ANTES DE LA BRUJA
Por… JOSÉ SÁNCHEZ FERRÁNDIZ. (marzo 2026)
Enrique Sepúlveda Planter, escritor y periodista zaragozano residente en Madrid, muy popular en su día por sus frecuentes y aplaudidas colaboraciones en prensa y autor de elogiados retratos costumbristas de la capital de España, dedicó en su obra “La vida en Madrid en 1887” un capítulo al célebre músico villenense Ruperto Chapí Lorente. Confesaba el periodista la extrañeza que le produjo encontrarlo en lugares no frecuentados habitualmente por el famoso compositor, como dentro de un popular figón o taberna, donde aquel comía con varios acompañantes, y se sorprendía de nuevo, cuando días después y asistiendo como espectador a un festival taurino en la plaza de toros, se reencontraba con el músico. El hecho tenía relación, como posteriormente pudo saber, con el inesperado cierre para las representaciones de zarzuela (no se sabía entonces si de forma temporal o con carácter definitivo) del teatro madrileño de igual nombre, privando así a Ruperto Chapí de un importante escenario donde habían sido representadas en el pasado algunas de sus más aclamadas y exitosas zarzuelas, entre ellas “La Tempestad” y “El Milagro de la Virgen” (1).
La búsqueda de inspiración para abordar con éxito nuevos y obligados proyectos que le reportaran los ingresos necesarios para mantener a salvo su economía, estaba detrás de esta inesperada aparición de Ruperto Chapí en lugares que no solía frecuentar, porque cerrado aquel anfiteatro a la zarzuela grande, el músico villenense se veía arrastrado a comprometerse en la composición de piezas musicales más sencillas, encuadradas dentro del llamado género chico (2), que tanto gustaban al numeroso público que acudía a sus representaciones y no tanto a la crítica especializada, que las veía alejadas de las grandes y complejas obras en las que había encontrado el músico el unánime reconocimiento del que gozaba como compositor. A la puerta de su casa madrileña, en la calle del Prado, se agolpaban ahora autores de otros tantos libretos, muchos de una cuestionable calidad literaria, para tratar de convencer a don Ruperto de que pusiera música a sus creaciones. De esta etapa de su vida y ese mismo año, 1887, son: “El figón de las desdichas”, puesta en escena por primera vez en el Teatro Eslava, “Juan Matías el barbero o la corrida de la Beneficiencia” y “Los lobos marinos”, ambos estrenados en el Apolo; “Playeras” y “El fantasma de los aires”, que vieron la luz en los teatros Lara y Variedades, respectivamente y, finalmente, “Felipe”, presentado al público en el recinto de verano del mismo nombre. Y la posibilidad de que la fama del músico se viera en alguna medida resentida tras comprometerse en aquellas obras de menor complejidad y ligera base argumental, quedaba enseguida abortada a la vista de que de todas ellas, don Ruperto solía salir airoso, gracias a su maestría musical, inspiración compositiva y profundo conocimiento del medio escénico y ello pese a los importantes retos y obstáculos con los que enfrentaba su tarea y que Enrique Sepúlveda enumeraba en su artículo:
“... imaginad a Ruperto Chapí encerrado en su gabinete de estudio, en el cuartito mismo donde escribió La Tempestad -página gloriosa de la historia de nuestra zarzuela- amontonando nota sobre nota para formar una romanza, que no sea romanza, porque si lo es, la triple no puede cantarla; un quinteto que lo sea sólo en apariencia, porque de lo cinco actores solo dos tienen voz, y los otros se limitan a abrir la boca; un coro de mujeres, que no exceda de cierto tono, y que sea sencillito, porque de lo contrario se corre el peligro de que sea el público el que lo cante; imaginad al pensionado de Roma, al discípulo directo de Arrieta condenado a cuplets perpetuos, y decidle cuando ha escrito el final, ahora tú verás cómo instrumentas esta partitura, porque en la orquesta no hay más que tres violines, y una flauta y dos violas y un contrabajo, un cornetín y un clarinete, y comprenderás los sinsabores que pasará al verse condenado a trabajar sin lucimiento posible tanto como ha trabajado otras veces con la seguridad de que, bueno o malo, lo que hiciera se podría cantar y se podría instrumentar; en una palabra, se podría oír.”
“TEATRO DE LA ZARZUELA” EN MADRID, CONOCIDO TAMBIÉN EN AQUELLA ÉPOCA POR LOS HABITANTES DE LA CAPITAL CON EL NOMBRE DE ”JOVELLANOS”. (PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO XX).
Y mientras todo esto ocurría, el infatigable trabajador Ruperto Chapí, asegurada la viabilidad económica para su abultada familia que sumaba en aquel momento esposa y ocho hijos y en el escaso tiempo libre que le restaba, andaba inmerso en un nuevo y ambicioso proyecto musical, mucho más complejo que los anteriores, cuya conclusión y estreno esperaban impacientes una legión de numerosos y fervorosos seguidores del músico. Y como Enrique Sepúlveda seguía diciendo en su crónica:
“Chapí no tiene más afán que despachar a la carrera todos estos juguetes que le encargan sus íntimos y en cuanto termina se encierra en su despacho para continuar la partitura de la Bruja, que nadie sabe aún cuándo se representará, porque no se sabe tampoco si en el Jovellanos habrá zarzuela este invierno, o vendrá alguna tanda de gimnastas en decadencia, a solazarnos con sus ridículas pantomimas. Pero por si acaso, ad cautelam, él no se descuida y en este momento da la última mano al melodrama en cuestión...
Chapí se pasa en esto muchas noches en vela. Al dar las doce, a la hora clásica de las brujas, él en absoluta soledad se sienta al piano y toca hasta que el sueño le rinde. El sereno de la calle de Tragineros es quizá el único madrileño que conoce a esta fecha algo de la nueva partitura...”
Finalmente, el 10 de diciembre de 1887, la zarzuela en tres actos “la Bruja”, con texto de Miguel Ramos Carrión era estrenada en el teatro la Zarzuela de Madrid con un clamoroso éxito de crítica y público, hecho que llevó a que superase las cincuenta representaciones en dicho coliseo y fuese llevada posteriormente de gira a distintas ciudades y localidades de toda España, entre ellas Barcelona, Valencia, Málaga, Cádiz, Granada, Zaragoza, Alicante, Palma de Mallorca, Teruel, Oviedo, Badajoz, Segovia, Zamora, la Habana (en Cuba) y la propia localidad natal del músico, lugares donde el éxito más rotundo seguiría sonriendo al inmortal músico villenense.
A LA IZQUIERDA DE LA IMAGEN APARECE RUPERTO CHAPI LORENTE, COMPOSITOR VILLENENSE AUTOR DE “LA BRUJA”, Y A SU LADO, EL LIBRETISTA DE LA OBRA, MIGUEL RAMOS CARRIÓN. (YouTube. Ruperto Chapí: preludio de la Bruja, 1887).
FRAGMENTO SOBRE LA CRÓNICA RELATIVA AL ESTRENO DE LA ZARZUELA “LA BRUJA” QUE SIN FIRMA APARECIÓ PUBLICADA EN LA EDICIÓN DEL 11 DE DICIEMBRE DE 1887 EN EL PERIÓDICO DE MADRID “EL DÍA”.
(1) El periodista Enrique Sepúlveda designa en su artículo al teatro de La Zarzuela como Jovellanos. Esto se debe a que al estar ubicado este coliseo madrileño (uno de los principales de la capital) en la calle Jovellanos, era frecuente utilizar indistintamente en aquella época un nombre u otro para referirse en realidad al que no era sino un mismo recinto.
(2) Las principales diferencias entre la zarzuela grande o simplemente zarzuela y el género chico se encuentran en su duración y número de actos. Mientras la primera comprende entre dos y tres y puede extenderse más allá de las tres horas, el género chico, en cambio, suele desarrollarse en un único acto de no más de una hora. Además hay otra diferencia que afecta, en este caso, a la propia temática. El género chico aborda temas más costumbristas y castizos, con un marcado tono humorístico y desenfadado, mientras que la zarzuela puede alternar situaciones dramáticas y cómicas, con una pretensión, en cuanto a su argumento, que aspira a ser más trascendente. Las diferencias apuntadas afectan a la complejidad y extensión de la partitura, número de personajes y músicos, así como la cantidad de medios técnicos y escénicos necesarios para el desarrollo de la obra, que se reducen en el género chico, lo que abarata su puesta en escena. Este último se hizo muy popular en Madrid tras la invención (en la segunda mitad del siglo XIX) del llamado “teatro por horas”, formato de espectáculo musical breve, que aspiraba a atraer a un público más numeroso que no solía asistir a los teatros por el alto coste de las entradas. Así, con libretos más sencillos, económicos de producir y de menor duración, se lograba aumentar el número de pases de cada espectáculo y la puesta en escena de diferentes obras a lo largo de un mismo día, con lo que se conseguía reducir el precio para el espectador, lo que impulsó extraordinariamente este género. Y pese a la tibia acogida mostrada con frecuencia por la crítica especializada que cuestionaba su calidad, destacados autores como Ruperto Chapí compusieron notables partituras para este medio, asegurándose de paso, los ingresos necesarios para preservar su economía personal, lo que permitió, en el caso del músico villenense, que este pudiera seguir componiendo obras musicales más personales, ambiciosas y complejas.
BIBLIOGRAFÍA: (LIBROS, PERIÓDICOS Y SITIOS WEB).
EL DÍA (MADRID): 11 de diciembre de 1887.
EL FÍGARO (OVIEDO): 23 de junio de 1889.
GRACIA IBERNI, Luis Miguel. Ruperto Chapí (serie temática-biografías, música hispana-textos). Publicaciones del Instituto Complutense de Ciencias Musicales, de la Sociedad General de Autores de España y del Ministerio de Cultura. De la edición de 2009. Madrid.
LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA (MADRID): 11 de diciembre de 1887.
LA IBERIA (MADRID): 11 de diciembre de 1887.
LA LEGALIDAD (SEGOVIA): 13 de noviembre de 1890.
PRATS ESQUEMBRE, Vicente. Ruperto Chapí, un hombre excepcional. Asociación para la promoción de los subnormales. Villena. 1984.
SEMANARIO “MADRID CÓMICO” (MADRID): 29 de abril de 1883 // 26 de marzo de 1887.
SEPÚLVEDA PLANTER, Enrique: La vida en Madrid en 1887. Asociación de Libreros de Lance de Madrid (de la edición conmemorativa de la XXI Feria de libro antiguo y de ocasión de Madrid). 1997. Madrid.
https://www.madridiario.es
https:www.youtube.com (sobre la Bruja).




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