1983 TRES INSTANTES DE UNA HISTORIA

Tres instantes de una historia. Por ALFREDO ROJAS
A José María Soler, que ha desvelado parte de nuestro pasado.
Es el atardecer. El sol, todavía ardoroso y brillante, va camino de la sierra del Castellar, en cuyas tallas se esquirlan los esplendentes rayos. Desde el poblado del Cabezo Redondo, un apiñado e informe conjunto de casuchas bajas e irregulares, se divisa una inmensa extensión boscosa que no se interrumpe, exuberante de vegetación, donde apenas destacan los árboles sobre la espinosa alfombra del interminable matorral, surcado por alguna trocha montaraz, estrecha y sinuosa. Allí, en el poblado, junto o la puerta de una mísera choza de tejado de barro, un hombre, vestido sucintamente con unas pieles, sentado en el suelo, trabaja una botella de oro colocada encima de un pedrusco plano. Sobre la piedra se agrupan en desorden otras piezas de oro. Rústicos brazaletes donde apenas se ha iniciado la labor; pequeños trozos informes del metal junto a menudas piedras pulidas y a rudimentarias herramientas de madera de cantos y planos brillantes por el uso. Con uno de estos pequeños maderos aguzados va marcando el hombre una arista de la botella, posándolo una y otra vez por el exiguo plano lateral en un continuado vaivén suave y enérgico a la vez, embebido en la tarea, fruncido el gesto, apretados los labios que dibujan una boca firme y decidida. Cansado al fin, coge la botella con la mano izquierda y mirándola, la eleva lentamente o la vez que la aleja para abarcar mejor la obra en su conjunto. Un rayo de sol centelleó en la vasija, que brillo en sus manos reflejando los rosados celajes del ocaso. En la mirada del hombre, en la firme mano que abarca la dorada botella, en su gesto a la vez aprobatorio y satisfecho, en el duro y vigoroso perfil de su figura, aleteo ya el genio que florecerá, transcurridos los siglos, en los maestros de las catedrales, en las refinadas artes del Renacimiento, en las elevadas y espirituales composiciones de la música barroca. Con el hombre de la botella, no obstante su rusticidad y su primitivismo, desbordando la estricta condición biológica, convive ya la inaprendida intuición estética, late el misterioso espíritu del arte.

Sobre el otero, poderoso y altivo, se levanta el castillo Feudal de los Manuel, protegido por los cómplices escarpes de la cercana sierra. En él convergen, llegando desde varias direcciones, las sólidas murallas junto o las cuales se agazapan las casas, míseras y terrosas, como una parda saya ceñida al altozano. Fuera de las murallas triunfa el verdor del bosque, a duras penas contenido frente a los pequeños huertos, humildes, franciscanos, que muestran simétricos festones de verdor sobre la tierra oscura. Es una mañana de mayo, pura, templada, con el sol restallando en el cielo. Apenas turba el silencio la actividad de la gente de armas, que se mueve en el patio del castillo. Asomado a un ventanal, D. Juan Manuel avizora el paisaje. Dejará escrito que, desde allí, puede verse el correr de ciervos, jabalíes y cabras montesas; y divisar las garzas, los flamencos, las ánades, componiendo todo ello el mejor lugar de caza del reino de Murcia. D. Juan Manuel siente la llamada de su afición venatoria, que le empuja a descender al llano. Ya oye con el pensamiento la algarabía que compone la nutrida jauría, o siente sobre el guante de cuero la gorra engarabitada del encapuchado azor, presto a lanzarse sobre la presa. Sin embargo, junto a estos pensamientos se agitan otros de distinta índole. Unos instantes ha dudado; sosegadamente, sin embargo, vuelve a la estancia, lleva un escabel junto a la rústica mesa y desenvuelve un rollo de amarillento pergamino, que, extendido, parece iluminarse al ser traspasado por la luz del cercano ventanal. Sentado ya, acerca hacia sí una pequeña vasija y moja en ella la punta de una larga pluma. Un momento queda quieto; entornados los ojos, suspenso, en el aire la mano indecisa, se inclinó al fin, y despacio, la canosa barba acariciando el pergamino, escribe. No llega ahora ningún ruido abajo. Sólo se oye el pausado rasgar de la pluma sobre la rugosa superficie. No sabe el infante que su obra, el primer monumento de la literatura narrativa española, va a superar a todas las anteriores de occidente, y que se le va o considerar, siglos después, como el primer prosista español con un estilo personal.
La nave central de la iglesia de Santiago es un confuso revoltijo de piedras y tierra. Largos y esbeltos troncos de árbol, casi sin desbastar, atados unos a otros, ascienden hasta lo bóveda en rústicos andamios. Por el enorme hueco que será la puerta, entra esplendente la luz del mediodía, que permite ver la plaza y las casas del Fondo, bajas, severas, desiguales, con amplios portones tras los que se adivina el ancho zaguán. Entre la abigarrada mescolanza se agitan los obreros; ciernen unos la arena, se afanan los canteros que labran la piedra, gatean otros sobre los andamios ocupados en su tarea o ascendiendo ágilmente hacia el techo. El sol, al entrar por los huecos que cubrirán después los coloreados vitrales, proyecta hasta el suelo unas diagonales volúmenes de luz en los que se agitan minúsculos e incontables partículas de polvo. Desde la plaza, por la amplia pendiente que asciende hasta el suelo del templo, sube ahora una recua de caballerías que tira de un carro lleno de grandes losas. Arrieros que agitan los látigos, peones que se aferran o los ruedos o empujan desde atrás, unen su esfuerzo al de las sudorosas bestias, que clavan sus pezuñas en la terrosa pendiente. Mientras, en un rincón, junto a una mesa donde se amontonan desiguales rollos de papel, D. Sancho García de Medina, de aspecto solemne y severo, con hábito talar, oye las explicaciones que se afana en darle el maestro arquitecto, que, en actitud obsequioso, refuerza sus argumentos con un pequeño estilete que recorre las líneas de un plano desplegado, cuyos extremos se obstinan en volver a arrollarse. Asiente con gravedad D. Sancho, da unas recomendaciones finalmente y se dirige a un pequeño portillo lateral seguido del maestro. Al salir D. Sancho cierra aquél la puerta y va de nuevo hacia el interior; se acercó o una columna que, despojado de la informe figura que tienen las demás, muestra ya el audaz perfil helicoide que asciende hacia el techo, como una plegaria de piedra que intentara llegar hasta la altura. Queda quieto el viejo maestro, contemplando la gallarda columna, o cuyo final un cantero perfila las últimas aristas, y recorre con los ojos el grácil y atrevido surco salomónico que emerge de la severa base y llega al afiligranado capitel. Un gesto de satisfacción le ilumina el semblante; lentamente, después, sorteando cascotes y montones de piedras y tierra, sale hasta la plaza, donde la intensa luz parece diluir su figura. Está recién llegado el siglo XVI; es mediodía, es verano.
Extraído de la Revista Villena de 1983

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