosa y guerrera bajo las vestes de Moros y Cristianos, entre ondear de banderas, tronar de arcabuces y aclamaciones de gentil y caballeresco piropeo a la Dama de sus pensamientos, a la Santa María, la de ¡as perfumadas leyendas, la musa de gentiles trovadores que simbolizaron en Ella la fuente del Amor:
...qui es Mayre d'amar;
qui Vos nol vol, no's pot enamorar."
Si después de esta exaltada inquietud necesita vuestro espíritu un remanso de paz, buscadla en !a serenidad renacentista de la capilla de la Comunión; en la proporción y majestuosa elegancia de sus líneas; en la luminosa amplitud de la cúpula, y no dejéis de asomaros luego al silencioso rinconcito de la capillita bautismal, donde el tiempo parece haberse remansado y perdido el ritmo de la sucesión. En la gran taza de piedra labrada canta el agua, de vez en cuando, su salmodia de perlas para celebrar una flor que abre su corola a la luz de la Gracia. Luego, un monacal silencio, mientras suena en el mundo exterior el sempiterno drama de la lucha del Bien con el Mal.
Revista Villena 1952
Cedida por... Elia Estevan

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