1958 PEREGRINACIÓN A LOURDES

PEREGRINACIÓN A LOURDES. Fragmentos de "Nuestro Diario", correspondientes a la jornada del día 14 de Junio.
VILLENA, profundamente mariana por su devoción y amor a la Virgen de las Virtudes, cuya imagen querida llevamos todos cincelada a fuego en el relicario del corazón, y que ausentes de Ella se da en nosotros la paradoja de tener que cerrar los ojos cuando queremos verla desde la lejanía, en este año de gracia de 1958, centenario de las Apariciones de la Virgen en Lourdes, no podía menos de peregrinar hasta aquel lugar sagrado de la dulce Francia.
...La mañana es clara, espléndida, cuajada de luz, vamos ascendiendo hasta las estribaciones de los Pirineos que se agrandan a cada paso y poco después penetramos en sus inmensas entrañas. La cordillera es imponente, alta, maciza, de agudos picachos coronados de nieve que brillan en la altura como plata bruñida. La vegetación exuberante, espesa, enmarañada, grandioso manto del gigante con que se cubre desde las laderas hasta las cimas de un verde intenso de muchos matices, la selva hecha montaña de grandiosas y variadas estructuras en las que nuestra insignificancia queda aprisionada y como perdida, buscando el escape por el hilo tortuoso de la carretera que se descuelga hasta el fondo del valle para trepar luego por el dédalo ininterrumpido de curvas altibajas. ¡Maravilloso paisaje mañanero de salvaje grandeza, inundado de sol! ¡Cuánta belleza en el silencio impresionante de las altas cumbres y valles hondos matizados de espesos verdores! Creemos que hemos alcanzado el mayor nivel de altura en nuestra lenta y larga ascensión al llegar a la estación de Canfrac. En efecto, ahora la carretera inicia gradualmente el descenso, y desde aquel plano superior que ocupamos es aún más bello y majestuoso el panorama. Dominamos ahora un horizonte más amplio y más hondo, con un pequeño lago en el fondo, casi vertical, de nuestra ladera deslizante, que a la luz limpia de un sol sin nubes reverbera como un espejo. Las altas rocas y vertientes nos ofrecen nuevos atractivos, porque la fronda vegetal se atavía de túnicas moradas y clámides rojas y vestes amarillas y verdes en una maravillosa sinfonía de colores repartidos por intrincadas espesuras... El paso de los Pirineos es de belleza admirable por los estupendos paisajes de montaña.
Nos aproximarnos velozmente a la meta final. Como preparación nos recogemos interiormente y rezamos el rosario, cuyas avemarías desgranadas quedan como siembra de rosas a lo largo del camino. Al fondo, un monte frondoso sirve de marco y dosel a la Basílica, cuyas blancas agujas emergen como de un bosque intenso y exuberante. ¡Lourdes! ¡Júbilo en las voces, ojos sin parpadeo clavados como flechas, emoción en el alma que se arrodilla a distancia!
Al final de las calles pasamos el puente sobre el Gave que da acceso a la explanada de grandes dimensiones, tendida como gigantesca alfombra a los pies de la Basílica, aérea, que yergue sus ojivas y finas torres sobre un alto pedestal de roca. Por varios tramos de amplias escalinatas laterales ganarnos el plano superior que sirve como de atrio. La iglesia es preciosa, diríamos que alegre por su diafanidad, basílica blanca como la túnica de la Virgen aparecida, rica en mármoles y metales, intacta, como recién estrenada, toda la línea de los altos frisos esmaltada de simétricos banderines que dejaron internacionales peregrinaciones, entre ellos tres españoles. Caemos de rodillas. La Virgen, como apareció a Bernardita, nos mira desde su elevado camarín, la miramos también, hay choque de miradas, diálogo sostenido con los ojos que al final se rinden inclinados, vencidos se refugian en el hueco defensivo de nuestras manos y se hacen fuentecillas que vierten delgados hilos de llanto... ¡Cuánto dicen a la Virgen calladamente y en secreto aquellas lágrimas tibias y mudas! ¡Cuánto deseo y dolor y amor y esperanza reflejan las mejillas ardorosas humedecidas en nosotros mismos! ¿Qué mejor oración?
Desde las verjas laterales de la Basílica, frente al Gave, divisamos allá abajo, en el plano de la gruta, el hormigueo humano en movimiento que van encendiendo sus farolillos, todos iguales, para iniciar la procesión de las antorchas Parte ésta de la gruta siguiendo la línea del río para entrar en la gran explanada. Anochece. La Basílica se enciende, luce su iluminación de infinidad de perillas eléctricas que suben hasta las afiladas agujas de sus torres, dibujan arcos, ojivas, cornisamentos, y sobre el horizonte sin luz se recorta la silueta de su gótica arquitectura en to-, das sus líneas. Desde el atrio de la Basílica donde estamos, se domina la explanada que lentamente es invadida por una densidad desbordante de luces espesas. La grandiosidad crece paulatinamente hasta que toda la explanada llega a la plétora. Las avenidas son ríos de lucecillas parpadeantes que se mueven cada vez con más lentitud. El marco amplísimo que encuadra aquella cuajada multitud es insuficiente, las luces se desparraman por las laderas del monte vecino, por los largos tramos de las escalinatas hasta llenar el elevado atrio; luces que titilan, pero quietas, que no pueden avanzar. Los altavoces lanzan potentes versículos en francés y cada uno de ellos es subrayado por la mundial estrofa del "Ave María", que cantada por un órgano humano de 50 000 gargantas con pausada solemnidad, resuena en los ámbitos de la noche, encendida por un lago de antorchas con la fuerza de un trueno modulado de imponente majestad. La fe se ha materializado, es tangible como la roca, se ha hecho temblor y canto y luz y escalofrío. ¡Oh, aquella noche de las antorchas...!
Nos encaminamos a la gruta de Massabielle para estar con la Virgen y des-pedirnos de Ella. Están celebrando la santa misa al fondo de la cueva; recogimiento en los fieles; no hay un solo murmullo, sólo el crepitar de los cirios en pirámide que alumbran con débiles claridades, como alumbran los cirios, la cavidad de la gruta. Resalta la blancura de la Virgen de las manos juntas; así se aparecería hace un siglo a Bernardita. Nos arrodillamos en un templo cuya bóveda son las altas estrellas y sus naves se pierden en la oscuridad de la noche. Intimidad en la oración callada, otra vez las mismas súplicas, los mismos afectos que van brotando al contacto casi directo con Ella; otra vez por influencia anímica es hondo el aliento, es impaciente el ansia, es férvido el sentir del corazón y regalo las lágrimas que ruedan. Con Ella quedaron jirones del alma y nos trajimos los ojos llenos de su presencia... Son las dos de la mañana; el carillón de la Basílica desgrana lentas las notas del "Ave María", las agujas del frío se clavan en la carne que tirita. Hacemos el largo trayecto hasta el coche: último esfuerzo de esta larga e intensa jornada.
Extraído de la Revista Villena de 1958

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