"No escribo esto como análisis del robo, que debe investigarse y repararse. Lo escribo como villenera, sobre cómo se siente tener la vitrina vacía"
EL DUELO BLANCO DEL TESORO
Por Fabiola Martínez Espinosa
Hay duelos que no tienen funeral. Nadie muere, y sin embargo algo deja de estar.
Eso es lo que nos ha pasado con el Tesoro.
La persona — en este caso, las piezas — sigue viva en algún sitio. El oro no ha muerto. Pero aquello que existía entre nosotros y él ha dejado de existir.
En la madrugada del 27 de agosto, en solo cuatro minutos, arrancaron un ventanal lateral del MUVI y se llevaron gran parte de las 66 piezas que nos acompañaban desde 1963. El museo cerró. Las vitrinas se quedaron vacías.
Es un duelo blanco en toda regla. Una ausencia sin cuerpo, sin ceremonia y, muchas veces, sin reconocimiento fuera de aquí.
Porque es extraño sufrir por algo que sigue existiendo. No hay una destrucción que cierre la historia, solo una relación que ya no puede seguir siendo lo que fue.
Quedan los hábitos. Pasar por el MUVI. Llevar a tus hijos a verlo como te llevaron a ti. Decir en clase "el Tesoro de Villena es el conjunto de vajilla áurea más importante de Europa".
Quedan los lugares, las palabras, las fotos.
El sufrimiento nace de esa contradicción: saber que ya no está y, aun así, sentir que algo permanece.
Puede provocar vacío, insomnio, tristeza, irritación, falta de ganas e incluso dificultad para imaginar Villena sin aquello que nos explicaba. Y hay quien intenta combatirlo refrescando noticias cada hora, buscando de nuevo, alimentando la esperanza de recuperarlo intacto.
Pero vivir un duelo no significa olvidar el Tesoro. Significa aceptar que aquello que fue importante puede seguir teniendo significado sin continuar ocupando la misma vitrina.
Es posible sentir nostalgia sin regresar al 26 de agosto.
Es posible guardar cariño sin alimentar una esperanza que nos deja inmóviles.
Es posible agradecer lo que existió durante 60 años — y lo que sobrevivió 3.000 años escondido en una vasija — sin continuar atrapados en aquello que dejó de estar.
En efecto, algunas pérdidas no necesitan ser olvidadas para dejar de doler. Solo necesitan dejar de ser esperadas.
Y quizá el mayor homenaje al Tesoro no sea recuperarlo, sino aprender a vivir con su hueco sin convertir ese hueco en nuestra casa.

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