17 ago 2026

2026 CUANDO EL TEATRO SE QUEDA A OSCURAS

 CUANDO EL TEATRO SE QUEDA A OSCURAS

Hay un lugar en Villena
donde quedarse en el mundo
duermen junto a la memoria se sienta
a esperar que vuelva la luz.

Allí, cada noche,
los nombres de quienes hicieron del arte
una forma de terciopelo:

Ana Belén,
Juan Diego Botto,
Carmen Linares,
Carmelo Gómez,
Javier Gutiérrez,
Luis Bermejo,
Ana Zamora,
Kiti Mánver,
Lola Herrera…

Nombres que llegaron desde lejos,
dejaron su voz sobre las tablas
y se marcharon llevándose los aplausos.

Pero algo de ellos
permaneció aquí.

Quizá por eso,
cuando el teatro queda vacío,
sus nombres siguen respirando.

Yo los he visto pasar.

He sentido el temblor de las manos
antes de que comenzara una función,
la emoción de quien espera,
la lágrima que nadie quería confesar,
la risa que rompe el silencio
como una campana.

He guardado secretos.

He sostenido cuerpos cansados,
amores, despedidas,
primeras veces
y recuerdos que volvieron
muchos años después.

He visto a Villena entrar
una y otra vez
por estas puertas.

Y entonces comprendí
que los grandes nombres
no son lo más importante.

Porque un nombre puede quedar escrito,
pero hay algo que no necesita tinta
para permanecer.

El pueblo.

Villena.

Villena que llena esta sala
con su memoria,
que reconoce a quienes dejaron arte,
que abraza a sus artistas
y convierte la cultura
en una forma de pertenencia.

Por eso, cuando el telón cae
y todos se marchan,
cuando las luces se apagan
y solo queda la respiración antigua
de este teatro,
yo sigo aquí.

No aplaudo.

No hablo.

No camino.

Pero recuerdo.

Recuerdo cada rostro
que alguna vez se abandonó a una historia.

Cada niño que miró fascinado.

Cada anciano que regresó a su juventud.
Cada corazón que, durante unas horas,
latió al ritmo del escenario.

Y quizá ahora entendáis
por qué conozco tanto de vosotros.

Por qué sé de vuestros sueños.

De vuestras lágrimas.

De vuestros aplausos.

Por qué llevo nombres de artistas
y, sin embargo,
siento que pertenezco a todos.

Porque yo también soy parte de esta historia.

Y ahora que el teatro está vacío,
puedo decíroslo sin miedo:
yo soy quien os ha estado hablando.

No soy el escenario.

Ni el telón.

Ni la luz.

Soy mucho más humilde.

Soy la que espera cada noche
a que alguien vuelva a sentarse.

Soy una butaca del Teatro Chapí.

Llevo un nombre ilustre en mi espalda,
pero llevo a Villena en el corazón.
Y ese nombre,
ningún aplauso podrá borrarlo.

Fabiola Martínez 

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