1915 LAS FIESTAS DE TOLÍN

PÁGINA INFANTIL- Las fiestas de Tolín
Dedicado á los niños de esta Ciudad
Tolín tiene siete años y es de los chicos más traviesos del pueblo. Sus ojillos avispados, su cara risueña, su temperamento alegre y bullanguero le hacen simpático á cuantos mortales tienen el honor de conocerle. Es listillo como pocos. Es bueno con los amiguitos. Excuso decir al lector que el papá y la mamá de Tolín están contentísimos con su vástago, no cansándose de dar gracias á Dios que tan venturosamente premia el amor y cariño que se profesan.
Tolín, como cualquier otro pequeñuelo, gusta de jugar, de correr, de saltar, de hacer travesuras. Lo mismo á pulili, que á banderica, que á pindola, que á títere bonete, Tolín es un campeón. Maneja la trompa como nadie; y á las bolas, al mate y á remontar barriletes es un maestro consumado. La música le gusta con delirio; así se explica que un día se perdiese por ir detrás de un mendigo que alegraba al vecindario con las notas chillonas de un viejo acordeón. Pero, lo que á Tolín le entusiasman sobremanera son las fiestas de la Virgen.
En Julio empiezan en casa los ensayos. Más de una noche Tolín coge una escoba y haciendo de cabo alinea á Manuel el criado, á Virtudes la cocinera y á Robustiana el ama de su Juanín, y por salas y alcobas rememora las vistosas escenas que contempló el año pasado en la Corredera. El papá y la mamá son el público que aplaude desde la marquesina del Casino. Estas trapisondas son causa de que algún que otro día salga la tortilla quemada ó el guisado aromatizado con el humo del fogón.
Un día en las cambras se oyen golpes incesantes que retumban en toda la casa. Tolín estaba de maniobras.
Sube el papá, pero llegó tarde.
—Pero hombre ¿Qué haces aquí?
Y Tolín que había roto una cómoda, un arca, un armario-librería recuerdo de familia, un sillón contestó con la mayor naturalidad.
—Es que estoy haciendo el castillo...
No termina aquí. Este año se ha empeñado Tolín que le hagan un traje de romano.
El papá le dice que es pequeño, que al año que viene, que cuando empiece el bachillerato.
A Tolín no lo convencen. El oyó á Juan Catalán y á Paco Leal cuando fueron á casa á pedir para la comparsa, hablar de los romanos y él quiere un traje con escudo, con lanza y con casco.
—¡Yo quiero ser romano!—exclama un día y otro día y la mamá siempre indulgente y siempre buena le encarga el traje.
Tolín no cabe en el pellejo desde que han pedido el traje para fiestas. El traje sale en la sopa, en la cena, en los juegos; vive pensando en el traje, sueña con el traje. El infantil vecindario está con un palmo de envidia de ver que Tolín va estrenar estas fiestas un traje de romano.
La llegada de un paquete á casa de Tolín fué un verdadero acontecimiento.
—¡Ya está aquí! ¡que me lo pongan! ¿Mamá, me lo pruebo?
—Al día 5—exclamó la voz dulce de la mamá.
Tolín hizo un mohín de desagrado... pero se conformó.
Pasaron unos días y Tolín trastornó á sus amiguitos que entraban á cada momento á la alcoba, donde revolvían cajones y armarios para contemplar la indumentaria airosa del compañero.
—Tú, mira qué casco más reluciente. —¡No, y la lanza!
—¡Qué capa!
—¡Los pantalones parecen unos calzoncillos de punto!
La noche del 4 de Septiembre, fué noche de impaciencias. A las tres de la mañana, Tolín soñando con el traje, alborotó toda la casa gritando que le pusieran el casco.
El alegre y poético sonido de la retozona campanica de la Virgen, fué recibida con el alborozo de Tolín, que, bailando y danzando sin cesar en la cama, agujereó el somier...
Se vistió y no sabía estar quieto en ninguna parte.
—¡Que viene la música de Alcoy!
—¡La de la Cañá, la de la Cañá..!
Y de allá para acullá entre el repique alegre de las campanas, las notas vibrantes de las músicas que llegan, el griterío de la muchedumbre ansiosa de vivir unos días, el vocerío de los pulmones infantiles que estallan de gozo, todo, forma ese conjunto de color y de vida matizado de ingente alegría, que hace vibrar con fuerza enérgica las almas de los pequeñuelos que ríen, con risa franca, con risa retozona, con risa inocente y candorosa.
Tolín está más contento que unas castañuelas. Con su traje de romano, con su casco reluciente, con su airoso plumero, parece una persona de formalidad.
Para Tolín el día 5 es uno de los más felices de su vida. Apenas terminado de comer, digo mal, casi sin comer, se puso el traje y se fué á la calle á lucir el garbo y á despertar entre sus camaradas la pícara. Efectivamente, un corro de pequeñuelos rodean en todo momento á Tolín, haciendo infantiles comentarios.
—Me lo han traído de Valencia.
—¡Qué bonico!
—Yo le voy á decir á mi papá que me compre otro.
—Ahora me voy á la Entrada y después de cenar iré con mi papá á la serenata.
Ya empieza el desfile marcial de las comparsas.
La multitud abigarrada contempla el paso airoso de las escuadras multicolores, con sus charangas que entonan bélicas tocatas y ardorosos pasodobles.
Pasan los moros..., los marruecos... los estudiantes...
Los chiquillos no pueden permanecer callados al llegar la comparsa de los Romanos.
—¡Allí vá Tolín! ¡vá al lado del capitán! —¡Tolín! ¡Tolín!
—Mamá ¡qué bonitos!
La confusión en las afueras de San Sebastián es inmensa: una ola de hombres con fé quiere besar las plantas de la Virgen; los vítores, los aplausos, las descargas de arcabucería, las notas retozonas de las bandas, la marcha Real, los cohetes... se suceden sin cesar.
Tolín ha desaparecido entre la muchedumbre. Su papá lo perdió á su vigilancia é inútilmente le busca por doquier.
Disgustado llega á casa y cuenta la aventura.
Criados, criadas, el portero, el tío, el papá todos salieron á buscar al romano; pero ni por esas.
Ni en casa de los abuelitos, ni en casa del tío, ni en el vecindario daban razón de Tolín.
La mamá lloraba, cuando la llenó de sobresalto un ruido que oyó en la habitación de Tolín.
Sube toda azorada y á nadie vé; pero observó en un armario antiguo cierto desorden... el armario abierto, las ropas por el suelo, unas cajas con pastas, magdalenas, rollicos de aguardiente, torticas de aceite, mostachones y otras golosinas habían sido víctimas de un atentado.
—¡Ladrones! ¡Ladrones! gritó la señora.
A los desaforados gritos suben el papá, los criados, el tío y un vecino que volvían de su infructuosa requisa.
...Y sacaron á Tolín de debajo de la cama donde tranquilamente apuraba una caja de magdalenas.
Y contó su aventura...
Los tiros le hicieron huir, los arcabuzazos llenaron su alma de terror y de miedo... que por cierto le abrió tal apetito que se dispuso á trastear el armario para engullirse un puñado de golosinas.
(Dibujos de Hermógenes).
Extraído de la Revista Villena Joven. Especial Fiestas
Cedido por… Trini Pastor Domene

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