CATALINA
Un homenaje a una mujer buena, muy buena y valiente.
Me emociona escribir para personas sencillas, porque en su humildad guardan la mayor belleza.
Hay almas especiales que iluminan sin hacer alarde, que ayudan sin esperar nada y que dejan huellas imborrables en el corazón de quienes las conocen.
Hoy mis palabras son para Catalina, la Cata. Esa mujer bonita por dentro y por fuera, capaz de convertir la vida en ternura, fuerza y amor.
CATALINA
Catalina tenía las manos
llenas de harina, de azúcar
y de años.
En sus dedos vivía el aroma del café recién molido,
el crujido del papel de estraza
y la paciencia antigua
de quienes aprendieron a sostener la vida
sin hacer ruido.
Detrás del mostrador
parecía conocer el corazón de cada vecino:
la prisa del trabajador,
la tristeza escondida de alguna viuda,
las quejas repetidas de los hombres cansados
y la alegría sencilla de los niños
que entrábamos buscando golosinas
como quien entra a un pequeño reino.
Ella sonreía.
Y en esa sonrisa cabía el barrio entero.
Sabía envolver caramelos
como quien protege un tesoro,
y tenía la rara virtud
de convertir las cosas pequeñas
en recuerdos eternos.
Qué lejos quedan ahora
aquellos domingos lentos,
el sonido de las campanas,
las bolsas sobre el mostrador
y tu voz preguntando qué nos hacía falta.
Pero hay personas
que nunca abandonan del todo este mundo.
Se quedan viviendo
en el olor de las tiendas antiguas,
en las calles de la infancia
y en la memoria tibia
de quienes un día fueron queridos
sin darse cuenta.
Y tú, Catalina,
sigues allí:
entre caramelos de miel,
papeles doblados con cuidado
y la luz humilde
de las cosas que jamás deberían desaparecer.
Fabiola Martínez Espinosa - Agosto 2026

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