Mi abuelo
Las cabezas de ajo siempre me han parecido pequeñas familias.
Los dientes viven juntos, apretados bajo la misma piel, como si supieran que la cercanía también es una forma de protegerse.
Cuando las desgrano, la luz va descubriendo uno a uno sus cuerpos blancos y, sin buscarlo, pienso en mi abuelo.
No aparece de golpe. Nunca lo hace. Llega despacio, como llegan las cosas que fueron importantes de verdad. Primero es un olor. Después una sensación difícil de nombrar.
Luego una imagen: sus manos sobre la mesa. Sus manos grandes, gastadas y tranquilas, capaces de hacer que cualquier tarea pareciera sencilla.
De niño creía que mi abuelo sabía hablar con las cosas.
Con la tierra, con las plantas, con los animales. Hoy pienso que lo que sabía era escucharlas. Quizá por eso recuerdo tanto sus silencios.
No eran silencios vacíos. Eran lugares donde uno podía quedarse a vivir un rato.
El aroma del ajo invade la cocina y abre una puerta que yo no sabía que seguía allí.
Detrás esperan las tardes lentas, las comidas interminables, la seguridad de aquellos días en los que el mundo parecía estar bien porque él ocupaba una silla cerca. No necesito recordar su voz para saber que está presente.
Hay personas que terminan convirtiéndose en una temperatura, en una luz, en una forma de respirar.
Mientras machaco los ajos en el mortero, el tiempo parece aflojar su nudo. El ajo se rinde poco a poco. El aceite cae despacio. Nada ocurre de inmediato. Y en esa lentitud reconozco algo suyo.
Mi abuelo desconfiaba de las prisas. Las cosas buenas, parecía decir sin decirlo, necesitan tiempo para encontrarse.
Entonces el alioli comienza a nacer. Blanco, espeso, brillante.
Y de pronto me sorprende una tristeza dulce.
Porque entiendo que llevo años buscando a mi abuelo en los lugares equivocados. No estaba en las fotografías ni en los recuerdos que me esfuerzo por conservar.
Estaba aquí. En la cocina. En el olor que llena la casa. En las recetas que sobreviven a quienes las enseñaron. En estas pequeñas ceremonias que repetimos sin pensar.
Y por un instante, mientras pruebo el alioli, tengo la sensación de que la ausencia se equivoca. De que algunas personas no se marchan del todo.
Simplemente aprenden a esconderse en las cosas que amaban, esperando que un día volvamos a encontrarlas.
Fabiola Martínez en homenaje a mi abuelo y a los ajos de Villena.
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