8 feb 2026

1949 JOSÉ RODENAS. VÍCTIMA Y HÉROE

VÍCTIMA Y HÉROE 
A la memoria de mi abuelo, Jose Rodenas Esteban, triste protagonista de una historia que, a grandes rasgos, sucedió como aquí se relata. (Francisco Javier Rodenas Micó. Revista Villena 2008)
Los Rodenas eran una familia humilde de agricultores que habían heredado de sus ancestros unos terrenos pedregosos y resecos y las manos llenas de callos. Harto de dejarse lo días y la salud en aquellas desagradecidas tierras y ante la esperanza de poder ofrecer algo mejor a los suyos, Jose, el cabeza de familia, se dirigió a pedir trabajo a Juan García Hurtado, propietario de una de las bodegas más importantes de Villena y al que conocía por los años que llevaba vendiéndole la uva para el vino. Ante su insistencia y sabiéndole una persona honrada y trabajadora, el bodeguero le dio una oportunidad que Jose no desaprovechó.
Trabajador incansable, no le importaba dedicar las horas que fuesen necesarias en la bodega; para una persona acostumbrada a trabajar de sol a sol, el poder disponer del domingo para descansar era un lujo que no había conocido hasta ese momento; por ello, se sentía un ser privilegiado. Juan García se dio cuenta de la valía de su nuevo empleado y no tardó mucho tiempo en nombrarlo encargado de la bodega.
Y cuando el destino de la familia parecía tomar otro rumbo, sucedió un hecho que dio al traste con todo. Un viernes por la noche, mientras la casa ya permanecía envuelta en el silencio del sueño, alguien llamó a la puerta de los Rodenas, y lo hizo con golpes que denotaban urgencia y que anunciaban tragedia. Efectivamente, un incendio estaba devorando la fábrica de alcohol y Jose era una de las víctimas que se había logrado rescatar del interior.
Aquel viernes todo parecía tranquilo. La mayoría de los empleados ya se habían marchado y únicamente Jose, como encargado, y un fogonero, que se ocupaba de controlar la caldera de la zona donde se fabricaba el alcohol, permanecían todavía en el edificio. Afuera, la noche, era cerrada y serena. Jose podía comprobarlo desde el ventanuco que se abría en una de las paredes de la pequeña oficina en la que, llegada la hora del cierre, hacía los últimos números.
José Rodenas Esteban (1916)
Nada hacía presagiar que la tragedia, sigilosa y traicionera, comenzaba a tejer sus sombras alrededor de aquel lugar. Cuando Jose se encontraba agachado recogiendo unos papeles que se habían caído al suelo, el fogonero entró, a voz en grito.
—¡Una chispa! ¡Una chispa ha prendido y hay fuego por todas partes! —consiguió articular presa del miedo y con la respiración agitada por la carrera que se acababa de dar.
-Tranquilízate, Manolo —le dijo Jose intentando mostrar serenidad—. ¿Dónde dices que hay fuego?
-¡En la caldera, hay fuego por todas partes...! —volvió a repetir el fogonero.
—Ve a avisar a alguien. Mientras tanto, veré si puedo hacer algo por controlarlo.
Mientras Manolo iba en busca de ayuda, Jose cogió una manguera y se dirigió a la zona del incendio. Aunque trató de mantener la calma, lo cierto es que las llamas se habían apoderado ya de una parte importante del edificio. El plan estaba claro: mientras esperaba a que alguien llegara, intentaría mantener el fuego alejado del resto de la fábrica, eso sí, a cierta distancia. Y fue entonces cuando reparó en los bidones de alcohol. Las llamas se acercaban peligrosamente al lugar en que se encontraban almacenados.
Aquellos contenedores metálicos, con más de 70 litros de alcohol en su interior, sometidos a altas temperaturas, se convertirían en auténticas bombas que, teniendo en cuenta la gente que vivía en el barrio, podría suponer una matanza. La manguera no era suficiente y resultaba difícil aventurar cuando llegaría la ayuda. Jose pensó que debía actuar rápido.
Solo había una alternativa. Aunque peligrosa, parecía la única que podría resultar efectiva. En la terraza superior había unos tanques de agua con la capacidad suficiente como para extinguir el incendio. Ascendió entre el fuego y el humo por las escaleras de madera que daban acceso a la parte superior del edificio. Sirviéndose de una llave metálica, consiguió abrir los grifos y el agua comenzó a discurrir por el terrado y a caer por orificios y grietas.
Después, una vez abiertos los tanques, volvió sobre sus pasos. Al llegar a las escaleras, se dio cuenta de que por allí iba a ser imposible descender. La madera estaba siendo devorada por el fuego. lntentó buscar otra salida. Nada. A pesar de que el agua comenzaba a actuar, el pavimento de la terraza había alcanzado una gran temperatura y la suela de las alpargatas se estaba fundiendo por el calor.
Cuando notó cómo el dióxido de carbono comenzaba a saturarle la garganta y los pulmones, cuando comenzó a sentir como la piel crujía al sentir tan cerca la presencia del fuego, deseó que todo acabara lo más rápido posible. Pero, para desgracia suya, el destino aún le tenía reservada una lenta agonía, postrado durante meses en la cama de un hospital que se traduciría, más tarde, en una salud quebradiza que le acompañaría el resto de sus días.
Desesperado, sintiéndose como un animal enjaulado, se movía impulsivamente en todas direcciones y, al acercarse de nuevo a las llameantes escaleras, vio allí la única oportunidad que tenía. Entre estas y las correas de los tanques de agua, quedaba un pequeño hueco. La altura era considerable pero, dadas las circunstancias, ya no tenía nada que perder. Saltó, terminándose de abrasar por el camino y rompiéndose ambas piernas al caer. Antes de perder la consciencia, aún tuvo tiempo de ver cómo el agua comenzaba a ganarle la batalla al fuego.
La mañana en que volvió en sí, una luz cegadora se apoderó de sus ojos. Cuando consiguió acostumbrar su vista, lo que encontró ante sí fue el techo de un frío hospital. lntentó moverse, pero fue como si miles de alfileres se clavaran en su cuerpo. Apenas podía respirar y sentía náuseas. Y eso solo fue el principio. Durante los diez meses siguientes permaneció allí, postrado y con el cuerpo enteramente vendado, sufriendo un infierno de dolores que aumentaban conforme el tiempo iba pasando. Únicamente la visión de su esposa, Pascuala, y de sus hijos conseguía mitigar el intenso dolor.
Pasado el largo calvario en el hospital, Jose volvió con los suyos, pero ya nada fue lo mismo; la experiencia vivida dejó una imborrable huella en su salud de la que ya no se recuperaría del todo. No en vano, en su temprana muerte —apenas había cumplido los cincuenta—, tuvo mucho que ver la impronta que las heridas del incendio dejaron en su cuerpo.
En el mediodía del 30 de septiembre de 1949, su alma decidió dejar de luchar. Se fue, y lo hizo con la misma discreción con la que había vivido, con la misma con que había salvado a muchas personas de morir aquel viernes. En el mediodía del 30 de septiembre de 1949 murió la víctima, pero también el héroe del incendio de la bodega de Juan García Hurtado.
(Revista Villena 2008) Por Francisco Javier Rodenas

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