La alegría llegó aquella mañana
envuelta en una nube de pólvora,
como si la fiesta hubiera decidido
volver a llamar a mi puerta.
Hace tiempo que mis pies
ya no conocen el camino del desfile.
El cuerpo aprendió a detenerse,
pero el corazón no ha sabido hacerlo.
Por eso me quedo en la acera,
mirando pasar la vida que un día llevé puesta.
Escucho los arcabuces
y algo dentro de mí vuelve a dispararse.
Reconozco las músicas antes de que lleguen,
los colores, los estandartes,
el sonido de los pasos sobre las calles
y ese murmullo de Villena
cuando la fiesta empieza a reconocerse.
Miro a los festeros
y me parece verme en ellos.
En cada paso que dan
camina también un poco de mi juventud.
En cada arcabuz que truena
despierta un recuerdo.
En cada sonrisa
regresa alguien que fui.
Desde los balcones llueven aplausos.
La alábega perfuma el aire
y los más mayores miramos en silencio,
como quien contempla una fotografía
que todavía respira.
Ya no puedo desfilar.
Pero nadie puede quitarme
lo que llevo dentro.
Porque ser festero
no termina cuando el cuerpo deja de caminar.
La fiesta se queda viviendo en la sangre,
en la memoria,
en ese lugar secreto del corazón
donde todavía escucho mi música
y siento que mis pies avanzan.
Y entonces entiendo
que quizá este sea mi último pasacalles,
pero no mi última fiesta.
Porque mientras pueda mirar,
mientras pueda emocionarme,
mientras un arcabuz rompa el cielo
y la alábega vuelva a perfumar las calles,
seguiré desfilando.
Aunque sea con el alma.
Y desde esta acera,
con los ojos llenos de recuerdos,
volveré a caminar contigo, Villena,
como aquel festero que fui
y que, en realidad,
nunca dejó de serlo.
Fabiola Martínez

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