IMPORTANTÍSIMO TESORO DESCUBIERTO EN VILLENA PIEZAS DE ORO DE HACE TRES MIL AÑOS "EL CASO"

IMPORTANTÍSIMO TESORO DESCUBIERTO EN VILLENA
PIEZAS DE ORO DE HACE TRES MIL AÑOS
CONSTITUYE UNA IMPORTANTE ADQUISICIÓN ARQUEOLÓGICA PARA LA CIUDAD
El delegado regional de la Sección Nacional de Excavaciones, señor Tarradell, contemplando con su colega de Villena, señor Soler García, y el abogado don Alfonso Arenas (al extremo derecho de la fotografía) y un amigo de éstos, las joyas descubiertas
Hasta Villena, la ciudad alicantina que, flanqueada por su esbelto castillo, aparece en una altura de la ruta que va desde la «mejor tierra del mundo» a la capital de España, en menos de una semana han llegado mensajes postales y telegráficos de América. Asia, África y Europa, rogando el envío de antecedentes, detalles y noticias del portentoso hallazgo de un tesoro —oro puro labrado con extraordinario arabescos— que puede barrer con su presencia material muchos equívocos, errores y suposiciones que hasta ahora imperaban en el mundo de la Arqueología.
14 diciembre de 1963 EL CASO
Las llamadas telefónicas desde todo nuestro país y de las principales ciudades de Europa, de centros investigadores y de hombres de ciencia dedicados a esta rama se suceden a toda hora, preguntando detalles y anunciando su pronto arribo a Villena para contemplar de cerca y en persona esta asombrosa maravilla, que hará luz en infinitas sombras hasta la fecha imposibles de aclarar. Y no es de extrañar. Este descubrimiento, ocurrido en las tierras hidalgas y hospitalarias de Alicante, no es uno más. Este rebasa toda la fantasía humana. Aquí no se escenifica ese hallazgo de turno, en que salta en una pared, en un muro de casa señorial, en una honda cueva montaraz o en el zafio pavimento de una cocina campesina o amparada en un olivo la clásica olla rebosante de oro amonedado, de joyas que sus dueños ocultaron para evitar los golpes rapiñeros de esas pandillas de facinerosos que caían sobre los pueblos, aldeas, villas y hasta ciudades de España, lo mismo en Andalucía, Extremadura, Galicia, Aragón o Castilla, operaciones punitivas de despojo, donde en la mayoría de los casos los ocultadores, pasados a cuchillo por los salteadores, se llevaban a la sepultura su precioso secreto, para que al cabo de los años o los siglos una simple remoción de tierras, un derrumbe de viejas casonas, o un arreglo urbano labraran la felicidad material de quien diera con la olla, el saco o el paquete ocultos.
Retrocedamos con el pensamiento a los últimos días del pasado mes de noviembre, concretamente al viernes 22, y a las once y pico de su mañana. Por uno de los arrabales de esa cuidada y bella ciudad de Villena —verdadero ejemplo de ordenación urbana; de calles amplias, limpias, de aspecto impecable, logrado por un modelo de alcalde, don Luís Cervera, avalado por un Ayuntamiento honesto y amante de su ciudad— penetra un camión cargado de tierra y piedra recogidas en terrenos comunales, a siete kilómetros de distancia, y que se acarrea casi a diario para diversas obras, cuyos propietarios las solicitan previamente, conduce el vehículo el chófer Juan Calatayud, que llega sin anormalidad alguna hasta la valla de madera que da entrada a una casa en construcción. Como de ordinario, comienza, la faena de descarga. El chófer voltea el resorte trasero y la tierra y la piedra saltan del camión y se amontonan al píe de las graveras, adonde la carga pasará seguidamente para convertirse en mezcla para engrosar la obra. De repente, de entre el aluvión de tierra y piedra surge una extraña pieza, que es recogida del mismo fondo de la gravera por el albañil Francisco García Arnedo, que comenta jocoso con el chófer:
- ¿Qué traes aquí, Juan? Esto ni es piedra ni tierra. Si no me doy cuenta pudiera haber averiado la trituradora.
El chófer salta del camión y examina aquel objeto redondo, de metal, abierto por un lado, de factura recia, con un peso de cerca de medio kilo y cubierto de mugre y tierra pegadiza.
- Claro que no es piedra ni tierra. Seguramente es una rosca, que ha perdido algún camión o que ha sido tirada por inservible. No tiene importancia el hallazgo. Lo dejaremos ahí colgado por si da suerte.
Las autoridades arqueológicas con el alcalde de Villena, don Luis Cervera, recorriendo la rambla Cascante, donde fue hallado el fabuloso tesoro.El delegado regional de la Sección Nacional de Excavaciones, señor Tarradell, contemplando con su colega de Villena, señor Soler García, y el abogado don Alfonso Arenas (al extremo derecho de la fotografía) y un amigo de éstos, las joyas descubiertas.
Y en un clavo de la puerta de la valla, dejan por el momento colgada aquella extraña rueda, rota según su leal entender, que tiene una amplitud de ocho centímetros de circunferencia y una altura de casi la misma medida. Pero esta escena, sin importancia aparente; ya que no descubre nada, era presenciada, entre otras personas que miraban la descarga del camión, por un gitano llamado Francisco Contreras Utrera, hombre de unos treinta y pico de años, que llamó la atención al chófer y al albañil con este ruego: - Si decís que eso nada vale yo os pediría que me lo dieseis. Eso, atado con un cordel, serviría de diversión a mi pequeño, que desgraciadamente no tiene ningún juguete.
El chófer y el albañil se miraron al oír las frases del gitano, se echaron a reír y exclamaron: - Poca diversión le vas a proporcionar a tu hijito, pero llévate esa rueda, que aquí no sirve para nada.
El calé Francisco Contreras Utrera se hizo cargo de aquella rueda, se la echó al bolsillo y después de dar las gracias insistió:
- Claro que no se trata de un muñeco ni otro juguete vistoso, pero para él, que no ha tenido nunca con qué alegrarse, acaso esta rueda le haga ilusión y no dé trabajo a su madre. Y se marchó el gitano tan satisfecho, mientras en la obra se reanudaba la tarea y aquella carga de tierra y piedras caía para ser triturada en la máquina y convertirse en grava, tan precisa para el cimentado y muros del edificio en construcción.
Cuando Contreras Utrera llegó a su casa buscó un cordelillo largo, ató éste a la rueda y se la entregó a su hijo, que alegre y dando gritos se la llevó a la calle como si tirara de un carrito. El gitano comentó lo sucedido con su mujer y exclamó comprensivo:
- Fíjate, mujer, con qué poca cosa se conforma esta criatura.
Y no se habló más. Mientras. el gitanillo recorrió durante todo el día las callejas del barrio, arrastrando aquello que en su infantil ilusión creía un carrillo, y hasta dio cierta envidia a otros arrapiezos de su edad. A la hora de irse a dormir, el chiquillo dejó su «carro» junto a su cama. Lo arropó la madre y al ir a salir de la habitación advirtió la mujer que aquella rueda tenía un aspecto diferente a cuando la trajo su marido. Posiblemente, del arrastre durante tantas horas por el pequeño a través del barrio se le había desprendido la tierra negruzca y parte de la mugre que antes se apelmazaba en el metal, y éste había adquirido un pálido color de rosa. La cogió, intrigada, la llevó donde estaba su marido y le advirtió aquel cambio:
- Mira, Pancho, esto puede ser de cobre, y eso lo compran, y no estamos para desperdiciar ningún dinero por poco que sea. Así es que mañana voy a ir a una joyería, la de don Carlos Miguel, en la calle Mayor, y él me dirá si vale algo.
Francisco Contreras Utrera lanzó una carcajada y exclamó:
- Tu siempre estás viendo fantasmas donde no los hay; pero, en fin, puedes llevarla a donde quieras. Pero verás cómo no, te dan ni una peseta. Y si es así, tráela para que el niño siga jugando con ella.
Estos muchachos son hijos de los hermanos Domenech, e iban con sus padres en el momento del sensacional descubrimiento.
Y la mujer, al día siguiente, corrió a la joyería de don Carlos Miguel Esquembre Alonso establecida en la calle Mayor, y se la enseñó. La tomó en sus manos el comerciante y comenzaron las sorpresas. Aquella rueda pesaba cerca de medio kilo, y tal peso no lo daban, por su tamaño, ni el bronce ni el acero. Vio también, sorprendido, aquella coloración extraña y advirtió, inquieto. que por la parte exterior presentaba un trabajo de orfebrería extraordinario. Ya francamente inquieto tomó los ácidos, raspó sobre la piedra un trozo pequeñísimo de la parte interna y comprobó tajantemente su opinión: aquella pieza era un soberbio brazalete maravillosamente labrado y se trataba de oro puro, de ese oro de 24 quilates que ya no se usa y apenas se conoce. Sin darse por aludido de lo que traía le dijo a la mujer:
- Vete ahora mismo a casa de don José María Soler y que vea esta rueda. El podrá decirte si tiene algún valor y dónde puedes venderla.
Corrió al domicilio del señor Soler García, que ya esperaba impaciente a la gitana, pues antes de que esta llegara ya el joyero le había dicho por teléfono:
- Ahí va la mujer de Contreras Utrera el gitano que lleva algo que te asombrará y cae dentro de tu cargo de delegado local de Excavaciones Arqueológicas. Es algo maravilloso.
Apenas frente a él la gitana tomó en sus manos las «rueda» la sopesó, examinó los cincelados, comprobó extraordinario de su valor arqueológico y advirtió a la visitante, tras conocer la historia del camión de la rueda y de su entrego por el chofer y el albañil para que jugara su hijito:
- Esta maravilla arqueológica no puede salir ya de aquí. Se trata de un verdadero tesoro, es de oro puro y hay que denunciar el encuentro a las autoridades.
A la mujer de Francisco Contreras Utrera, aquello de denunciar lo que ocurría a las autoridades no le hizo ninguna gracia. Se asustó, y aunque, como su marido, son gitanos de conducta, irreprochable, no hizo la menor objeción y se marchó a su casa a contar al gitano lo que pasaba.
El señor Soler García, como funcionario de la Dirección General de Bellas artes, se puso inmediatamente al habla con las autoridades, y éstas, en una rápida investigación, comprobaron la veracidad de le dicho por la gitana y su marido, y por su parte el chófer y el albañil explicaron lo que había ocurrido, dónde se había cargado la tierra y cómo sin pensar de qué se trataba se la habían regalado al gitano.
Ya es hora de que hablemos de la relevante personalidad - se le conoce en todos los centros investigadores y en las instituciones arqueológicas del mundo entero - de don José María Soler García, que, ostenta la categoría de delegado local de Excavaciones Arqueológicas, cargo completamente honorífico, sin remuneración alguna, y que dicho señor atiende con verdadera devoción, por ser un gran fanático en tan delicada materia. Pero dicho señor, que carece de bienes de fortuna, tiene que ganar el pan de cada día trabajando como contable en una factoría de Villena. Y este hombre, benemérito por tantos conceptos., acepta toda suerte de sacrificios económicos, pero en sus ratos disponibles, y hasta restando horas al sueño y a su familia, ha dado frutos a la Arqueología que son la admiración de la Dirección General de Bellas Artes y el orgullo de Villena, donde todo el vecindario le respeta, quiere y le tiene catalogado como un verdadero sabio en esa profesión delicadísima, que nada le produce materialmente y sí muchos trabajos y desvelos:
El señor Soler García, cuya afición desbordada hacia los misterios de la Arqueología data desde hace un cuarto de siglo, ha logrado reunir, en un cuidadoso y pulcro museo, verdaderas maravillas, descubiertas por su constante esfuerzo en los campos, montes y barrancos de las cercanías de Villena, tierra pródiga en hallazgos arqueológicos verdaderamente notables, que se agrupan ordenadamente en unas vitrinas magníficas. Allí se advierte la presencia de más de sesenta mil piezas de pedernal, de maravillosas puntas de flechas silíceas, espadas, una talla en piedra muy semejante a la de la famosa «Dama de Elche». También ha registrado cuevas, que logró descubrir, tales como la «Huesa Tacaña», donde encontró restos materiales de sílex. Otra cueva, conocida por «El Lagrimal», que señala la presencia y auge en estas tierras de los períodos neolítico, paleolítico y la Edad del Bronce, que adquiere en esta zona villenense una importancia enorme para los investigadores arqueológicos. Y todo esto, más el descubrimiento de poblados prehistóricos, donde debieron vivir gentes dedicadas al pastoreo y a la caza de una manera semi-trashumante. Así lo ha demostrado y comprobado este honesto contable en las llanuras abiertas, como la de «La casa de Lara» y en las alturas de «Monte Morrón» y «Cabezo Redondo».
El industrial zapatero de Villena Enrique Domenech Albero, que puso al descubierto el famoso tesoro.
Pero el señor Soler García ha hecho adeptos verdaderamente fanáticos en estos trabajos de investigación. Desde hace más de quince años le acompaña en sus excursiones semanales un modesto industrial zapatero, don Enrique Domenech Albero, que también coopera desinteresadamente, y que vive en la avenida de Alicante, número 8. Posteriormente se unió a estos dos hombres esforzados un hermano del zapatero, llamado Pedro, obrero agrícola domiciliado en la calle de Juan Carrera López, 22, y finalmente los padres ilusionaron a sus pequeños hijos de los mismos nombres -dos muchachillos de doce y catorce años-, que dejando sus juegos infantiles formaban parte de las expediciones integradas por los autores de sus días y por el señor Soler García.
Cuando el reportero se presentó el pasado jueves en Villena, ya las autoridades superiores conocían el lance del brazalete del gitano y otro hallazgo posterior en el mismo lugar donde se cargó el camión tripulado por el chófer Juan Calatayud, que encontró otro brazalete de menos peso y dimensiones, y que se apresuró a entregarlo a las autoridades, comprobándose que era de las mismas características arqueológicas que el primero, y además señaló sobre el terreno, dónde estaban tales maravillas. Cuando nos entrevistamos con el señor Soler García en su domicilio acababa de llegar a Villena y charlar con el benemérito investigador el catedrático de Arqueología de la Universidad de Valencia, don Miguel Tarradell, delegado de zona del Servicio Nacional de Excavaciones, que vino de la ciudad del Turia para contemplar el fabuloso tesoro encontrado posteriormente a los brazaletes ya citados.
El señor Soler García, que es un sugestivo y ameno conversador, nos cuenta a los presentes de una manera detallada lo sucedido, que marca una fecha de orgullo y gloria para la arqueología y la comarca de Villena.
Pedro Domenech Albero, que con su hermano Enrique formaba parte de la expedición.
Completamente seguro de que aquellos dos brazaletes eran el prólogo de otros hallazgos de capital importancia para la arqueología hispana, preparó una excursión para el domingo 1 de diciembre a la antiquísima rambla de Cascante, que separa el monte Morrón y la Solana, todos ellos propiedad del Municipio villenense, que distan seis kilómetros y pico de la ciudad. Las grandes inundaciones de pasados tiempos han provocado desplazamientos de tierra, erosiones múltiples en la calzada., hasta convertirla en un auténtico barranco, que a la derecha tiene un socavón general de más de un metro de altura. Haciendo verdaderas proezas, los camiones pasan por tan peligroso lugar, y en sus alrededores cargan las tierras y la piedra que más tarde se transforman en grava para edificaciones.
Para ayudar al señor Soler García en esta nueva investigación integraron la expedición los hermanos Domenech Albero y sus hijos respectivos, Enrique y Pedro. Llevaban comida para no perder tiempo en regresar a la ciudad al mediodía. Emprendieron la marcha al llegar a la famosa rambla de Cascante, los tres hombres iniciaron su exploración, seguidos atentamente por los pequeños. Realizaron lo menos ocho cortes relativamente profundos durante toda la mañana, sin que lograran éxito alguno, por lo que suspendieron los trabajos para comer al aire libre. Cerca de las tres reanudaron su labor, esta vez más intensa que la anterior.
Una hora y diez minutos de esfuerzos inútiles.
Pero súbitamente, el industrial zapatero don Enrique Domenech Albero dio un grito de alegría, que más se parecía a un rugido de triunfo. - Señor Soler, Pedro, aquí ha surgido algo extraordinario y antiquísimo. Se precipitaron hacia aquel sitio los aludidos y comprobaron que Enrique Domenech, al hacer saltar una piedra de regular tamaño había puesto al descubierto, incrustado en el suelo, una especie de cuenco de barro, amplio, renegrido por el tiempo, donde envueltas en tierra, abarrotadas, se entonaba una diversidad de piezas.
- ¡Esto es increíble! Se trata de un tesoro como nunca se vio otro.
El señor Soler García sacó un papel de la cartera y escribió precipitadamente unas líneas y encargo a los muchachos de sus colaboradores en aquella hazaña que pronto seria histórica, que marcharan a Villena y la entregaran al ilustre abogado don Alfonso Arenas, persona muy versada en Arqueología, que se quedó asombrado al leer aquellas líneas que decían; «Alfonso, hemos encontrado un tesoro gigantesco, de calidad y antiquísimo. Ven rápido con un fotógrafo, un «flash» y luces. - Soler.»
El destinatario, visiblemente contagiado por el éxito, que aún no conocía a fondo, no perdió un momento en obedecer al autor del mensaje, y a la media hora, en su propio coche, con el fotógrafo, llegaba a los pedregales de la famosa rambla de Cascante, donde ya su amigo y sus colaboradores, con infinitos cuidados, habían extraído el cuenco de su encierro.
- Esto es fantástico, Alfonso -gritó el señor Soler al abogado-. No creo que jamás, ni en ningún otro sitio, se haya descubierto nada que se asemeje a esta maravilla.
Lo encerrado en el cuenco era nada menos que once especie de soperas o recipientes de excepcional tamaño, labradas exquisitamente con dibujos de gran belleza; había otras dos de más reducido tamaño, pero de igual diseño y dibujo; tres anforillas, dos de oro y una de plata, de regular volumen; veintidós brazaletes o pulseras, dieciocho con arabescos y tallas y cuatro lisas, de una belleza artística sin igual. Había también quince piezas labradas con una maestría singular, un botón, una especie de tapón y varias horquillas.
Apenas terminada esta clasificación portentosa, se procedió a quitarles a tales piezas la capa de tierra y suciedad que tenían, y como por arte de brujería adquirieron en el acto el resplandor restallante característico del oro puro. Todo lo encerrado en el cuenco de barro descubierto en la rambla de Cascante estaba maravillosamente conservado y la filigrana y los dibujos y arabescos eran de una pureza de líneas inigualable. Seguidamente se procedió a pesar todo aquello y arrojó la cifra de quince kilos setecientos noventa gramos de oro, sin contar la anforilla de plata y una especie de tazones de igual materia, pequeños, que la acción de los siglos que llevaban enterrados había casi pulverizado.
Ya clasificadas y pesadas las maravillosas piezas, se dio cuenta del descubrimiento a las autoridades de Villena, Alicante y Madrid.
Hemos hablado con el catedrático de la Universidad de Valencia, que es, como ya decimos en líneas anteriores, delegado de zona del Servicio Nacional de Excavaciones, y con el abnegado arqueólogo señor Soler García, acerca del calibre histórico, arqueológico y artístico del tesoro, y ambos nos dicen:
- Sin reserva alguna, puede decirse que todas estas piezas, del mejor oro conocido, macizas, y que van en peso desde los ochenta gramos hasta los quinientos, tienen un valor intrínseco muy grande, que queda oscurecido ante su valor arqueológico, que es formidable. Todas, absolutamente todas, se remontan a la Edad del Bronce, y tienen una antigüedad de más de mil años antes de Jesucristo, lo que significa más de tres mil hasta nuestros días. Como podrá usted advertir, están conservadas estas joyas maravillosas perfectamente. Su trabajo de orfebrería es fantástico. Resulta asombroso constatar su conservación a través de treinta siglos y pico de hallarse enterradas. Pero lo que aún desconcierta más es que hasta estos momentos, por estas tierras levantinas han sido escasísimos tales descubrimientos a base de oro, ya que sólo se conocían en Andalucía, Galicia y otras regiones de nuestro país. Aquí se han localizado poblados antiquísimos y se han encontrado piezas de hierro y piedras de tan remotísimo tiempo, pero nunca a base de metales preciosos como éste de la rambla de Cascante. Vestigios en piedra de las épocas que van desde el paleolítico y neolítico hasta el romano, pero esto rebasa y desborda todo lo que un amante de la Arqueología pudiera apetecer. Hallazgo de oro tan sólo hubo uno hace unos cinco años, muy cerca de Cabezo Redondo, a dos kilómetros escasos de esta rambla de Cascante, que ha culminado con este hallazgo inusitado de piezas tan prodigiosas.
- ¿Proyectos?
- Pues ahora, a preparar todo lo que se ha encontrado para que puedan venir a contemplarlo los investigadores, amantes y curiosos de la Arqueología. El director general de Bellas Artes, don Gratiniano Nieto Gallo, ha felicitado, entusiasmado, por teléfono a mi admirado amigo, el señor Soler, y le ha anunciado una visita personal para cuando regrese de Londres, donde se encuentra, para calibrar, a la vista, esas piezas, que son el triunfo de un hombre inteligente, perseverante y abnegado.
Ha terminado nuestro entrañable fotógrafo, Ángel García, su labor admirable con la cámara y nos despedimos de estos técnicos en Arqueología, que nos han brindado todo género de facilidades para cumplir nuestra misión profesional.
José QUILEZ VICENTE
(Reportaje gráfico de Hermanos García, de Alicante, exclusivo para EL CASO.)

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