1981 POSTURA DEL JOVEN ANTE LAS FIESTAS

POSTURA DEL JOVEN ANTE LAS FIESTAS
De sobra es sabido que en estos días de fiesta, entre el vino, el alcohol, un poco de música y algún que otro arcabuzazo, además del bullicio y ajetreo que lleva consigo la misma, queda poco tiempo para pensar, o mejor, para hacer una reflexión de lo que es y ha sido la fiesta hasta ahora.
En la actualidad este «no pensar» se ve como algo normal. Lo vamos viviendo en todo momento y día a día se va agudizando el problema.
Sí, hablamos de fiestas, y más detalladamente de la postura del joven ante las mismas, de su actitud dentro de ellas, porque corremos el riesgo, lo tenemos ya, de cambiar totalmente el sentido a las fiestas y ver cómo año tras año nos ahogan fuertes e insensibles.
El joven, ante esa situación, puede sentirse inquieto o no verse afectado en lo más mínimo. Puede sentir inquietud al notar cómo algo propio, de su pueblo, que forma parte de su ser y de su cultura, va degenerando hasta convertirse en una máquina que almacena una ingente masa de seres amorfos y abúlicos dispuestos a representar el papel que se les ha asignado.
Otra postura más cómoda, porque no crea problemas, es aceptar sin más la situación y amoldarse a ella convenciéndose de que no hay salida posible, de que todo es así.
Por todas partes se nos presentan hechos desagradables que deberían hacernos recapacitar. Son fenómenos que nos hablan de la necesidad de reencontrar el verdadero sentido de las fiestas.
Uno de estos fenómenos, quizá el más importante, es la popularidad. La fiesta ha de ser popular y lo popular ha de estar hecho por el pueblo de una forma casi espontánea. Debe ser algo que congratule tanto al que participa directamente como al que se encuentra entre bastidores. Sin embargo, vemos que se está restringiendo lo popular a costa de la grandeza, de la artificiosidad. Se mira más hacia el exterior que hacia dentro y se da más importancia a la forma que al fondo. De esta manera se están sentando las bases de la fiesta en el poder de atracción que tiene, convirtiéndola en un espectáculo que en ocasiones roza lo circense.
Se considera la fiesta como lo más grande y por ella se pueden conceder ciertos privilegios, y así vemos cómo las tribunas se elevan por encima de los macizos de plantas, obligando a éstas a doblegarse ante la fortaleza del artilugio. Y ante estas murallas; el espectador de a pie se refugia en los últimos reductos que le son permitidos y que coinciden con zonas verdes que durante estos días son objeto de múltiples vejaciones por parte de todos. Es como si en estas fechas el pecado tuviese bula.
Vemos también con asombro y enfado cómo, poco a poco, van subiendo los costes del festero, cómo aumentan las cuotas, las entradas tienen precios desorbitados, etc... que condicionan el ser o no festero a la economía de cada bolsillo, creando así un clasismo, una desigualdad. No obstante, algunos alcanzan ese estado de clase a través de medios que van «contra natura» como son, por ejemplo, la restricción en los gastos particulares y el aumento de las horas de trabajo.
Son todos estos factores los que contribuyen a enrarecer el ambiente de fiestas, a hacerlo un poco denso y falso. Es como si se intentara cubrir de gloria una falacia.
Ante todos estos hechos, el joven ha de tomar postura. Hay un amplio sector que no llega a asumirlos. Con poco sentido crítico van cogiendo año tras año los días de fiestas tal como se los dan, con todo lo negativo que incluye toda imposición.
Otro grupo asiste con asombro y estupor a estos sucesos. La impotencia, la incertidumbre y la confusión los dominan y optan por claudicar o por intentar cambiar todos estos aspectos mediante la participación dentro de las entidades festeras, enfrentándose en muchos casos a la incomprensión y a la fuerza de los intereses creados.
Por último, podríamos citar un grupo menos numeroso de descontentos que ante una situación que consideran injusta y que no comparten, se ven obligados a abandonar la fiesta. Ven con dolor cómo algo que era suyo les ha sido en parte sustraído... No pueden participar en el complot.
No se trata de decir quién actúa mejor y quién peor. Cada uno piensa y decide. Lo único que nos atrevemos a pedir y creemos necesario es una reflexión por parte de todos de la actualidad de las fiestas. Que éstas marquen el fin de un período de trabajo y esfuerzo y que sirvan de punto de partida de numerosos momentos en los que ha de tratarse que la convivencia entre todos sea posible.
CASA DE LA JUVENTUD
Extraído de la Revista Villena de 1981

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