ORACIÓN
Dios te salve, María,
pletórica de gracia y de belleza,
colmada de pureza,
de agua bautismal, con ufanía,
derrama en mi cabeza.
Cuando el Señor te envía
como un presente, celestial fineza,
el alma que sufría
de cruel melancolía,
se consuela a tus plantas y te reza.
Dios te salve, María,
palabra que acaricia con tibieza,
manantial de ambrosía,
emporio de grandeza,
faro deslumbrador que a el mundo guía.
De la nieve impoluta la limpieza,
reliquia de ancestral idolatría,
pedestal de firmeza,
llovizna que rocía
Dios te salve, María,
magnánima en tu gran delicadeza,
en la noche sombría,
incomparable proeza,
haces resplandecer la luz del día.
Con tu humilde llaneza
el águila bravía
se transforma en paloma sin fiereza,
la débil voluntad en fortaleza
y el cobarde temor en valentía.
Dios te salve, María,
melódica plegaria donde empieza
ferviente letanía
que ensalza el esplendor de tu realeza.
Permanente vigía,
brújula que endereza
a el alma que torcida se extravía.
Flecha que con destreza
taladra el corazón cuando se enfría
y ablanda su granítica dureza.
Dios te salve, María,
oración salmodiada con terneza
cuajada de armonía,
que ahuyenta la tristeza
y vuelve realidad la fantasía.
Espejo de hidalguía
reflejando blasones de nobleza.
Tu mística poesía
robustece la mísera flaqueza
del alma que confía.
J. Menor Valiente
Extraído de la Revista Villena de 1978
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