Imagen del poeta villenense Antonio Marín.
Por: Francisco García Martínez
La revista «VILLENA» publicó en 1971 dos sonetos del poeta villenense Antonio Marín Requena (1861-1934) y un breve comentario, con pretensiones definitorias, del alcance general de su poesía. Me propongo, en esta ocasión, el reencuentro de la definitiva memoria perdida del hombre. Bien sé que es imposible hacer historia verdadera, porque lo único que queda es la obra muda —piedra o poesía— agujereada por el tiempo. Solamente nos resta, como lúdica posibilidad, el intento vano de interpretar unos signos que. en cualquier caso, habrán de ser deformados por nuestra subjetividad.
La poesía de Antonio Marín —sencilla, sentimental, escéptica, filosófica y, en ocasiones, prosaica— es el resultado de su propio talante personal, de la búsqueda inútil del sentido de la vida más allá del absurdo de la rutina ambiental y de una circunstancia cultural tan poco propicia como es el último tercio del siglo XIX: un posromanticismo decadente y un realismo que muy pocos frutos dio en el orden poético. Sólo pretendo destacar algunos rasgos de la personalidad de A. Marín, que surgirán de la transcripción de significativos fragmentos de su obra. Pienso que muchos de estos rasgos pudieran ser un fiel reflejo de nuestra ciudad y del sentir de sus gentes; tal vez ello quedaría verificado si se hiciera un estudio sociológico serio de los hombres que, durante los últimos cien años, han ido formalizando la esencia de lo que llamamos Villena.
I. LA NEGACION DE LA REALIDAD VIVIDA
Antonio Marín empieza su obra literaria en el ambiente hostil representado por el peor período del XIX. Y si es cierto que lo social no sólo condiciona, sino que determina la individualidad personal, la primera consecuencia de la vida inauténtica de nuestros pueblos, en Ios que la mala prosa diaria acaba asfixiando todo empeño de realización, será el nihilismo de una existencia vacía de significado:
«Hoy como mañana
y mañana lo mismo que ayer.
... Vivir y vivir sin sentir inquietud ni cuidado,
y seguir viviendo.
... Sin que nada me importe el pasado,
sin que me emocione lo que ha de venir.
Yo no tengo historia.
Mi existencia es un libro que tiene sus hojas en blanco
y todas sus páginas están por llenar.
... No merece mi vida prosaica y ruin
que nadie la escriba».
Este nihilismo existencial, al que le conduce inevitablemente su «conciencia desgraciada» de la realidad cotidiana, incita a Marín a intentar trascenderla. Pero agobiado o, tal vez, impotente ante su circunstancia, pretende esta trascendencia mediante la negación del mundo real. Es el sentido en el que habría que entender su huida a la ilusión, a la fantasía; el refugio en su utópico «mundo de las ideas»:
-El mal del orgullo no es el que me aqueja. El mal que padezco, la dolencia mía, es una dolencia más honda y más vieja: es mal de nostalgias y melancolía.
Las gentes, el pueblo, la vida, el ambiente, cuanto me circunda, me aburre y me asquea.
El mundo de ensueño que llevo en la mente vale más que todo lo que me rodea».
A veces intuye que la auto creación de una realidad ideal, desconectada de las vivencias inmediatas, supone una radical frustración: «Sé que pude ser algo y no quise ser nada». Sin embargo, encuentra en aquélla, una y otra vez, su único asidero:
«Llévate mis penas,
mis melancolías,
y tráeme el tesoro
de mis alegrías.»
«Excepto mis ilusiones,
todo lo demás se fue.
¡Ay de mí si llega el día
en que las pierda también!»
La repulsa a la sociedad se muestra igualmente en su amorosa contemplación de los tipos populares: «Pepica la Platera»; «El Chingo», que «vive sin conciencia, sin saber que vive»; «Manolo el Pintor»; «Pijoto»; «Cinquillo»; «Melena»; «Quebrahoces», el de «la jaranera / y antigua comparsa de los Estudiantes», «siempre arrastrando / el pesado fardo de su triste vida»... El desprecio social se trasmuta en la explosión admirativa del poeta, porque considera que esos seres, despreciados por todos, son el valiente testimonio vivo, el cual solamente es capaz de dar él a nivel de su imaginación. Ellos, aunque marginados, han superado su alienación; mientras que él, integrado aparentemente en la sociedad, lleva a cuestas la carga de su propia frustración. Sirvan de ejemplo estos devotos versos a «Antón el Judío»:
«Antón es hermano de aquellos ex hombres
que Máximo Gorki pintó en sus novelas.
Alegre, dichoso, tranquilo, jocundo,
sigue su camino,
sin que le preocupen las cosas del mundo
ni lo que mañana le guarda el destino.
Filósofo estoico, se arregla de modo
que nada le falta.
El cielo permita„ nuevo Sangonera,
que, siempre benigna contigo la suerte,
entre los vapores de una borrachera
te acoja en su seno, piadosa, la muerte».
La existencia inauténtica no sólo es superada negativamente por los tipos populares, sino, sobre todo, por el camino de la realización de la Idea de ciertos arquetipos como el maestro Chanzá y, sobre todos, Ruperto Chapi. Ellos representan los dioses locales, a ellos dedicó una parte de su poesía, y también su dinero y su actividad para que Villena pagase, en forma de homenaje, la deuda contraída.
Otra forma de la negación de la realidad vivida está en la añoranza del pasado, en la búsqueda de las raíces perdidas de lo popular, en el recuerdo idealizado de las tradiciones locales —«las monas», las fiestas de la Virgen, los juegos elementales de los niños...—, que considera que se van muriendo poco a poco.
Conviene destacar, por último, el desenmascaramiento, con matices nietzscheanos, del seudocristianismo burgués de su tiempo (y, entre paréntesis, del nuestro). Antonio Marín está convencido de que el único valor que podría tener la Religión sería el de la autenticidad del testimonio. Pero la burguesía, engulléndose al cristianismo, ha transformado la moral evangélica en moral burguesa, convirtiendo las virtudes en vicios. De ahí su «Elogio de los pecados capitales» y su «Diatriba contra las virtudes»:
«La soberbia es magnífica, la soberbia es sublime,
la soberbia ennoblece, dignifica, redime,
la soberbia es prestigio, grandeza, dignidad.»
«La lujuria es la fuente suprema de la vida;
la humanidad con ella se siente estremecida
de un vértigo que inunda los cuerpos de placer:
la carne, que es belleza, se abandona a su fuerza,
y siente en los espasmos de la ardiente lujuria,
los gérmenes que un día habrán de florecer».
-Ante una buena mesa todo el mundo es amable
y ningún hombre es malo después de comer bien».
«Consagrarse al divino placer de no hacer nada
y entregarse a una vida tranquila y sosegada
de agradable molicie y grata laxitud.
Tener algún trabajo y dejarlo indolente
para el día siguiente, y en el día siguiente
no hacerlo, y sumergirse en un dulce sopor:
no pensar, no sentir y esperar de esta suerte,
que en nuestra indiferencia nos sorprenda la muerte,
sin amores, sin odios, sin goces, sin dolor...».
«La humildad es la divisa de las razas decadentes».
«La castidad en el hombre es indicio de impotencia,
es estigma degradante, es señal de decadencia,
es un signo que pregona una baja perversión.
Y en las hembras, muchas veces, es pura gazmoñería,
envidia del goce ajeno, redomada hipocresía,
y un indicio que revela sequedad de corazón».
II. EL ANVERSO: LAS CONVICCIONES VITALES
Sería un error pensar que la negación imaginativa de la realidad conduce a Antonio Marín a una especie de suicidio lógico, a considerar la vida, un tanto sartrianamente, como la pasión inútil de una existencia absurda. El encontró, por el contrario, unos asideros en el naufragio de su vida. Probablemente no fueran suficientemente satisfactorios para su personal salvación, pero, cuando ésta no es posible, «es la derrota, a veces, la suprema victoria».
Confía, en primer lugar, en la siempre válida vivencia del instante. Es decir, acepta epicúrea-mente el placer y la alegría, imperfectos y transitorios, del presente. Recibe, sin reservas, todo goce intelectual o sensorial y, especialmente, la pasión sexual por la belleza de la carne.
Por ello, la fruición del momento feliz, que comporta, acaso, la negación del siguiente.
«Caminante, caminante,
no tengas prisa en llegar.
No sigas más adelante
y siéntate a descansar.
No corras, acorta el paso,
que el bien que buscando vas
camino adelante, acaso
lo vas dejando detrás».
«Entre tanto y ya que todo
nos invita hoy a gozar,
gocemos sin preocuparnos
por lo que venga detrás».
El epicúreo intento de saborear el presente le permite analizarlo con extraordinaria lucidez. Antonio Marín asistió, al final de su vida, a la explosión de la Segunda República. Vio en ellas, por fin, la tierra firme de la que podría surgir la esperanza nueva. Consideró también, sin embargo, el riesgo de la caída inevitable. Son impresionantes, no por su relativo valor poético, sino por su exacto sentido adivinatorio, estos versos, escritos hacia 1933, profecía de nuestra guerra civil y de su mala simiente:
«...Pronto veremos
cual nos arrebatan unas libertades
que no merecemos.
Sigamos la estúpida, la loca carrera
que habrá de llevarnos a la sepultura,
hasta que algún nuevo Primo de Rivera
nos imponga otra brutal dictadura.
Hasta que un buen día, viendo que el ambiente
Ies es favorable, lleguen cuatro osados,
ce pongan al frente
de algunos soldados,
asuman el mando, sin piedad nos traten,
y se erijan en árbitros y jefes supremos
y nos arrebaten
unas libertades que no merecemos».
Quedaría incompleta esta aproximación a la personalidad de A. Marín sin destacar su concepto de lo sagrado. Es innegable que late a través de su obra una preocupación por lo religioso, pero la definitiva pregunta por el destino no supera nunca la incertidumbre del agnóstico. Hay en él, no obstante, tres certezas profundas que confieren sentido a su existencia: un pan-teísmo naturalista que le permite entender como sagrados al mundo y al hombre; una identificación comprometida con las raíces de su tierra y de sus gentes: la religión de la Ciudad; y un considerar que, por encima del hombre concreto, está su continuidad en las generaciones venideras, las cuales pueden ser, con nuestra ayuda, dueñas del futuro. Véanse los dos primeros aspectos —la oración panteísta sobre la base de un jardín de Villena— en este soneto de versos alejandrinos:
«Van cayendo las hojas. Languidece el retoño
que floreció en la alegre pasada primavera.
El Parterre se viste su túnica de otoño
y vuela hacia otro clima el ave aventurera.
El plátano pomposo pausadamente pierde
de sus frondosas ramas el mágico tesoro
y sus hojas, el suelo del Parterre, antes verde,
lo alfombran regiamente con un tapiz de oro.
El sol sus rayos tenues sepulta en occidente.
El crepúsculo avanza callada y dulcemente,
cubre la tierra un velo de infinita tristeza...
Y en esta hora de calma que arrobados vivimos al oír la voz del ángelus, a lo lejos, sentimos que se prosterna el alma y el espíritu reza».
Y, en estos otros, la optimista respuesta al mito de Sísifo:
«Siembra sin vacilaciones,
cultiva con interés
esas semillas que pones,
que ya llegarán después
las nuevas generaciones
y recogerán la mies».
Es posible que la obra 'poética de Antonio Marín no encaje por completo en nuestro concepto actual del arte, pero es evidente que estamos ante una poesía veraz, reflejo fiel de sus diversos estados de conciencia y expresión del amor y el dolor que sintió por Villena. Para él, pues, nuestra admiración, nuestro respeto y nuestra tristeza.
Extraído de la Revista Villena de 1978