1963 DON ENRIQUE DE VILLENA (1384 - 1433)

DON ENRIQUE DE VILLENA (1384 - 1433)
Don Enrique de Villena (1384 - 1433) precursor en Europa de los estudios prehistóricos. Por José Mª Soler García Delegado Local del Servicio Nacional de Excavaciones.
La reciente publicación de una «Introducción al estudio de la Prehistoria» por el profesor Martín Almagro y su comentario en el diario «ABC» por Gonzalo Fernández de la Mora, han avivado en nosotros el deseo de divulgar entre los villenenses un aspecto poco conocido de la personalidad de don Enrique de Villena, erróneamente llamado «marqués» por Almagro y por su comentador, cuando ya es bien sabido que don Enrique no llegó a disfrutar nunca del Marquesado que su abuelo don Alfonso perdió en vida.
En lo referente a nuestro escritor, Almagro fue precedido por el profesor de Strasburgo, Paul Wernert, en un artículo publicado en Francia en 1959 bajo el título «Un pionnier médiéval de la préhistoire: Enrique de Villena». Wernert, siguiendo a Cotarelo, afirma explícitamente que don Enrique «se había instalado en Castilla para defender sus derechos al Maestrazgo de la Orden de Calatrava y al feudo del Marquesado de Villena, del que no pudo gozar jamás».
Dejando aparte esta cuestión, incidental para nuestro objeto, importa señalar que la Prehistoria, concebida como primer capítulo de la Historia Universal, es casi de nuestros días. Podrían fijarse sus inicios hacia mediados del siglo XIX, cuando Boucher de Perthes, eminente arqueólo francés, logró imponer a sus obstinados contradictores, entre los que se encontraba nada menos que el gran Cuvier, sus teorías acerca de la existencia del hombre fósil.
Es cierto que entre los pensadores griegos y latinos se dieron atisbos geniales sobre la antigüedad de sus antepasados. Tucídides, por ejemplo, supo valorar hallazgos arqueológicos -en las antiguas sepulturas de los «carios», y Lucrecio logró entrever la continuidad y evolución de la industria humana al afirmar que las primeras armas usadas por el hombre fueron las manos, los dientes y las uñas, complementadas después con piedras y ramas desgajadas de los árboles. Pero estos atisbos, sorprendentemente agudos para la época en que se produjeron, parece que se olvidaron totalmente durante la Edad Media, y es al humanista español don Enrique de Villena a quien se debe en Europa el redescubrimiento de aquella ideas.
Todas las historias de la Arqueología citan al italiano Mercati (1593) como precursor científico de este género de estudios, olvidando que, en 1546, el historiador valenciano Pedro Antón Beuter describió con sentido perfectamente arqueológico el descubrimiento en Sariñena de unas sepulturas con «gran multitud de huesos grandes y de armas hechas de pedernal, a manera de hierros de saetas y de lanzas, y como cuchillos a manera de medias espadas, y muchas calaveras atravesadas de aquellas piedras».
Pero mucho antes que ambos, don Enrique de Villena — «el sabio más grande de su tiempo», al decir del Marqués de Santillana— había escrito su «Tractado del arte del cortar del cuchillo», más conocido en la historia literaria con el título de «Arte Cisoria > que le dio el padre Núñez al publicarlo en 1766. Precisamente en estos días se cumple el 540 aniversario de esta famosa obra, terminada de componer el lunes, 6 de septiembre de 1423, según confesión del propio autor.
En el primer capítulo de este importante documento para el estudio de las costumbres de la época, expone don Enrique cómo los hombres, «guando comentaron, las carnes crudas las comían; e por el enflaqueçimiento de sus vidas por el desvío de las costumbres, non pudiendo la cruda digirir vianda como antes fazían, ovieron de ynvistigar e fallar sus adobos de cozer, asar y freyr, e los salsamentos, por esçitar el apetito y fazer más fácil digistión; aludieron fuesen cortadas e menuzadas por el cuchillo, que agora de piedras usavan, fasta que el ferro fué en uso de las gentes».
Cualquier prehistoriador actual suscribiría muchas de las afirmaciones anteriores, que no son las únicas interesantes para nuestro propósito en el libro de don Enrique. En el capítulo cuarto, habla de los utensilios que se deben emplear para cortar la carne, y describe los diferentes cuchillos de que se sirven en Francia, en Italia, en Alemania y en Inglaterra. Después añade: «En Dacia e las yslas Orcades, se cuenta usar cuchillos de piedras de pedernales; e la gente de los caldeos los usan, e aun entre los romanos e griegos con tales degollavan sus sacrefiçios...»
Cuchillos de pedernal de distintas épocas existentes en el Museo Municipal. Piezas similares fueron ya mencionadas por Enrique de Villena en 1423. (Foto Soler)
Más adelante, en el mismo capítulo, es el lejano eco de Lucrecio el que se percibe en las siguientes frases. «Esta singularitat entre las otras tienen los homes de las bestias en avantaja: guando sus mienbros corpóreos no son dispuestos pora se fazer algunt acto, saben e pueden añadir mienbros arteficiados orcánicos disjuntos, para traer su entendimiento al fin que desean. E por esto, conosciendo sus cueros menos duros que de bestias, fizieron ansí armaduras de cueros crudios taurinos al comienço, después de fierro; que non toviesen las uñas agudas e dientes fuertes de las bravas alimañas, ni aun las fuercas de otros ornes, añadieron a sus manos espadas e puñales e dagas en lugar de uñas; e usaron lanças en logar de cuernos».
Nunca sabremos la cantidad de observaciones de este tipo desaparecidas en el casi total aniquilamiento de la obra del gran escritor. El propio autor refiere haber tratado más copiosamente de todo ello en una «Carta sobre aquella palabra del coro de las nueve Musas», que desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros. Juan de Mena, el más excelso poeta de su tiempo, lamentó la expoliación llevada a cabo en la biblioteca de don Enrique con estas coplas:
«Oh ínclito sabio, autor muy sciente! otra y aun otra vegada yo lloro, porque Castilla perdió tal tesoro no conocido delante la gente.
Perdió los tus libros sin ser conocidos; y como en exequias te fueron ya luego, unos metidos al ávido fuego y otros sin orden no bien repartidos».
Científico nato, don Enrique se adelantó considerablemente a su tiempo, que lo tildó de brujo, mago y nigromante, y así ha llegado hasta nosotros su fama en alas de la leyenda.
Ahora que Villena va incorporándose por propio derecho al vasto movimiento de la Prehistoria universal, no es inoportuno divulgar estos textos del único escritor europeo de la Edad Media, tan pagado de nuestro apellido, que supo abordar con criterio científico los problemas de los remotos orígenes de la civilización.
Extraído de la Revista Villena de 1963
Cedida por... Avelina y Natalia García

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