Villena: los vinos del Vinalopó. Manuel Soria
Es pueblo éste, bien capaz de simbolizar la calidad de un vino. Y con posibles, porque si ya 1800 años antes de Cristo contaba Alicante con determinadas vides, origen de lo que más tarde terminaría siendo su parcela vinícola, Villena, bien que ha dado con efectividad evidentes pruebas, desde tiempos atrás, de cosechar y elaborar caldos de auténtica categoría, y que actualmente pueden responder a nombres tan sonoros como «El Tesoro de Villena» bueno, maduro, perfecto; «Gachamiguero», en ritmo creciente de popularidad; Arcabucero considerado en la línea recta del vino, del cosechero al consumidor; Vinalopó conseguido con los tres ases del viñedo español; o El Pinar , cien por cien Monastrell.
Villena, aun cuando no se disponía de denominación alguna para los vinos, era ciudad de enorme bagaje vitivinícola como se ha llegado a reconocer, no sólo en las últimas jornadas técnicas vividas en Petrel, sino en aquellas otras vivencias que el sector protagonizaba precisamente en la ciudad, cuando años atrás ya se dilucidaban temas en torno a la OCM del vino.
A más de cuantos documentos avalan a la ciudad como notabilísima productora de caldos. Y es que por aquel entonces se trataba de vinos jóvenes, aunque se ignorase de ellos esta condición. Productos para beberse inmediatamente después de haber sido elaborados, entonces, como ahora, bastante tánicos y de grado, al que hoy ya se les ha buscado cierto refinamiento.
¡Aquellas tabernas del Villena del pasado, donde se trasegaba un vino al que se acompañaba de altramuces puestos de antemano a remojar en los bajos de la «Fuente de los burros de cacahuet, de cuanto el tiempo daba, aquellos racimos de pino o romero colgando sobre el dintel de las puertas, anunciando vinos de cosechero»!
Y si bien se la conocía como ciudad de enorme auge, en este sentido en la mitad del XIX, cuando el ferrocarril llegó a su término municipal (¡dichoso Chicharra!) llegó-se a incrementar viñas y mercado, de forma y manera que a finales del siglo pasado, Villena contaba con más de una veintena de empresas (¡aquellas bodegas de Cristóbal Amorós!) entre firmas locales y extranjeras.
El viñedo villenero ha echado raíces en la cuenca alta y media del río Vinalopó, cultivos que han dado al lugar una enorme tradición vinícola, actualmente con cosecha mermada y una industria en decadencia total si se la compara con décadas anteriores.
Bernardo Conca Gilbert preside la cooperativa «Virgen de las Virtudes», entidad que cuenta con una muy buena imagen, y adosados a ella la inmensa mayoría de cosecheros ya que si la ciudad dispone del orden de las 2.150 hectáreas, esta entidad cuenta con unas 1.900 a las que sus 672 socios aportan el caudal de sus cosechas, del que un 30%, o más, sale embotellado.
La bodega, que ha sufrido últimamente serias transformaciones habiéndose empleado en ello fuertes inversiones, cuenta con una cabida que totaliza 7 millones de litros, de los que actualmente, en plan operativo, se encuentran unos cinco entre blancos, rosados y tintos, para lo que se cuenta con diez marcas comercializándose.
En cuanto a variedades se llega en un 60% en la Monastrell para el tinto. Fruto este muy productivo para obtener de él un caldo seco, de color, cuerpo y alta graduación.
De la Garnacha, también para el tinto, se cuenta sobre un 10% al igual que la Cencibel. De esta Garnacha tinto reza, a la que igualmente se conoce por Garnacho, se logran vinos de color muy intenso y alta graduación alcohólica que a veces suelen emplearse para dar fuerza y color al vino de otras regiones.
Como en Villena, luego de un comercio no muy eufórico, parece ser que se ha llegado a su estabilización, al reestructurarse parte de su viñedo, cambiándose ciertas viníferas, ello, en parte ha ido mejorando estructuras. Ahora sobre el campo villenero puede apreciarse la Macabeo en blancos, Cabernet Sauvignon, y está funcionando, aunque sólo en pruebas, la Riesling, variedad de origen alemán.
Viñedo notablemente sano al que se ha llevado el sistema de riego por goteo y algo de espaldera.
Nuestra Sra. de las Virtudes que no ha dejado de invertir en decoro y profundidad de almacenamiento, en poco tiempo dio un cambio bien notable mejorando el aspecto de su despacho de cara al público, dispone de una surtida y bien extensa estantería donde deja visible cuanto produce y embotella.
Cuenta con amplia sala de juntas y laboratorio y unas cavas de formidables proporciones donde se alinean madera y añadas, vinos, esperanza e ilusiones: El Medio Vinalopó que sobresale por la bondad y majeza de sus vinos, comercializa tintos, que es su fuerte, con precios algo por encima de lo normal. Tiene sentido. Hay motivo para ello. Se trata de un producto realmente notable.
LOS VINOS
El Tinto Vinalopó», joven, conseguido en un 60% de Monastrell, 15% de Cabernet Sauvignon y el resto de Cencibel presenta un color rojo cereza con bastante capa, limpio y brillante. En nariz da aromas nítidos. En boca es equilibrado, sabroso y ligeramente tánico, carnoso y fresco. Los retronasales son muy limpios y fructuosos.
Para el rosado «Vinalopó» joven, conseguido en un 80% por la Monastrell, Cencibel el resto, su rosado tiene ribetes de frambuesa, de capa media baja, brillante y atractivo como corresponde a la mezcla que lo origina. De aromas primarios muy varietales y frutosos, llena de boca de sabor y frescura con retronasales limpios, frutoso y permanente.
Blanco «Vinalopó», varietal. Conseguido con Macabeo. La Macabeo, cepa muy productiva, suele dar un vino de gran calidad. Vino afrutado, de apenas diez u once grados. Viene a ser pálido de reflejos verdosos, fresco y amplio en boca con final persistente y sabroso.
En cuanto al «Vinalopó», tinto crianza, es el que hemos visto madurar, hacerse, en las cavas. Elaborado con Monastrell, Tempranillo y Cabernet, criado en barricas nuevas de roble americano de un intenso color rubí y todo él es elegante, elegante aroma a fruta madura, elegante en boca, elegante en la amplitud de sabores y con un final persistente.
Luego está la gama del Arcabucero, tinto, rosado o blanco. Tanto el tinto como el rosado, compuesto de un 70% de Monastrell y el resto para la Garnacha. En cuanto a su blanco un 70% de Marseguera y el resto Macabeo.
Otros vinos: «El Pinar», también en blancos, tintos o rosados; rosado varietal, 100% Monastrell; blanco 80% de Merseguera, 20% con Malvasía; tinto igualmente varietaI.
De color bondad, elegancia y aromas primarios bien impuestos.
No en vano son caldos conseguidos con los tres ases del viñedo español.
El crianza llega con 12'5 grados alcohólicos y es de 1995.
Villana aún mantiene sus vinos de mesa, los especiales que le dan ritmo agilidad, imagen.
Y si la mistela selecta Vinalopó», embotellada en su segundo año, supone ser toda una delicia al paladar, el Moscatel Vinalopó es cita obligada para los postres. Por último su buque insignia, el Fondillón, algo sumamente inigualable. De una calidad tan resaltable que viene a ser auténtico tesoro y no porque aparezca como «Tesoro de Villena», sino porque brinda fragancia, esa fragancia que va adquiriendo con el paso del tiempo y la tradicional forma que le llegan las soleras a la madera, donde, los más viejos y mejores toneles de roble van recibiendo una vez y otra, van acumulando fragancias retenidas, la savia que habrá de hacer, de este vino incomparable porque lo es, todo cuanto apetece y es noble encontrar en un vino del que se espera un todo.
Extraído de la Revista Villena de 1998




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