1941 AL PASAR DEL TIEMPO

Al pasar del tiempo
Un lazo de amistad, un rasgo de obediencia, me obligan, con premura de tiempo, reducido espacio, pero libre acción, a escribir unas líneas. Son, para el Programa de nuestros festivales tradicionales de Septiembre, y como éstos son en honor de la Virgen, escribiendo consecuentemente, lógico es hacer una súplica a nuestra Señora. Pídote,—y muchos serán los que quizás conmigo te hagan igual petición—que intercediendo cerca del Todopoderoso, tu Sacratísimo Hijo, toque con un rayo de luz el entendimiento de aquellos que están aferrados al materialismo o al positivismo, estas dos tendencias filosóficas, que pueden condensarse en una sola, ya que nuestra razón así lo aprecia y sobre todo lo aseguran filósofos como Moreno. Nieto, al decir en su obra «El problema filosófico», -¡Ah, pobre concepción! El positivismo y el materialismo, dado que sean ellos dos sistemas y no uno mismo, son en todo el vigor de la palabra el error y la falsedad.
Ha tanto tiempo que se encuentran en constante lucha con el espiritualismo, que hace unos cien años, uno de los filósofos mayores del siglo pasado, el malogrado Balmes, temeroso de que los errores que se habían extendido por moda arraigasen por principios, examinaba a la luz de la verdad espiritualista las enseñanzas cardinales del racionalismo contemporáneo, en una obra con perfecta razón titulada «Filosofía Fundamental».
Tras las naturales y generales revueltas y evoluciones de este no corto período, nos encontramos en circunstancias, si no iguales algún tanto parecidas. En aquel entonces, se producían ditirambos y rivalidades entre los sistemas. Al pasar del tiempo, las ideas que se desprendían de aquellos sistemas perniciosos, fueron tomando carta de naturaleza; su poder vesánico potente, la soberbiosa arrogancia de exposiciones utópicas, inocularon las costumbres que, radicando en la familia, prevalecen en la sociedad. Por consiguiente, de aquella a la época actual, no hemos hecho otra cosa que pasar de la causa al efecto.
La influencia malévola de dichos sistemas, ha llegado en los últimos tiempos no sólo a atacar a la religión, desmoralizar las costumbres, sino u herir el arte. Buena prueba de ello es, el ataque que con frecuencia se hace a una obra maestra, joya de nuestra literatura y cervantina por más señas, por el mero hecho de reflejar las costumbres, que por ser tan peculiares de nuestra raza, eran tan morales. Su título se profiere, para repudiar y ridiculizar a aquellos que todavía conservan nuestras verdaderas costumbres, es decir, se usa en tono despectivo e irónico.

Apartándonos de las excentricidades del personaje que dá movilidad a la obra, ésta está llena, con hermosos ejemplos de bondad de costumbres, de rectitud y grandeza moral, de nobleza, de hidalguía y generosidad de afectos que levantan y engrandecen el alma.
Un ambiente de sanidad moral envuelve las páginas de este libro admirable. Un hálito de bondad, de nobleza, de serenidad de espíritu parece difundirse de estas páginas; y este hálito al penetrar en el alma del lector, no puede menos de infundir en ella suaves, tranquilos y apacibles efectos y de operar una especie de moralización o transformación moral.
Estas son las virtudes que atesoraba el loco personaje protagonista; los que le censuran, ya que aquellas les parecen pocas, que le imiten en la exquisitez de cualidades que hubiera poseído si hubiese aparecido cuerdo.
Con las corrientes renovadoras, de nuestro nuevo Estado en materia religiosa, es de esperar que en fecha no lejana, aparezcan las costumbres apetecidas. Reconocidos los progresos materiales, para nosotros los católicos, nunca tendrán otro valor y significación el positivismo y el materialismo, que el de dos ídolos caídos, que yacen, uno a la derecha y otro a la izquierda de la Hostia consagrada, para afirmar con sus sofismas y con sus derrotas, la necesidad imperiosa que siente el hombre de vivir de la influencia de Dios y de la creencia en el orden divino y sobrenatural.
¡Morenita nuestra! Tú como madre de Él, es la razón por la cual, como vasallos y tributándote homenaje, nos rendimos todo el pueblo, en estos días de fiestas, a tus pies.
Antonio FERNÁNDEZ DE PALENCIA
Extraído del Programa de Fiestas de 1941

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