LA VILLENA QUE CABÍA EN UNA TARDE
Hay nombres que los pronuncias y, de repente, vuelve una tarde que creías perdida. Una calle. Una voz. El ruido de unas bolas de billar. Alguien apoyado en una barra. Una mirada que entonces parecía insignificante y que, muchos años después, descubrimos que también formaba parte de nuestra vida.
La Sardina.
Billares Parra.
El Paseo de Chapí.
El Café Sara.
El Bar Niño.
Cinco nombres y, detrás de ellos, una ciudad entera.
Una Villena que quizá ya no existe físicamente, pero que continúa viviendo en la memoria de quienes la caminaron cuando las tardes parecían no tener prisa.
Porque hubo un tiempo en que salir de casa era una aventura pequeña.
No había que organizarlo todo.
No hacía falta escribir en un grupo de WhatsApp dónde estabas, ni compartir una ubicación, ni preguntar quién iba.
Bastaba con decir:
«Voy al Paseo».
Y salir.
Quizá encontrabas a tus amigos. Quizá a alguien que hacía tiempo que no veías. Quizá aparecía aquella persona que esperabas encontrar sin reconocer que la estabas esperando.
Y así se llenaban las tardes.
De conversaciones.
De encuentros.
De silencios.
De primeras veces.
De historias que entonces parecían pequeñas y que hoy, vistas desde lejos, son prácticamente nuestra biografía.
En los Billares Parra, en la calle Ancha, se reunieron generaciones de jóvenes. Allí estaban Pepe «Candileja» y, durante años, Paco Tomás Serrano. Se jugaba, se hablaba, se mataba el tiempo. Incluso se vendían cigarrillos sueltos.
Pero seguramente nadie pensaba que aquellos ratos acabarían convirtiéndose en memoria.
Porque nadie sabe cuándo está viviendo un recuerdo.
Eso lo descubrimos después.
La Sardina era otra de esas coordenadas sentimentales de aquella Villena.
Y allí estaba Eloy.
Eloy Pardo Navarro.
Detrás del mostrador, formando parte de aquella escena cotidiana como si siempre hubiera estado allí.
«Eloy, ponme el billar».
«Eloy, dame cambio».
Palabras sencillas.
Palabras que hoy quizá no significan nada para quien no estuvo allí.
Pero para muchos villeneros contienen una época entera.
Testimonios de aquellos años recuerdan a Eloy como alguien cercano, amigo y confidente. Alguien que no se limitaba a atender detrás de una barra: conocía a la gente, sabía quién era quién y formaba parte de sus vidas.
Y ahí aparece una verdad que quizá explica mejor que ninguna otra cosa aquella Villena:
los lugares eran importantes porque estaban llenos de personas.
Francisco Bravo «Pajareta», Carlos Puig Hernández, Carlos Postigo, Vicente Martínez Cuartero, Vicente Soler, Juan Rubio, Ramón Salinas, José Esquembre «Pepito Grillo»...
Nombres que pueden parecer desconocidos para una generación, pero que para otra son capaces de encender una tarde completa.
Y estaba el Bar Niño.
«Quedamos en el Bar Niño».
Una frase sencilla que durante años sirvió para encontrarse.
En sus bajos estuvo también la Sala Jovi, inaugurada en 1959 bajo la dirección de José Pardo, «Pepe el del Niño».
Y aparecen otros nombres: José María «el Muletero», Paco de Muebles Mónaco, José Antonio del Bar Acapulco, Paco Moya de Lámparas Vigerra, Paco Marco de Patatas Fritt...
Personas que quizá no aparezcan en los grandes capítulos de la historia de Villena.
Pero ¿qué sería de una ciudad si solo conserváramos los nombres importantes?
Nos faltaría casi todo.
Porque una ciudad no la construyen únicamente sus edificios, sus monumentos o sus fechas señaladas.
La construyen también quienes abren una persiana cada mañana.
Quienes sirven un café.
Quienes esperan en una esquina.
Quienes juegan una partida.
Quienes se enamoran.
Quienes vuelven a casa tarde.
Quienes, sin saberlo, están escribiendo la historia de una ciudad con su vida cotidiana.
Y alrededor, nombres que todavía despiertan recuerdos: La Vela, Alejandro, Torró, Buen Gusto, Capri...
Y los cines.
Imperial.
Cervantes.
Avenida.
Teatro Chapí.
Villena llegó a tener cinco salas de cine y una sexta en verano, cuando la Plaza de Toros se transformaba en cine al aire libre.
Pero quienes estuvieron allí probablemente no recuerdan solamente las películas.
Recuerdan con quién fueron.
A quién vieron.
Quién se sentó al lado.
Quién esperaba fuera.
Quién salió del cine caminando despacio porque todavía no quería que terminara la noche.
La película era una parte de la historia.
La otra ocurría alrededor.
Y eso es lo que quizá hemos perdido un poco.
No los bares.
No los cines.
No los billares.
Hemos perdido, en cierta medida, la casualidad de encontrarnos.
Hoy podemos hablar con alguien que está a cientos de kilómetros en cuestión de segundos.
Podemos saber dónde está.
Podemos mandarle una fotografía.
Y, sin embargo, a veces pasamos días enteros sin encontrarnos verdaderamente con nadie.
Antes una tarde podía comenzar sin plan y terminar siendo inolvidable.
Una ciudad podía caber en unas pocas calles.
En el Paseo de Chapí.
En la calle Ancha.
En la Corredera.
En la calle Mayor.
En una mesa.
En una barra.
En un banco.
En una mirada.
Quizá por eso recordar aquellos lugares no significa querer volver atrás.
Significa preguntarnos qué parte de aquella forma de vivir queremos conservar.
Porque Villena sigue cambiando.
Los negocios cambian. Las generaciones cambian. Las calles cambian. Nosotros también.
Pero hay algo que no deberíamos dejar desaparecer:
la memoria de quienes hicieron ciudad antes que nosotros.
Eloy detrás de un mostrador.
Pepe «Candileja» en los Billares Parra.
Pepe «el del Niño».
Los cafés del Sara.
Los cines llenos.
Los nombres que todavía sobreviven en una conversación.
Porque llegará un día en que alguien encontrará una fotografía antigua y preguntará:
¿Quiénes son?
Y entonces comprenderemos que conservar una fotografía no siempre significa conservar una historia.
Necesitamos los nombres.
Las voces.
Las anécdotas.
Los lugares.
Los pequeños detalles.
Necesitamos a alguien que diga:
«Yo me acuerdo».
Y que después cuente lo que vio.
Porque quizá la memoria de una ciudad no sea otra cosa que eso:
una persona que recuerda,
otra que escucha,
y una historia que consigue pasar de una generación a otra.
Villena todavía tiene muchas tardes guardadas.
Tardes que no caben en un archivo.
Tardes que no aparecen en los libros.
Y quizá hoy, cuando todo sucede tan deprisa, deberíamos detenernos un momento.
Mirar nuestras calles.
Preguntar por sus nombres.
Por sus historias.
Por quienes estuvieron antes.
Porque una ciudad no desaparece cuando cierra un bar, desaparece cuando deja de recordar a la gente que se sentó dentro.
Y Villena todavía puede elegir no olvidar.
Mientras quede alguien capaz de decir:
«Yo me acuerdo».
Aquella Villena seguirá aquí.
No como fue.
Sino como algo mucho más valioso:
como aquello que todavía somos.
Por Fabiola Martínez Espinosa
18 de septiembre de 2026





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