1979 CHAPÍ Y LOS NIÑOS

CHAPÍ Y LOS NIÑOS Por Joaquín Navarro García
A mi hija Amaya
y a todos los niños villenenses
en su Año Internacional.
¿Cuántas veces, en alguno de nuestros paseos por el cada día menos tranquilo «Parterre», nos hemos acercado a esa primorosa mole de piedra, cantarina de agua, salida de las manos de ese villenense ilustre que es Navarro Santafé y que perpetúa el agradecimiento de un pueblo a quien tanto nombre le dio por ser ésta su cuna?
Delante de «El Maestro», con admiración y casi veneración, con esa postura arrogante de tribuno triunfante, con la mirada perdida en este cielo levantino que cobijó sus primeros sueños de gloria, como buscando la buena estrella que iluminó sus noches de triunfo, se nos antoja un semidiós, distante, inaccesible. Semejante impresión nos produce al intentar adivinar su rostro, cuando alzamos la vista para admirar el bello medallón que sirve de clave, que remata la espaciosa bocana del escenario del teatro que lleva su nombre, acentuada por la altura a que se halla del espectador del patio de butacas.
Deambulando por el madrileño parque del Retiro, nos encontramos con un Chapí de torso desnudo, sereno, velando su descanso la merecida Fama que le costó la vida, cuando aún se podía esperar mucho más de su genio creador.
Toda la iconografía, digamos oficial, del Maestro, se ha encargado de ofrecernos un Chapí serio, envarado y hasta si se quiere orgulloso. Pensamos que a un hombre de su valía se le podía permitir todo eso y algo más.
A poco que profundicemos en su ingente obra, nos damos cuenta de que, junto a obras tales como Curro Vargas, La Tempestad, La Venta de D. Quijote, Los Hijos del Batallón, Margarita la Tornera, catalogadas como melodramas,
dramas líricos o zarzuelas dramáticas, lo que lleva aparejado una música seria en demasía, se encontrasen obras donde la alegría y frescura de sus temas nos presentan a un Chapí pimpante, jovial, despreocupado. Sirven como ejemplo ese Puñao de Rosas, El Barquillero, El Tambor de Granaderos, o esa Música Clásica, feliz mezcla de temas populares con retazos de los grandes maestros universales.
Pero, y he aquí el motivo de nuestro humilde trabajo, Chapí también escribió para los niños, lo que nos demuestra claramente que debajo de esa envoltura de hombre serio y distante, se hallaba un corazón sensible y grande como su genio. Comenzaremos con unos ejemplos en los cuales el niño es el protagonista. Recordemos ese delicioso coro con que se inicia La Czarina, que en versos de D. José Estremera dice:
Coro:
«Ya viene hecho cristiano
el tierno chiquitín;
que el cielo le bendiga
y le haga muy feliz».
Para continuar con una descripción detallada de las lindezas del neófito, acabando con una suave y dulce nana:
A la rorró, a la rorró
¡Qué niño tan mono
que tengo yo!
¡Duerme, que si no el coco
te llevará!
En Los Lobos Marinos, es un monaguillo el que representa su panel con un coro de beatas.
La Revoltosa nos ofrece a un «Chupitos», aprendiz de sastre, enredador y correveidile, decisivo en la trama de la obra:
Gorgonia:
Oye, Chupitos,
¿les has hablao?
(por Tiberio y Atenodoro)
Chupitos:
¡Ya, éste y el otro
se la han tragao!
Candelas:
¡Echarse a un lao!
Gorgonia:
¿Y a cada quisque..?
Chupitos:
Que Mari Pepa,
en cuanto suenen
las diez, espera.
La Bruja incluye un precioso coro en el segundo acto. En él los protagonistas son un gracioso par de gemelos, hijos de Tomillo y Rosalía.
Tiples:
Qué ojazos tienen
tan habladores.
Bajos:
¡Y qué carrillos!
Tenores:
¡Y qué colores!
Tiples:
Ajito, ajito,
ajito, ajito,
qué gracia tiene
el angelito.
Todos: Ajito, ajito,
ajito, ajó,
ven chiquirritito,
que te quiero yo.
La Cara de Dios, drama lírico con letra de D. Carlos Arniches, incluye un difícil tercetino dedicado al niño. Se estrenó el 25 de noviembre de 1899.
La Patria Chica, con libreto de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, estrenada en el Teatro de la Zarzuela la noche del 15 de octubre de 1907, es otra de las obras del repertorio chapiniano que incluye un número con el niño como protagonista. El número 4-D., de su partitura, titulado «El Baturrico» (canción aragonesa) que canta «Pilar» y que dice:
Pilar:
Oiga usted lo que dijo
una baturra al llevar
a presentar a su hijo
a la Virgen del Pilar.
Ampara este retoño
que me ha nacido,
de unas conversaciones
con mi marido……..
Para terminar con un rotundo,
¡Y español y baturro
de arriba abajo!
Conversos de uno de sus más celebrados colaboradores literarios, D. Carlos Fernández Shaw, compuso Chapí La Fiesta del Árbol, canto escolar para coro y piano, por los últimos años de la pasada centuria.
En 1902, Chapí estrena una obra totalmente infantil, El Rey Mago, cuento para niños en un acto, dividido en seis cuadros, en prosa, original de Sinesio Delgado. La crítica de la época no se mostró muy unánime en cuanto al libro se refiere. Mientras unos la «vapulean soberanamente», otros eran más benévolos, conviniendo en que «la cosa no era para tanto, ni para que los señores del escalpelo se mostrasen tan severos con Sinesio Delgado». De la música poco se dice: «los números musicales en los que el maestro Chapí ha hecho gala de su arte y de su inspiración».
Por lo visto, antes como ahora, desgraciadamente, el escribir para niños tenía sus inconvenientes. Sea como fuere, el hecho de que dos artistas consagrados como Sinesio Delgado y Ruperto Chapí escribieran para ellos, es digno del mayor encomio.
Con toda intención, dejamos para el final la obra que Chapí escribiera con más cariño y que no por su brevedad deja de ser digna de su inspirada pluma. Nos estamos refiriendo a la «Polka de la Muñeca» que el Maestro dedicó a su hija María Teresa. No vamos a repetir lo que desde estas mismas páginas ya se escribió sobre las causas que motivaron dicha composición, pero estamos seguros que el Chapí serio, distante, el semidiós, el Chapí de La Bruja, La Revoltosa, El Rey que rabió, Circe, Las Bravías y muchas más, se hizo niño por unos momentos, para jugar con su querida hija a hacer música para dormir a su muñeca.
Villena, mayo de 1979.
Extraído de la Revista Villena de 1979

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