1989 VILLENA Y YECLA

VILLENA Y YECLA
Cuando en la clausura del año Mariano se dieron cita, en Yecla, las representaciones de las imágenes patronales de ocho pueblos vecinos, no sé si fue el orden alfabético o el azar, o más bien, el amor el que dejó para el final, en el puesto de honor, a Villena.
La verdad es que para un yeclano Villena ocupa un lugar especial en sus afectos. Y esto desde siempre. Ambas ciudades están especialmente relacionadas a lo largo de la historia y, con permiso del entrañable José María Soler, me atrevería a decir que desde la prehistoria.
El hecho de que Yecla perteneciera al marquesado de Villena, primero, y a su corregimiento, hasta mediados del XVIII, supuso un frecuente intercambio. Me gustaría señalar algunas de estas cordiales relaciones.

Hay afinidades hasta de nombre. La más antigua ermita villenense, la de las Nieves, se conocía también, desde 1345, con la advocación de Nuestra Señora del Castillo, como la yeclana.
Hasta las comunicaciones eran fluidas. La primera carretera yeclana fue la que enlazaba con Villena. El desaparecido ferrocarril fue una vía de contacto durante ochenta años; por cierto, que ahora se cumple el centenario de su inauguración (¿se le ocurre alguna idea para conmemorarlo a mi amigo Damián Martínez?).
Algunas de las más ilustres familias de Villena tuvieron también en Yecla residencia y arraigo. Pienso en los Serrano de Espejo, Selva, Mergelina, Martínez de Olivencia, Martínez de la Torre, Torregrosa, etc. El creador de las Fiestas Mayores de Yecla, las que desde 1642 se celebran en diciembre, me refiero al Capitán Martín Soriano Zaplana, era hijo del cirujano villenero Pedro Zaplana. No sé si es por eso por lo que hasta el uso de la pólvora en la fiesta es un dato más de unión, como en cierta ocasión señaló Antonio Sempere.
Pero lo que más nos asemeja es el amor de los yeclanos hacia la Virgen de las Virtudes. Durante más de dos siglos iban a las Virtudes de romería en septiembre y hasta en marzo. El ayuntamiento pagaba la harina, el aceite y el vino a los que, en carros o en caballerías, allá marchaban. Cuando dentro de un año se célebre el quinto centenario de la fundación de aquella ermita, puedo asegurar que seremos muchos los yeclanos que iremos a festejar tan alta efemérides.
Esta relación histórica, humana, religiosa, está basada igualmente en el hecho de que hasta no hace muchos años ambas poblaciones formaban parte de una misma diócesis. Yecla se honra al saber que muchos de sus hijos sacerdotes derramaron en Villena su celo y su cariño. A la memoria me vienen unos cuantos de ellos: Miguel Cervera García, (1719-1780), que sería abab del monasterio de Guadalupe, en Méjico, y que funda en Villena la Congregación del Oratorio. Miguel Ortega Ortega (1808-1865), célebre cura de San Miguel, en Murcia, por ser uno de los primeros cultivadores del habla huertana con su obra "El pastor de Marisparza", párroco de Villena. José Gil Carpena (1865¬1933), muchos años cura del Castillo yeclano que quiso ir como capellán de las Virtudes para morir junto a la Morenica. Y, sobre todo, el inolvidable Arcipreste de Villena, Francisco Azorín Bautista (1853-1915), hombre de caridad heroica, fundador del Colegio de los salesianos por inspiración del mismo San Juan Bosco y a quien, con justicia, los villeneros le dedicasteis una calle.
Estos lazos, que se renuevan cada septiembre en Villena y cada diciembre en Yecla, unen para siempre a nuestros dos pueblos.
Miguel Ortuño Palao
Cronista oficial de la Ciudad de Yecla.
Extraído de la Revista Villena de 1989

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