1985 LA FAUNA VILLENENSE Y LA DESECACIÓN DE LA LAGUNA

LA FAUNA VILLENENSE Y LA DESECACIÓN DE LA LAGUNA
Es todavía reciente la publicación de un libro de sugestivo título: «Espacios naturales. Provincia de Alicante», en el que ha colaborado un nutrido grupo de especialistas. Figuran en el libro la «Peña Rubia», la «Sierra de Salinas» y la en otros tiempos famosa «Laguna de Villena», de la que se dice que, pese a estar desecada, tiene una gran importancia porque forma parte del conjunto de zonas húmedas del eje del Vinalopó, integrado por el propio río, la «Laguna de Salinas», el «Pantano de Elche» y las «Salinas del Brazo del Puerto». Se habla también allí del aprovecha-miento del suelo y se dice que la ganadería desempeña un escaso papel, y que la cabaña más numerosa era la lanar, junto a los ganados cabrío y vacuno. Algo de esto es lo que nos interesa comentar, porque ya era así hace tres milenios.
Puentecillo del Salero (foto Soler)
La línea de los llamados «Cabezos» limitaba la «Laguna» por el Este, y entre ellos se encontraba el «Cabezo Redondo», importantísimo yacimiento de la Edad del Bronce en el que realizamos dos campañas de excavación durante los años 1959 y 1960, cuyos resultados van a ser publicados muy en breve.
En el curso de aquellas campañas se recogió una ingente masa de huesos de fauna, parte de los cuales fueron analizados por los especialistas alemanes Ángela von der Driesch y Joachin Boesneck, quienes publicaron los resultados obtenidos con 33.550 de aquellos huesos, ya que 5.600 no se pudieron identificar. Es el análisis de este género más importante de los realizados hasta ahora en la Península, y obligado punto de referencia para cuantos se dedican a estas cuestiones. El inventario de las especies, con el número de huesos de cada una, es el siguiente:
Caballo (Equus caballus) 550
Buey (Bos taurus) 2.350
Oveja/cabra (Ovis aries/capra hircus) 25.000
Cerdo (Sus domesticus) 1.150
Perro (Canis familiares) 340
Conejo (Oryctolagus cuniculus) 3.420
Ciervo (Cervus elaphus) 230
Corzo (Capreolus capreolus) 1
Cabra montés (Capra pyrenaica) 43
Jabalí (Sus scrofa) 20
Zorrro (Vulpes vulpes) 7
Tejón (Meles meles) 4
Lince (Linx pardina) 2
Liebre (Lepus capensis) 117
Pequeños roedores 149
Erizo (Erinaceus europaeus hispanicus) a
Zampullín chico (Podiceps ruficolis) 1
Garza (Ardea cineraria) 1
Flamenco (Phoenícopterus ruber) 2
Espátula (Platalea leucorodia) 3
Ganso blanco (Anser alvifrons) 3
Tarro blanco (Tadorna tadorna) 1
Anade real (Anas platyrhynchos) 4
Cerceta carretona (Anas guerguedula) 1
Aguila (Aguila sp.) 1
Milano real (Milvus milvus) 1
Perdiz (Alectoris rufa) 27
Codorniz (Coturnis coturnis) 1
Grulla (Grus grus) 14
Focha común (Fulica atra) 1
Avutarda (Otis tarda) 13
Aguja colinegra (Limosa limosa) 1
Paloma bravía (Columba livia) 6
Paloma torcaz (Columba palumbus) 3
Mochuelo común (Athene noctua) 2
Lechuza campestre (Asio flammeus) 3
Corneja (Corvus corone) 2
Cuervo (Corvus corax) 7
Pequeño pájaro 1
Galápago común (Emys orbicularis) 14
Tortuga agua dulce (Clemmys caspica leprosa)3
Lagarto común (Lacerta lepida lepida) 5
Culebra (Elaphe escalaris) 1
Sapo (Bufo calamitas) 2
Sapo nocturno (Pelobates cultripes) 1
Rana de llanura (Rana ridibunda perezi) 1
Barbo (Barbus meridionalis) 2
TOTAL HUESOS IDENTIFICADOS 33.550
HUESOS NO FDENTIFICADOS 5.600
Salero Penalva (foto Soler)
Hemos de destacar que el «zampullín chico», la «garza real», el «flamenco», la «espátula», el «ánsar careto grande, el «tarro blanco», el «ánade real», la «cerceta carretona», la «focha común», la «grulla común», la «avutarda» y la «aguja colinegra» tenían su hábitat natural en la laguna o pasaban por ella durante sus migraciones, y señalemos también que el «ánsar careto grande» no existe actualmente en toda la Península Ibérica y se ha refugiado en Bretaña y en la costa mediterránea francesa. Era, pues, lo que podríamos llamar un lujo de nuestra fauna.
Las fechas obtenidas para la datación del Cabezo Redondo por el Carbono radiactivo lo han situado entre el 1650 y el 1300 antes de Jesucristo, y habían transcurrido desde entonces más de tres mil años cuando don Juan Manuel escribió que Vi-llena era el mejor lugar de caza que nunca viera, y que desde el castillo podrían contemplar la caza de ciervos y cabras monteses y verle la cara al que mataba los jabalíes. Se lamenta, sin embargo, de que había muchas águilas, lo que hoy nos parece extraño en un cazador, aunque tiene su explicación en que las águilas no se cazaban con azores, que era la especialidad de don Juan Manuel y el procedimiento reservado para las capas altas de la población.
Salero Nuevo (foto Soler)
También nos dice que de lo alto del alcázar podría observarse la caza de ánades, garzas, grullas, perdices, codornices y flamencos, aves que le parecían muy hermosas y muy fáciles de cazar, a no ser por la dificultad de sacarlas del agua, porque siempre estaban en una muy gran laguna de agua salada. Añade don Juan que habían garzas y ánades en algunos lugares entre Villena y Sax, y garzas y flamencos en la laguna grande de Salinas. Durante tres milenios, pues, no habían sufrido deterioro aquellos espacios naturales.
Quienes en 1575 redactaron la «Relación de Vi-llena», dicen, sin más comentarios, que en medio del término había una laguna grande que la mayor parte del año estaba con agua y que había salinas en sus orillas. Y otro cronista villenense, el padre Vila de Hugarte, cura de Santa María, en otra «Relación» redactada en 1780, dice que Villena tenía una famosa laguna por la variedad de aves que en ella se encontraban, lo que es un precioso testimonio de que, en el siglo XVIII, seguía siendo la Laguna el espacio natural de antaño.
"Cabezo Redondo" una visita de las excavaciones (foto Soler)
Pero ya se cernían serias amenazas sobre aquella riqueza que Villena había tenido la fortuna de poseer desde mucho antes de su nacimiento como entidad urbana. En 1760, veinte años antes de que el padre Vila escribiera su «Relación», la ciudad de Elche, a la que el infante don Manuel había cedido en 1270 el agua de Villena que se pudiera llevar, prometiéndole además ayudarle en la mitad del coste, se interesó en un proyecto de desagüe de la Laguna en busca de manantiales de agua dulce que aumentaran las aportaciones que recibía. Se argumentaba que Villena aumentaría de este modo la extensión de sus cultivos y evitaría las eventuales y peligrosas crecidas en tiempos lluviosos, y se alegaba además el peligro de las fiebres tercianas, cuando entre el pueblo circulaba el proverbio de que «por tercianas no doblan campanas».
El "Cabezo Redondo", 
en el centro. A la izquierda, el de "Las Cuevas" (foto Soler)
Las poblaciones de la cuenca medio del río, Sax, Elda, Novelda, temerosas de que las aguas saladas de la Laguna se mezclasen con las sobrantes de Villena que venían recibiendo desde antiguo, presionaron con fuerza y consiguieron que se suspendieran por entonces las obras de desecación. Pero Elche no cejaba, y consiguió que, en 1795, el arquitecto regio Juan de Villanueva, tras una minuciosa inspección, elevara un detallado informe a Carlos IV. A él se debe, probablemente, el plano con que ilustramos este artículo, que se conserva en la Biblioteca Nacional y que hemos obtenido gracias a los buenos oficios de Jerónimo Ferriz y a la colaboración del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Por Real Orden de 23 de abril de 1803, Carlos IV le dio amplios poderes a Villanueva para proceder a la desecación, y aún le llamamos «Acequia del Rey» a la que se abrió por entonces para el desagüe, quizá para que no olvidemos nunca quién cometió el desaguisado.
No vamos a detenernos aquí en todo el proceso de la desecación, no siempre pacífico, del que se han ocupado con solvente amplitud nuestros paisanos Sebastián García Martínez y José Luis Hernández Marco. Los mayores enemigos de la desecación, aparte de los pueblos de aguas abajo, fueron algunos miembros de la oligarquía local, y no por motivos ecológicos, claro está, sino como propietarios y usuarios que eran de las tierras de pastos. Recuérdese la sentencia que, en 1509, dictó el Gobernador del Marquesado contra varios vecinos de Villena que, por propia decisión, habían arado, labrado y sembrado una dehesa en la Macolla, lo que, según el criterio oficial, iba en perjuicio de la villa y sus vecinos, «porque la dicha dehesa es para nodrimiento de los ganados; vacas, bueyes y otras alimañas»
También hubo manifestaciones en sentido contrario. En 1525, los vecinos presentaron una enérgica petición en el Ayuntamiento para que no se consintiera el paso por la huerta y sus acequias del ganado que se traía a la carnicería de la ciudad, con amenazas de que, si no se ponía remedio, cada uno de los firmantes defendería sus heredades como mejor le pareciera, cargando sobre el Concejo la responsabilidad de las muertes y escándalos que pudiera ocurrir. Esto nos recuerda, en pequeña escala, las luchas entre ganaderos y agricultores del oeste americano que el cine ha puesto tantas veces de relieve ante nuestros ojos.
Panorámica actual aérea del terreno que ocupó la antigua "Laguna de Villena", en sus extremos, el "Salero Viejo", "El Salero Nuevo", y el "Salero de Penalva"
El siglo XVIII fue especialmente funesto para la fauna villenense. Antes de decretarse la desecación de aquél hábitat natural para tantas aves. desde 1720 hasta 1758 que sepamos, se gastó el Ayuntamiento más de 3.500 reales en gratificar a loberos profesionales a razón de 22 reales por cada lobo o cría de cuatro a siete lobeznos «lechuzos» o «mamuzos», términos éstos, dicho sea de paso, derivados de «leche» y de «mamar», que ignora la Real Academia Española y no figuran tampoco en ninguno de los diccionarios consultados. En alguna ocasión, aclara el Ayuntamiento que aquellas cantidades se pagaban «de limosna por el beneficio que se hacía a los ganados». Cerca de cuatrocientas piezas se cazaron durante aquellos años en todas las sierras del término: 8, en la de la Villa; 20, en la del Morrón; 7, en la Herrada del Rocín; 39, en la Alhácera: 26, en la Peña Rubia, y 82, en la sierra de Salinas, de los cuales, 26 lo fueron en la Fuente del Lobo, lo que prueba el acierto de su denominación. También se contaba las patas de pájaros para pagar a los depreda-dores humanos que los mataban.
Además del atentado ecológico que supuso la desecación, tuvo que sufrir la Laguna muchos otros de tipo económico-social, y no fue el menor de ellos el que Fernando VII, porque le diera la real gana, hiciera donación de aquella finca al hijo del general absolutista Francisco Javier Elío, «con todos sus derechos, rentas. emolumentos, regalías y preeminencias para que pudiera mantener y conservar con decoro, lustre y esplendor correspondientes al glorioso título de Maques de la Lealtad», que le acababa de conceder.
PLANO TOPOGRÁFICO DE LA LAGUNA DE VILLENA
Este inicuo atropello fue impugnado en las Cortes, con su habitual elocuencia, por nuestro paisano Joaquín María López, alegando, entre otras razones, que la Laguna era propiedad de la nación y no del Rey, y fue tan decisiva su intervención que, por decisión gubernamental, la Laguna volvió a ser patrimonio del Estado. No sería por mucho tiempo, porque, en 1845, la Junta Superior de Bienes Nacionales vendió el dominio directo de aquella finca en pequeños lotes que, como era de esperar, fue acaparando un ricachón foráneo, el Marqués de Remisa. para compartirlo después con Segismundo Moret y cederlo luego a otros terratenientes adinerados. La desecación no constituyó, pues, el triunfo de los agricultores sobre los ganaderos. Los verdaderos agricultores, es decir, los «laguneros», tuvieron que seguir luchando para redimir los censos y diezmos que tenían que pagar a los propietarios.
Han pasado cerca de dos siglos desde que la Laguna se desecó, y hoy no parece que aquel espacio despierte la codicia de nadie. Y cuando desde lo alto del Castellar contemplamos aquella enorme extensión de tierras grises que formaban su álveo. nos lo imaginamos cubierto por un manto de aguas verdosas en las que nadan ánsares, garzas y espátulas, y los flamencos ondulan sus largos cuellos para hundir sus picos en los barros del fondo. Es sólo una ilusión, porque la Fuente del Chopo, matriz de la La-guna, está muerta, como lo están también la del Bordoño, la de las Borbollitas, la de los Chorros..., y como lo está también toda aquella fauna que alegraba la vida de nuestros antepasados del Cabezo Redondo y hacía exclamar a don Juan Manuel que Villena era el mejor lugar de caza que nunca viera. La mataron las aguas de la Laguna, que fueron dejando sus cadáveres en el fondo de esa Acequia del Rey Carlos IV, de tan ingrato recuerdo.
Extraído de la Revista Villena de 1985

2 comentarios:

José Vicente Pardo dijo...

Dios mío!! que TREMENDA CATÁSTROFE y parece que a nadie le importe...
La ciudad de Elche debería pagar una gran indemnización a Villena por tan injusto delito contra su patrimonio natural de Villena.

José Vicente Pardo dijo...

El agua de la laguna de Villena está aquí: https://www.google.com/maps/place/Pantano+De+Elche/@38.3093723,-0.7211577,1279m/data=!3m1!1e3!4m6!3m5!1s0x0:0x3b398c8878592dc0!4b1!8m2!3d38.3070824!4d-0.7213238

En el pantano de Elche, los ilicitanos nos la robaron.

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