18 jun 2026

1998 JOAQUÍN MARÍA LÓPEZ EN LA REVISTA ILUSTRADA EL SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL (1836-1857)

Joaquín María López en la revista ilustrada. El Semanario Pintoresco Español (1836-1857)
Rosa Llorens Ronda
La lectura de la prensa periódica de cualquier época es siempre estimulante y una fuente de noticias y de sorpresas para el investigador que la tiene a ella como base de donde extrae datos para realizar sus trabajos. Los hechos históricos y los personajes están vivos, sus opiniones son frescas y nos hablan en presente. Podemos saber qué sentían, qué les preocupaba, qué sucedía, cuáles eran los motivos de las luchas personales y políticas, qué tipo de literatura disfrutaban o cuál era su vida cotidiana.
En el siglo XIX, y más exactamente desde el reinado de Isabel II, España se llena de periódicos, y con ello de periodistas, siendo alguno de ellos villenero, como veremos más abajo.
El oficio de periodista se inicia en España en el siglo XVIII con Francisco Sebastián Manuel Mariano Nipho y Cagigal, más conocido como Nipho, que fue el primer español que consiguió vivir de lo que ganaba trabajando en las publicaciones periódicas que él mismo creaba.
Bien es verdad, y ya metidos en el XIX, que ni todos los que se dedicaban al periodismo lo hacían con ánimo de lucro, ni todos los que queriendo vivir de él lo consiguieron, y así, se pueden distinguir varios tipos de periodistas, entre los que podemos encontrar a personas que disfrutaban con esta actividad y cuya posición económica, o su actividad remunerada, les permitía fundar publicaciones aunque con ellas perdieran dinero. Lo que deseaban era estar metidos en este mundo, divulgar aquellas materias que dominaban, criticar la sociedad en la que vivían, dar a conocer sus creaciones literarias, divertirse, e incluso usar la redacción del periódico como lugar de tertulia. Incluso había publicaciones que duraban lo que las vacaciones de verano de unos universitarios, como es el caso de la publicación alicantina titulada Una Nube de Verano (1862). También existía aquel que lo que pretendía publicando sus artículos era darse a conocer en el mundo literario o en el político. Otros lo hacían por vanidad, por ver su firma impresa, Y estaba aquel que colaboraba de manera desinteresada.
Hay que aclarar unas características del periodismo decimonónico para poder diferenciarlo del de finales del siglo XX, y éstas son -además de que para llamarse periodista no hacía falta cobrar un sueldo- que el periodismo, como carrera, no existía en el XIX, se empezó a estudiar iniciado ya nuestro siglo, y que se consideraba periodista en aquel siglo a todo aquel que publicase de una manera asidua en publicaciones periódicas, sin importar si lo que firmaba entraba dentro de los géneros periodísticos o de los literarios.
Volviendo al colaborador que lo hacía en periódicos y revistas de manera desinteresada, diremos que éste fue el caso de don Joaquín María López en la revista madrileña Semanario Pintoresco Español. En el número 18 del 4 de mayo de 1851, en las páginas 142 y 143, se puede leer el artículo de este ilustre villenero titulado Estudios Sociales De la civilización, y que se reproduce aquí íntegramente.
No era la primera vez que Don Joaquín María escribía en periódicos, de hecho fue redactor habitual -y por esto también se le puede considerar como periodista, además de político y abogado- del diario progresista El Eco del Comercio (Madrid, 1834-1849), dirigido por su gran amigo Fermín Caballero hasta 1842, año en el que cambia de propietarios.
El año que se publica el artículo que aquí se incluye, D. Joaquín María es senador en Madrid, cargo que ocupaba desde 1847. Del disfrute de dicho puesto político comenta María Cruz Seoane en su Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX que «se resistía López a verse como senador, sobre todo porque el cargo llevaba aparejada la idea de vejez, horrorosa para aquel impenitente galanteador, que se quitaba años por coquetería. En 1851 tiene nuestro político 53 años. Poco le quedaba ya de disfrutar de la vida, porque en octubre de 1854, y como informa D. Vicente Prats, el doctor D. José Roviralta diagnostica, a nuestro gran orador, un cáncer de lengua. Moriría en Madrid un año después, el 14 de noviembre de 1855.
La revista en la que publica D. Joaquín María López, El Semanario Pintoresco Español (Madrid. 1836-1857), era un periódico que se hizo a imitación del inglés Penny Magazine, y de otros varios que se publicaron después en Francia a principios de 1833, fue fundado por el distinguido literato Sr. D. Ramón de Mesonero Romanos y dirigido por él durante seis años consecutivos. De él decía Hartzenbusch que era notable esta publicación periódica por el abundante caudal de noticias de biografías de personajes célebres y descripciones de monumentos españoles. Los grabados en madera, intercalados en el texto, para hoy día son de escaso mérito; sin embargo, en su tiempo eran estimables en este género de publicaciones En su subtítulo se podía leer «Lectura de las Familias: El Semanario Pintoresco era una revista ilustrada y semanal que iniciaba en España un tipo de publicación que ampliaba el círculo de lectores a los que se dirigían los periódicos que había hasta ese momento en España (casi todos dirigidos a aquellos con derecho a voto). Revista cultural y divulgativa de tono moderado, en las páginas de El Semanario Pintoresco no cabía la política, pero sí literatos, periodistas, románticos, realistas, científicos, educadores.
En 1851 era director de la publicación madrileña D. Ángel Fernández de los Ríos, que lo fue desde 1847 hasta 1855, y del que comenta Enrique Rubio en su Periodismo y Literatura: Ramón de Mesonero Romanos y el Semanario Pintoresco Español que supo aunar la calidad periodística de los defensores de las ideas progresistas con un público poco exigente que sólo se suscribía a este periódico por la consabida novela por entregas. Ello le produjo pingües ganancias que no desaprovecharía, acrecentando y perfeccionando su publicación hasta límites infrecuentes: 
Joaquín María López fue compañero en el mismo número 18 del Semanario Pintoresco de Carolina Coronado, famosa escritora extremeña que vio su obra muchas veces impresa en publicaciones periódicas. En El Eco del Comercio, cuyo subtítulo rezaba Este periódico sale todos los días sin excepción», también tuvo buena compañía femenina, porque este diario publicó artículos y poemas de dos escritoras españolas contemporáneas del político villenero, ellas son Robustiana Armiño Cuesta y Vicente García Miranda.
Ahora damos paso al artículo de D. Joaquín María López. Disfrútenlo y sientan cómo les hablan en presente desde el pasado.
«Estudios Sociales. De la civilización»
La civilización es el triunfo de la inteligencia sobre la naturaleza inculta o sobre ideas menos adelantadas. Ella marcha más rápidamente o más lentamente según que las circunstancias la favorecen o la contrarían; invade los pueblos; penetra en los espíritus; cambia los hábitos, y enlazando a los hombres de diferentes y lejanos países por los vínculos del pensamiento o del interés recíproco, extiende su cetro desde la una a la otra parte del mundo, y hace de la humanidad entera una sola familia.
Inmensas esperanzas deberíamos poner en su influjo bienhechor, si por desgracia no fuera su movimiento alternativo; si no tuviera como la luna sus crecientes y sus menguantes; si por nuestro mal no retrocediera sin cesar tanto como antes hubiera adelantado. Los hombres se afanan en ciertos periodos por conquistar la ciencia: descubren algunas verdades; entonan su himno de triunfo inspirado por el orgullo de su pequeñez, y cuando se creen como los gigantes de la mitología a punto de escalar el cielo, la oscuridad renace y se extiende de nuevo; las últimas indagaciones se pierden en ella; millones de años gravitan sobre las verdades descubiertas, y la especie humana condenada a parodiar la tela de Penélope, se agita en esa oscilación continua de adelanto y retroceso, volviendo después de todas sus incursiones al mismo punto de que partió. Cuando a través de largas épocas arranca a la naturaleza algún arcano, se ufana en su vanidad insensata; y por lo regular no ha hecho otra cosa que desenterrar descubrimientos anteriores, perdidos y ocultos a las miradas de la generación que vive bajo los escombros de las generaciones que pasaron. Vasco de Gama dobla el Cabo de Buena Esperanza, y todos contemplan atónitos su talento, su osadía y su fortuna: sin embargo, en tiempos de Salomón se había hecho el mismo camino, y cuatrocientos años después lo habían repetido los fenicios con no menos propicia suerte. Colón, guiado por el vuelo de las aves y por la vacilante luz que derrama sus destellos en las sombras de la noche, penetra en las remotas playas en que parece que el sol va a ocultarse cada día; y no obstante, los viajeros encuentran después en medio de los bosques impenetrables de la América Septentrional ruinas de monumentos levantados en ignorados tiempos por una inteligencia muy superior a la de los indígenas; lo cual nos da a conocer que otros hombres habían recorrido de muy antiguo aquellas comarcas, y habían dejado en ellas vestigios que atestiguan su presencia y su genio. Chataaubriand refiere que a la orilla de Chanon y muchos pies bajo el agua, existen caracteres trazados en las paredes de un precipicio, de lo que resulta que antes corría el agua a aquel nivel, y que algunas naciones desconocidas escribieron aquellas letras misteriosas al pasar por el río. Este hecho testifica a la vez el trastorno de aquellos lugares y la destrucción de SUS habitantes. Encuéntrense también sepulcros de particular construcción, y en ellos ídolos, esqueletos y huesos humanos. ¿Habrá existido la famosa Atlántida de Platón? No lo sabemos. ¿Estaría entonces unida la América al África, y un suceso extraordinario las habrá separado como el filo de un sable corta la mano del cuerpo a que estaba unida? Tampoco lo sabernos. Tal es nuestra ciencia cuando queremos echar la sonda a los misterios de la naturaleza, y tales son los títulos de nuestro orgullo cuando nos envanecemos de adelantamientos que morirán con nosotros o poco después, para aparecer de nuevo cuando se hayan ya borrado todos los vestigios de su memoria. La civilización, pues, y el talento creador del hombre, tienen su flujo y reflujo como el Océano. En el primero avanzan sobre las ideas como las aguas sobre las costas; más en el segundo retroceden otro tanto cuanto antes habían salido de sus límites.
Pero la civilización es altamente bienhechora. Tiene también sus inconvenientes como los tienen todas las cosas. No hay duda de que perfecciona y une a los pueblos; pero hasta cierto punto separa a los individuos, y dándoles hábitos de más refinamiento y cultura, les hace perder las costumbres inocentes, aquellas costumbres patriarcales que están en la cuna del género humano y que suponen una felicidad tranquila, parecida al dulce sosiego del niño que sonríe mientras duerme en su cuna de mimbre,
Los salvajes de esa parte occidental del mundo eran cándida y afectuosamente hospitalarios. Apenas el extranjero que llegaba a la puerta de su cabaña empezaba la danza del suplicante, cuando sus huéspedes entonaban aquel canto: "ve aquí al enviado del grande Espíritu”, un niño salía a su encuentro, le introducía de la mano hasta el hogar, le sentaba sobre la fría ceniza, se bebía la copa de la hospitalidad, se fumaba la pipa de la paz por tres veces, y resonaba en la boca de las mujeres aquella canción consoladora que nunca sabrán producir las nuevas sociedades, "el extranjero ha encontrado una madre y una esposa, el sol saldrá y se pondrá para él como antes". Desde entonces el hogar era un altar para el desgraciado, y su dueño se hubiera dejado matar antes de que se tocase un cabello del hombre a quien había recibido. En cambio nuestra civilización ha endurecido las almas y metalizado los corazones. ¿Encontraría hoy el extranjero igual acogida a la puerta de los magníficos palacios de Londres, ni tal vez ante los ostentosos edificios de esas ciudades que se han levantado sobre las ruinas de aquellas chozas asilo de hombres rudos, pero de costumbres tan tiernas y benéficas? Las ceremonias salvajes usadas en el nacimiento de los hijos; las que tenían lugar al ir a recoger los frutos que les concedía el cielo; el himno de gratitud que en esta ocasión elevaban al sol mostrándole los hijos que colgaban del pecho de sus madres, todas estas costumbres tenían algo de sencillo, y sublime a la vez; algo de misterioso y profundo que el corazón comprende y no acierta a descifrar; algo, por último, que sin duda valía más que otras prácticas y otros hábitos de los pueblos actuales.
¿Y cuál de los dos estados hará más feliz al individuo si se le mira sólo por el lado de las necesidades y de los deseos que inspira la naturaleza? El hombre, cuanto más gira sobre esa circunferencia de conocimientos y de goces, más se separa del centro de sus afectos y de sus recuerdos; y parecido al humo, se aleja de la tierra a proporción que se eleva y disipa por el espacio. Las manos cariñosas que han mecido nuestra cuna; los objetos toscos, si se quiere, pero siempre dulces e interesantes que han sonreído nuestra infancia; los juegos de la niñez; las apacibles horas por las que se desliza la vida tan mansa mente como las aguas silenciosas de un arroyo puro y cristalino, todo esto deja en el alma un sabor de felicidad que nunca se borra y que se recuerda con un placer triste en las tribulaciones que encontramos después en este mundo. Por eso, sin duda, ha dicho Chateaubriand "dichosos los que no han visto el humo de las fiestas extranjeras, y que sólo han asistido a los festines de sus padres"; y en otra parte ha añadido: "vosotras, maravillosas historias contadas alrededor del hogar, tiernas efusiones del corazón y largas costumbres de amar; tan necesarias a la vida; vosotras sois las que habéis llenado de satisfacción a los que nunca han dejado su país nativo. Sus sepulcros están en su patria, con el sol puesto, con los llantos de sus amigos, y con los encantos de la religión".
¿Habrán sido por ventura más felices los moradores de Otaiti después que la civilización ha fabricado su trono a la sombra de sus florestas, después que han tenido reglas y leyes y magistrados que lo eran en la vida ignorada, abundante y pacífica en que los encontró el capitán Cook? ¿Serán más felices las islas encantadas de la Oceanía después que los ingleses han sembrado las querellas y las discordias religiosas, que lo eran cuando abandonados en los brazos de la naturaleza encontraban en la prodigalidad de sus beneficios cuanto bastaba a una existencia dichosa en su misma oscuridad? Hoy saben más sin duda, pero no gozarán tanto ni tan fácilmente. Tendrán placeres, entonces desconocidos; pero habrán perdido su inocencia y su libertad, germen de todos los placeres. Serán más cultos, pero menos cándidos; más instruidos, pero menos sensibles; más ricos, pero menos felices. En suma: la civilización favorece a la humanidad, pero acaso daña en cierta relación a las individualidades: crea intereses, pero destruye afectos: da dilatación al alma, pero entibia la ternura del corazón: esparce el pensamiento, pero impide su concentración; y entregándonos a nuevas necesidades, a nuevos hábitos y hasta a nuevas creencias, condena como añejas las costumbres y los sentimientos de la naturaleza que hicieron la dicha de los hombres primitivos.
¡Tal es la triste condición de la especie humana! La perfección es su quimera; y la felicidad completa es un sueño, es su fantasma que sigue sin cesar por otro; y asemejándose al viajero que marcha por una tierra encharcada y resbaladiza, no adelanta su planta sino para retroceder sobre su propia huella. Así gira sin cesar el mundo, indiferente a nuestro anhelo; así se suceden las generaciones, empleadas a reducir a polvo las obras que encuentran a su paso, o en desenterrar las que estaban escondidas bajo la mole inmensa de los siglos; y en tanto el grande artífice de la creación se sonríe de nuestros afanes y de nuestra soberbia, y a lo más nos permite alzar alguna vez una punta del velo que cubre el mecanismo de su sistema, y el cuadro de sus leyes y de sus maravillosas obras. 
Extraído de la Revista Villena de 1998 

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