1973 DON ENRIQUE DE VILLENA

Don Enrique de Villena por Luis Delgado De Molina Hernández
De la larga lista de personajes naturales de nuestra ciudad, siempre ha llamado mi atención la figura de don Enrique de Aragón, más conocido por don En rique de Villena.
Y debo distinguir y aclarar que nuestro ilustre paisano no fue realmente titular del Marquesado que entonces constituía la zona, si bien descendía del que lo fue primero, don Alonso de Aragón y Foix, ilustre guerrero que, en la época que corría, supo andar a las órdenes de Enrique de Castilla, Juan II de Aragón y otros más.
Baste decir a modo de orientación del especial modo de ser de este hombre que su historia o leyenda (?) dio motivo a que escritores como Quevedo y Rojas Zorrilla en el siglo XVII, y Menéndez Pelayo en el XIX, entre otros, se ocuparan de él o se inspiraran en su singular vida. Aún en nuestro tiempo, el Primer Congreso de Brujología celebrado en nuestro país, tuvo un emotivo recuerdo para la figura de este don Enrique de Villena.
Nace este extraño personaje en el siglo XIV, época de guerreros y monjes. La Edad Media, con su descarnada crueldad, impondría su sello en la primera infancia de don Enrique.

Nacido en este castillo tan nuestro, cuenta la leyenda que el astrólogo de su terrible abuelo, al hacerle saber a éste que los signos zodiacales de su nieto eran Aries y Mares, con propensión a la ciencia extraña, y lejos por tanto de Marte (guerra) y Venus (amor), hubo de sufrir el castigo de ciento cincuenta azotes, «pues que un caballero cristiano no necesitaba de retortas, astrolabios y ciencias judaicas».
Este sencillo y a la vez premónico vaticinio hizo que el indefenso niño perdiera el favor familiar. Incluso su madre, la honorable doña Juana de Castilla, bastarda de Enrique II de Trastámara, encargó de la crianza a nodrizas moriscas, avergonzada de los anuncios hechos en torno al recién nacido. En otro orden de cosas, el azotado astrólogo-alquimista sintió desde el principio una clara indicación hacia don Enrique, como si el hecho de haber pagado con su sangre su vaticinio, hubiera convertido al niño en algo propio. Nadie podía adivinar cuanta importancia tendría en la vida de don Enrique este preceptor-brujo-alquimista-sabio.
En este ambiente totalmente inhóspito, don Enrique creció y se convirtió en un muchacho retraído, ensimismado, acostumbrado a pócimas y ungüentos y devorado por lo que entonces era obsesión de toda la alquimia, la obtención del oro por métodos más o menos científicos. Se cuenta de él que una de sus primeras salidas de la plaza, a la edad de seis años, conversaba con los mercaderes en hebreo, francés y catalán. La servidumbre de la fortaleza ya se presignaba al paso del pequeño por entender que el mismo tenía marcada su vida con signos diabólicos.
Una fecha considero decisiva en la vida de don Enrique. La de la batalla de Aljubarrota, donde don Juan I, a cuyas órdenes servía el terrible abuelo de nuestro paisano con otros nobles castellanos, fue derrotado por las tropas del usurpador Maestre de Avis. Ocurrida en 14 de agosto de 1385, el otro victorioso guerrero tornó a su Marquesado cubierto su caballo por paño negro en señal de duelo y vergüenza por la derrota. Esto irritó al viejo señor hasta el punto de que su nuera abandonó la fortaleza con destino a la Corte llevando a su hija Leonor. De este modo, don Enrique quedó aislado del poco encanto femenino que había en su vida y sólo frente al odio incontenible de su abuelo, acrecentado conforme su atención derivaba hacia la ciencia y se alejaba de las artes de guerrear. Consecuencia lógica de este conglomerado de acontecimientos fue que el don Enrique niño se refugiara junto a su preceptor hasta el punto de «pasar días y noche con él, buscando filtros y hechizos más allá de la verdad de los creyentes».
Creemos que el niño-hombre pudo cambiar su sino cuando al filo de los dieciocho años descubrió un mundo totalmente ignorado para él. Entonces decidió apearse de su ensimismamiento y enlazarse con la gente misma, pero su anterior introversión y los muchos rumores que circulaban sobre sus inclinaciones hicieron que se le mirara como un embrujado con quien nadie quería tener contacto. Es entonces cuando —cuenta la leyenda— hizo un pacto con el diablo. Se dice que vendió su alma a cambio de sabiduría.
Es opinión personal de este articulista que tal Leyenda no fue más que el último reflejo de lo que de humano tenía don Enrique. Rechazado por todos, vencido por quien no podía ser combatido, odiado por su abuelo con quien convivía, alejado de su madre y hermana, cerró el último portillo que lo unía con el exterior y se refugió en la ciencia misma, en el saber sin límites y, por qué no, en la brujería.
Ávido de conocimientos, pasó a Salamanca, cuna del saber lícito —y menos lícito— de la época. En la universitaria ciudad, su formación autodidacta y su juventud dedicada exclusivamente a la ciencia, dieron sus frutos. Como gran latinista, rechazaba por bárbaro el romance castellano. Podemos definirlo como humanista en tiempo de escolásticos. Vivió medio siglo antes de su época. Traspasó los límites científicos existentes y entró en la quiromancia y demás artes mágicas como cualquier otro hubiera pasado del bachiller elemental al superior. De escasa formación religiosa, estudió profundamente los libros «non licet» de «Raciel», «Los Experimentes», «Clavícula de Salomón» y otros. Y no contento con ello, con esa sed insaciable de saber, laboró en la alquimia y astrología sin someterse a norma o regla alguna.
Hubo una persona a la que siempre admiró. Don Fernando de Antequera, primo suyo. El que todo lo sabía, veneró la figura un tanto oscura de este Don Fernando que devino de Castilla tras el compromiso de Caspe. Tras la elevación a la dignidad real, dicho Don Fernando quiso ayudar a su primo, concediéndole honores y riquezas, pero la aureola creada en su torno y sus dedicaciones a lo que entonces se consideraba «arte y ciencia extraña», terminaron por privarle del favor real.
Así, nuestro singular conciudadano, abandonado de todos, falleció en Madrid. La última etapa de su vida la dedicó a escribir sin freno ni prohibición alguna. Hombre prolífico en materia literaria, como corresponde a todo ingenio brillante, hubo de sufrir una vejación más tras su muerte. Ocurrida ésta en 15 de diciembre de 1434, don Juan II ordenó que sus obras fueran revisadas por fray Lope de Barrientos. La labor del literario inquisidor se desarrolló sobre «dos carretas de gruesos volúmenes» que tuvieron, en gran parte, el trágico fin de la hoguera. Recordemos lo más conocido de lo que ha quedado: «Los doce trabajos de Hércules», «El Libro de la Guerra», «Arte Cisoria o Tractado del Arte de cortar del cuchillo», «Tractado de Alojamiento o Fascinología» y otros. Pero recordemos también el perfil humano del autor de todas estas obras. Como inteligencia privilegiada desarrolló sus inquietudes sin detenerse en frontera alguna, marcó pauta en una época difícil. Su trágico destino se debió a haber nacido antes de su tiempo.
Extraído de la Revista Villena de 1973

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