1982 CUANDO TODOS LOS CIPRESES RESPIRAN A MUERTE...

Cuando todos los cipreses respiran a muerte...
«Hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje. Allí en aquel jardín, sentado al borde de la fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos».
Luis Cernuda
Todas las tardes acudía a aquella plaza desordenada donde las plantas crecían arbitrariamente. Se descansaba en el banco a contemplar como las golondrinas, eternas viajeras, construían sus nidos sobre la fachada del asilo. Aquella plaza era una continua fuente de sensaciones; durante el día se aferraba en los gritos de la chiquillería que a la hora del recreo la estilizaban llenándola de ilusión, mientras por la noche, descansaba en silencio ocultando a amantes clandestinos y a solitarios enamorados de la luna. En el centro hipotético, una cruz, cargada de triste historia, la presidía.
La alegórica fuente que en los días de verano albergaba a multitud de avispas con ojos verdes, se componía en su base de un tierno niñote desnudo que se ocultaba sujetando a un pez resbaladizo. ¡Cuántas veces había soñado, junto a su primer amante, y entre miles de imaginaciones, que al niño, sofocándose ante su desnudez, se le escapaba el pez salpicándoles; hasta que su amor se desvaneció el mismo día que la fuente desaparecía destruida; llena de leyenda al igual que su amante!
Desde entonces acudió a sentir la noche y recogía entre las flores pedazos de historias que había desperdiciado. Una noche admirando a los cipreses que rodeaban la plaza —estos siempre habían despertado su atención—, descubrió que era imposible en aquel exótico jardín, asimilar la tópica asociación muerte-ciprés.
(Las pináceas plantas de fruto leñoso y apiñado en nuestra cultura siempre han inquietado profundamente).
Estos cipreses fueron tan distintos a los del cementerio, siempre enmarcaron un mundo de ilusión infantil, proyectos de enamorados, esperanza anciana, futuro y vida; los gorriones se peleaban la miga de pan en su interior removiéndolos con gran jaleo...
Hoy ya no hay amantes clandestinos, ni siquiera niños despiertos y no sé si todavía las golondrinas hacen sus nidos. Un suelo de hormigón ha sepultado multitud de vida. Allí yacen silenciosas miles de ilusiones. Los cipreses con su sombra tristemente alargada, cobijan el fúnebre panteón. Hoy todos, todos los cipreses son iguales, todos respiran a muerte... ¡Obsesión arquitectónica!
MATEO MARCO
Extraído de la Revista Villena de 1982

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