1966 LA FIESTA COMO LUCHA

LA FIESTA COMO LUCHA
He escrito y vuelto a escribir no sé cuántas veces que las fiestas populares no tienen nada de frívolo o baladí. por lo menos en tanto mantengan —que a estas alturas, con tantos injertos y condicionamientos espurios es dudosa— su fresca y espontánea naturaleza popular. A través de la fiesta la gente se expresa y revela como quizá nunca logre hacerlo en el trabajo, en sus habituales ocupaciones, generalmente mediatizadas, impuestas inclusive, por factores involuntarios. Decidme cómo se divierte un pueblo y os diré quién es.
Tampoco una kermese es el espectáculo que con ella, utilizándola irrespetuosamente como mingo, se pretende montar y ofrecer, de unos años a esta parte. El festejo, si auténtico, lo pone en pie el pueblo para su propio disfrute. Lo demás es secundario y de añadidura.
¿Qué son, encarnan y entrañan o desentrañan, estos moros y cristianos que en Villena, a semejanza de otros pueblos alicantinos, se enzarzan en sonora e incruenta contienda cuando llegan los días geniales de septiembre y la conmemoración patronal o matronal de lo Morenica? No, por supuesto, vago y ameno pasatiempo La necesaria ruptura de las tensiones que acaparan al hombre villenero a lo largo del año; la distensión que al borde vendimiario del otoño impone el ciclo vital de las estaciones, en primer término, en su dimensión genérica. La fiesta, o juego, es decir, la actividad desinteresada, ni funcional ni utilitaria, es conveniente, casi terapéutica, se afianza en los mismos fundamentos, no precisamente religiosos, que el carnaval Echar la municipal cana al aire es operación de una recomendable e irrevocable seriedad. Su trivialización se produce cuando, como en los tiempos que corren, se le saca de quicio al enfocarla como un medio para divertir y embobar a los forasteros más o menos turísticos. Esto es ya otra cosa, negocio, negación del ocio que la fiesta implica y por ella se manifiesta.
Cada pueblo, es obvio, divierte y vierte sus particulares humores de una manera. Indicar que en Villena por contagio o mimetismo, la innegable influencia de una comarca en que la recreación lúdica de la antigua polémica con el Islam es preceptiva, es sugerirlo todo y no decir nada en definitiva. Me abstendré de rechazar la importancia de los contactos vecinales, aunque nunca falte quien reaccione con acritud, en Villena como en cualquier otro lugar, ante la originalidad presunta que se deja en entredicho. En Villena -nada, y todo, es nuevo bojo el Sol- han actuado elementos foráneos, de tal evidencia que no vale la pena revisarlos ahora. Pero si Villena asumió hace tiempo los moros y cristianos -en 1884 y en Valencia, don José Sabater Ugeda daba a la imprenta su "Historia de la Imagen de Nuestra Señora de las Virtudes, Patrona de la Muy Noble, Muy Leal y Fidelísima Ciudad de Villena"- fue a mi parecer, porque en este divertimiento agonal y fronterizo, sobre rehacer la nacional constante hispana, que yo me he permitido calificar en libro reciente de estado de guerra -armada o virtual- permanente, exaltaba y reconocía de hecho su habitual posición histórica.
Los moros y cristianos, en su concreta y verificada anécdota, derivan del largo conflicto, o desgarramiento, que durante los ochocientos años que duró ese fenómeno singular que llamamos Reconquista, padeció España, la que entonces se iba moldeando, y la ha marcado, no sé si para siempre. La persistencia de una vida como amenaza, de un continuo estar en el lugar del peligro, en batalla abierta o en local e intermitente algara, constante el espíritu de irreductible división divinal, desembocaron, en zonas límites, en esta fiesta que, iniciada en otras regiones, alcanzó en tierras de Alicante temprano arraigo y casi exclusivo desarrollo ulterior.
Villena, entre tanto, posaba y sufría, a escala local, esta experiencia Temprana adelantada de Castilla en los dominios aragoneses, murciano -como es notorio- hasta hace como quien dice cuatro días - y que me dispense mi querido y admirado maestro Soler esta incursión por territorios historiográficos con los que no estoy familiarizado-, Villena y los villenenses aprendieron por su cuenta qué amargo y bestial pasatiempo es este de andar envueltos en querellas y violencias, quemar la vida -con tantas pacíficas y mansas seducciones - apostados en las almenas o dando y recibiendo, lanzadas en campo raso.
Los moros y cristianos, llegados a la hora que fuere - no hace al caso cuál - y por el intermedio de quienes ustedes gusten, adquirieron su carta de ciudadanía con la facilidad idónea a quien regresa, o halla, su casa solariega. Que la invención no sea villenera es asunto de menor cuantía. Allá se lo disputen los eruditos aldeanos, que en tales nimiedades se enfrascan. Lo que de veras nos interesa recalcar es que en Villena se instalaron a sus anchas porque sus entresijos, las formidables y contundentes razones -de varia y fecunda índole- que los respaldan, son redundantemente villenenses. Villena, en la frontera -de los reinos antaño, de las provincias hogaño-, ella sabrá si cristiana, con o sin moros a los que correr, vive y revive, lúdica y deportivamente, todo lo lujosa y adrede que se quiera la cosa, imperativamente en el fondo, con su gana natural de esparcimiento, su destino. Mañana, Dios dirá; hoy, modestamente, sin más fuerza que la no manca del amor, quien estas palabras suscribe, vuestro
JOSEVICENTE MATEO
Extraído de la Revista Villena de 1966

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