1980 LA COLONIA Y LA SIERRA DE SALINAS

LA COLONIA Y LA SIERRA DE SALINAS
por: MANUEL GÓMEZ FERNÁNDEZ
Yo fui de muy chico a la Colonia. Mis padres me criaron en ella y desde entonces le tengo un profundo respeto. Fue por voluntad del Gobierno de entonces, en abril de 1914, cuando se formó esta Colonia, con el fin de paliar el grave problema de la emigración campesina que sufría nuestro país. Por eso, soy testigo de cuanto allí ocurrió y mi vida está íntimamente ligada a los momentos más sublimes que con aquellas gentes sencillas llegué a compartir. Es por todo esto, por lo que recordaré lo que sigue:
Muy temprano, con las primerizas luces del alba que preñaban de claridad la Sierra, mi padre gustaba de madrugar para dar pienso a las mulas, aderezar los arreos y luego, después de llenar la botija de agua, recoger por los surcos de la viña algunos sarmientos para encender el fuego, símbolo del despertar de un nuevo día.
A la par, madre, una vez había esparcido a voleo el grano a los pollos, henchía el morral con una hogaza de pan y un trozo de tocino fresco, producto de la matanza de aquel pasado invierno.
Más abajo, el trazo irregular del camino, con sus vueltas y revueltas, conducía a la Escuela, en donde el maestro D. Rogelio nos impartía algunas letras de enseñanza, más bien a horas de la tarde, ya que en el fresco de la mañana había que trasegar el vino, hacer la trilla y pasar la tabla por la era. Además, luego, al oscurecer, el maestro encendía aquella maldita lámpara de carburo, que aunque nos iluminaba, hacía tantas sombras que no había Dios que leyera.
Algunos días, al caer la media tarde, perseguíamos a los gorriones que se escondían en los recovecos de las tejas, llegando hasta los aledaños de la Iglesia. Allí nos santiguábamos en el portal y seguíamos tras ellos. Luego, en la replaceta donde se asentaba la tienda y la casa del guarda, jugábamos al tejo, a la estornija o a la pata-coja.
Acudieron a la casa, el tío Tedero, el Puchero y el Rayao, y al encuentro bajaban, por la ladera del pinar, el tío Aguor y el Garduya, que junto con padre formaron el grupo de siempre para marchar a pie camino de Villena. Yo siempre lloriqueaba para ir con ellos y conocer de cerca la ciudad, pero padre siempre dijo que era muy chico todavía, para ir con andaduras. No obstante, a cambio me llevaría a conocer aquel paraje de « La Loma de la Cruz», lugar donde decían se divisaba todo el término de Villena, y que el cielo y la tierra eran, juntos, una misma línea. De todas formas no quedaba contento y los vi marchar hacia el Hondo de Carboneras.
En ocasiones, a nosotros también nos gustaba de ir y descubrir los secretos de la Sierra, sobre todo cuando sacaban en andas al Santo de la Iglesia y lo pasaban por los caminos y las casas. Más de una vez, entre el rumor de los rezos, nos deslizábamos por los matojos y, después de un largo trecho, hacíamos alto en el Pozuelo o en la Fuente del Lobo y calmábamos nuestra sed con el agua fresca del manantial que se escondía entre los apretados juncos. Otras veces, recorríamos las sendas y nos adentrábamos en La Umbría Alta, o en la Cueva del Lagrimal, descubriendo de esta forma unos bellos paisajes bíblicos, mezcla de colores claros y pardos, y de volúmenes geométricos y precisos. La cueva dibujaba un arco prolongado sobre una línea de fondo verdoso que rompía con el azul claro del cielo. Más allá, a lo lejos, contrastaba un gran peñasco desnudo por la vegetación, con sus aristas encrespadas como la concha de un caparazón antediluviano, desértico y abismal.
Al atardecer, y de regreso a la Colonia, se vislumbraba todavía una intensa actividad que daba vida al entorno. Observabas a aquellos hombres curtidos por el sol segar a golpe de brazo la miés, mientras las aves de corral correteaban por los rastrojos alimentándose de granos caídos de trigo o cebada, al propio tiempo que picoteaban a los escarabajos o ciempiés.
Ya entrada la noche, vislumbramos en la oscuridad a padre, que junto con el grupo traían asustadizo y maltrecho a D. José (El Cura de la Virgen). Luego nos enteramos que su tartana había vuelto a volcar en una de las curvas del camino, dando el buen hombre a parar con sus huesos y sotana por los suelos. Fue con esta vez tres los años que volcó en el día del Señor.
A la mañana siguiente, padre cumplió su promesa de dar a conocer la «Loma de La Cruz». Aquel día me apreté el cinto con más fuerza que siempre, me restregué los nudillos por los ojos todavía adormilados y salí corriendo junto al pinar grande de la casa. Padre echó adelante por una senda, a cuyos lados crecían el esparto y la corrigüela, y más allá, abundaban el romero y el tomillo florecido. En la subida de la ladera, era fácil y penoso a la vez discurrir por ella, sentir bajo tus pies el chasquido de las ramas y las matas resecas por el sol, asirte con esfuerzo y tocar con tus manos el roce de la fría piedra, esquivar un desnivel o saltar una hendidura semioculta en la maleza. Luego, a medida que ascendías, te tomabas de rato en rato un descanso para tranquilizar el ritmo continuo de tu corazón, y relajabas la vista hacia aquellos puntos blancos y diminutos que se perdían en la lejanía. De pronto recordabas que debías ascender y ascender, hacia arriba, hacia delante y contigo mismo aumentaba una sensación de bienestar y grandiosidad, diferenciando lo infinito y lo hermoso, ya que todo lo que contemplaba era nuestro querido término de Villena. Allí estaban, al alcance de mi mano el «Cabezo de Andreu», el «Puerto Alto»; el monte de la «Casa Luna»; «Los Arenales»; «Las Moratillas», la «Loma del Mojón»; la «Umbría de la Virgen»; el «Cabezo de Los Gazpachos»; el «Cabecico de Judas»; «La Segundina»; el «Cabezo del Chocolaíno»; el «Cabezo del Gato»; «Las Quebradillas»... y tantos y tantos otros.
Fue aquella feliz contemplación el premio obtenido al esfuerzo, donde aunaban la sencillez y la calma, al propio tiempo que mi estado consciente se deslizaba a través del tiempo y del espacio entre aquellos mundos frescos y reales que daban calor a mi espíritu.
El trazo irregular del vuelo de las palomas con sus paradas nupciales hizo que mi atención se desviara hacia la Colonia, donde las gentes se fundían en una sola manifestación de alegría, compartiendo en aquella replazeta el juego de la cucaña, la carrera de sacos, el tiznajo con la moneda, y el baile impetuoso de la jota.
Es por todo ello por lo que siempre debo de recordar que las cosas de la vida son elevadas y ellas se agrandan con un contacto puro y natural, por principios de necesidad física, moral y espiritual, en la que el ser humano ha de buscar siempre en ellas el reencuentro de su verdad.
Villena, a 8 de julio de 1980.
Extraído de la Revista Villena de 1980

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