1984 IN MEMORIAM "LOS PREGRINOS DE LA VIRGEN"

IN MEMORIAM "LOS PREGRINOS DE LA VIRGEN"
«Todo hombre bien nacido tiene el dulce deber de honrar la patria en que vio la primera luz, el suelo que encierra y guarda las sagradas cenizas de los autores de sus días y los gratísimos recuerdos de su infancia; esos recuerdos que cuanto más se alejan, más vivos y más interesantes se presentan a la imaginación del que vive distante de aquel suelo. Cada cual llena este deber en la medida de sus fuerzas; los grandes hombres con la fama de su propia gloria, y los humildes y pequeños desenterrando honrosos recuerdos, que parecen ya olvidados, y hechos que ensalzan el nombre de esa patria.»
(Del prólogo del libro «Historia de la Imagen de Nuestra Señora de las Virtudes» del culto abogado y benemérito escritor villenense don JOSE ZAPATER Y UGEDA. Valencia 1884.)
Si todo hombre bien nacido, desde su humildad y pequeñez, tiene el dulce deber de ir desenterrando honrosos recuerdos, que parecen ya olvidados, vamos a recordar dos muertes paralelas en el vértice espiritual del Día de la Virgen, 8 de Septiembre de 1.983. Vamos a recordar las vidas de dos hombres unidos en unos hechos que ya son historia indeleble de Villena, como enviados del cielo para calmar con el feliz presente de la Imagen la amargura que la calamidad» de la guerra había derramado en todas las familias de la Ciudad.
Dos villenenses, Antonio Navarro Santafé y Leopoldo Hernández Amorós, que en una noche calurosa del año 39, como dos gentiles peregrinos, nos traían desde el modesto estudio escultórico madrileño, envuelta en mantas de apresurado embalaje, y en la lenta marcha nocturna del tren-correo, la Imagen de la Virgen Nueva, para que ya en su pueblo, las manos amorosas del artista le dieran los últimos toques en el clima, el olor y el color de la propia tierra.
Dejemos un apunte breve de sus biografías de «viyeneros legítimos», que es el título no oficializado, pero refrendado popularmente en la pluma eximia y sutil de José Menor Hernández, El Aguaor», en aquel artículo de la Revista de Fiestas de 1939 en el que nos recordaba los romeros traslados del día 5 desde el Santuario y formulaba una llamada abierta de austeridad social. Aquella resultaría su última colaboración impresa en sus magistrales artículos de ambiente y lenguaje local, ya que El Aguaor fallecería el 13 de enero de 1940.
Don LEOPOLDO HERNANDEZ AMOROS, nació el 24 de junio de 1904 en la entonces Calle Ancha n.° 34. Hijo de José María Hernández Amorós e Isabel Amorós Menor. Sexto hijo de una familia de nueve hermanos. Estudió la carrera eclesiástica en el Seminario de Orihuela de 1916 a 1929, y estuvo de ayudante en Alicante con el Obispo Irastorza hasta los sucesos de 1932 en que regresó a Villena. Secretario de la Junta de la Asociación de Nuestra Señora de las Virtudes constituida el año 1933 en una Asamblea de católicos villenenses, presentando el Reglamento aprobado en el Gobierno Civil como consecuencia de la legislación laicista imperante y obligados a construir una Asociación Civil al no reconocer los representantes del Ayuntamiento la personalidad jurídica husada en el derecho Canónico.
De 1939 a 1943 fue Coadjutor de la Parroquia de Santa María, entonces en el templo de la Congregación, trabajando intensamente en las tareas de reconstrucción y en la nueva instalación de las monjas Trinitarias, convertido en un solar el centenario convento e Iglesia situado en la calle del mismo nombre. Fue también Capellán del Asilo de Ancianos. Desde 1943, secretario familiar del Obispo de Orihuela don José García Goldáraz, después Arzobispo de Valladolid y Consejero del Reino, y al fallecimiento de ésta en 1973, se incorporaría como Canónigo a la Iglesia Concatedral de San Nicolás de Bari de Alicante, donde residió hasta su fallecimiento.
Era un archivo viviente de hechos y anécdotas de ambiente eclesial y público, que aderezaba con un buen sentido del humor. Por los años 20, con motivo de la visita a Guardamar y Orihuela de Alfonso XIII para inaugurar las instalaciones de Riegos de Levante fue escogido para ayudante de cámara o paje del Rey. Y es que don Leopoldo era persona de prestancia y representación. Ayudar a los paisanos que le buscaban en sus destinos influyentes le resultaba estimulante. Creo que esquilmaba la escribanía del señor Arzobispo. En mis conversaciones alicantinas yo solía tomar notas in mente de sus experiencias pasadas que él contaba con su simpática amenidad: su situación en Alicante durante la desventurada II República; su emboscamiento en Porzuna durante la guerra, en Sanidad; sus frecuentes visitas a Roma; sus relaciones con el Nuncio en España de su Santidad; con personajes destacados en la representación pública estatal; la explicación intramuros del Vaticano II, etc.
El que se sentía acérrimamente villenense, a medida que envejecía resultaba reiterativo en relatar su participación en el encargo y traslado de la nueva Imagen de la Virgen. Siempre le escuché como si de una noticia inédita se tratara, porque en medio de su desesperanza al recordar que casi todos sus amigos ya habían muerto, en contraste con los gratísimos recuerdos de la infancia, yo venía observando que aquel recuerdo le rejuvenecía.
Don ANTONIO NAVARRO SANTAFE, nació el 22 de diciembre de 1906, en la calle Cervantes n.° 8. Hijo de Miguel Canuto Navarro Perona y Virtudes Santafé Marcos. Séptimo hijo de una familia de nueve hermanos. Niño aún se trasladó a Madrid con toda la familia mientras los hermanos mayores emigraban a la Argentina. Ingresó en el Colegio Salesiano de la Ronda de Atocha pero pronto comenzaría a trabajar de botones en una sombrerería y en su labor conocería a futuros clientes de su actividad artística. Más tarde estudiaría en Artes y Oficios y en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Del 36 al 39 residiría en Villena, movilizado y prestando sus servicios en la industria militarizada de guerra, residiendo con su madre y hermanas en las viviendas de varios familiares y en la de su padrino de Bautismo don Antonio Martínez Hernández. nombrado primer Alcalde cuando se le hizo el encargo de la talla de la Virgen.
Poco después de la inauguración del Monumento a Chapí contrajo matrimonio con una villenense, Celia López Hernández, a la que como una nueva Mari Pepa tendría siempre cariñosamente como en un pedestal. Y vendría ya con más frecuencia a su pueblo. Durante las vacaciones le agradaba deambular por los rincones típicos y las viejas callecicas, pasear por la huerta imitando a los cazadores con su pequeño rifle de balines, con el fin de palpar su tierra y en el silencio de los campos soñar en futuros proyectos de su Arte.
Antonio pasó desde su niñez dificultades insalvables, pero su tenaz voluntad le llevó a alcanzar triunfos artísticos muy merecidos que él siempre recibía, me consta pensando en su pueblo. No vamos a relacionar sus obras, sus distinciones honoríficas, por harto conocidas, que culminaron cuando el 24 de abril del pasado año el Ayuntamiento le nombraba Hijo Predilecto. Su discurso en el Salón de Plenos, leído con emoción y entereza, merece figurar en las páginas antológicas de la mejor literatura local, porque Antonio sabía escribir con gracia y hondura. Se le dedicó también una calle, la de las Casicas de Hellín, después de renunciar anteriormente a otra dedicatoria. Y es que Antonio, «Antoñico» como siempre le llamaba su primo hermano y consejero en ocasiones, Diego García Navarro, era un hombre entero, un villenero de pro, y una persona buena. Su primera obra de la niñez no fue de carácter profano se la regaló a su primo mayor, y la conservo presidiendo el comedor de mi casa, heredada de mi abuelo materno. Es un bajo relieve en yeso; una figura del Niño Jesús, copia de una obra clásica del Renacimiento italiano.
Antonio, que leía a Arniches y Galdós, los cantores del Madrid que tanto amara, como su segundo pueblo, algunas veces recordaba aquella frase galdosiana: «Dios mío, qué malo es ser bueno». Todo su discurso municipal al que me he referido, fue una pieza de acendrada religiosidad y de inequívoco amor a su pueblo.
Siempre tuvo problemas en su actividad artística. Sus interlocutores, mecenas por delegación de recaudaciones colectivas insuficientes, no entendieron que la sensibilidad del creador artístico se desarrolla en onda distinta. No es momento de hacer relatos retrospectivos. El encargo de la Imagen atravesó dificultades controvertidas. En la Junta se contraponían dos criterios. Encargar la obra a imagineros de reconocida valía o a un hijo de Villena que sólo se le conocía por sus esculturas animalistas, después tan ensalzadas por el Conde de Yebes. Resultaban opiniones razonablemente lógicas. Pero al final ganó Villena. Como escribe Hernández Hurtado en una Revista de Fiestas antigua: «Volvió la Virgen, Virgen nueva que las manos de un villenero, no podían ser otras, tallaban solemnemente religiosamente, pensando que debía salir de su arte, de su alma, lo que tenía en su corazón, en sus ojos, en su fe, y en la historia de su pueblo. Trabajo sublime, delicado, que sólo el amor podría realizar...».
Pero Antonio siempre decía que aquella obra fue un regalo de su madre, que la dirigió ella misma: - «No Antonio, el Niño Jesús no era tan guapo. Tenía cara de patatica arrugaica». - «La cara de la Virgen era más rancia...». Y Antonio, como único modelo unas viejas estampas, se esforzaba, sufría, se desalentaba y volvía otra vez a su trabajo, con el aliento devoto de su madre. Se documentó profundamente y completó la Imagen vistiéndola de túnica medieval tallada, ya que al aparecer la imagen antigua era de las llamadas de arzón. No en vano cuenta Zapater Ugeda en su Historia, que en el siglo XI, en que florecía el Cid Campeador, era ya conocida la advocación mariana de Nuestra Señora de las Virtudes, y que según se lee en la Crónica del Cid, cuando se retiró a Valencia, fundó nuevas parroquias, y a la que estuvo más cerca de su Alcázar le dio el título de «Santa María de las Virtudes», cuyo templo fue después Catedral y que subsiste hoy con el nombre de parroquia de San Esteban.
Hemos tratado de redactar esta colaboración para la Revista Anual, haciendo el relato de dos vidas, inicial y finalmente paralelas en el eje diamantino de la Virgen de Villena.
Leopoldo y Antonio convivieron de niños en ese primer tramo de la calle Cervantes, pleno de familias amplias, hasta de diecisiete hijos, hogares de pucheros grandes aunque en ocasiones cortos. Familias firmes en la religiosidad del trabajo y de la Misa de Alba. Allí compartirían juegos, peseres y alegrías, fiestas y padrinazgos los Hernández Amorós, Menor y Menor, Navarro Santafé, Martínez Hernández, López-Motilla, Belando López, etc. Hasta se llegaban a compartir en la nacencia las amas de leche, creando nuevos lazos de familiaridad entrañable.
Hernández Amorós, Canónigo de San Nicolás, fallecía en Alicante el día 1 de septiembre de 1983, a las 5,40 de la mañana.- Navarro Santafé, escultor, fallecía en Villena el día 16 de septiembre de 1983, a las 5,40 de la tarde.- Ambos dentro de la Octava anterior y posterior del DIA DE LA VIRGEN.
Son unos hechos que me han hecho meditar profunda y altamente. Para las mentes racionalistas sin más la explicación puede basarse en la simple casualidad, porque hechos y aconteceres pueden siempre enhebrarse con imaginación. - Para las personas creyentes se trataría de una casualidad causal, porque los misterios de la Providencia son inescrutables. ¿Donde está la respuesta y la explicación?.
YO SOLO SE que en la conmemoración anual de días tan paralelos procuraré dejar prendida a los pies de la Virgen, junto a los Peregrinos, una Oración en recuerdo, homenaje y por el bien de las almas de estos dos «Viyeneros legítimos». IN MEMORIAN.
MARTÍN MENOR GARCÍA
Extraído de la Revista Villena de 1984

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