Lola Vitoria Tarruella fue una de esas mujeres que parecen haber nacido con demasiadas cosas que decir para el tiempo que les tocó vivir.
Compositora, pianista y escritora, llegó a Villena siendo apenas una niña y aquí dejó buena parte de su vida y de su obra. Desde muy joven destacó por su talento musical y literario, pero, como tantas mujeres creadoras, su nombre fue quedando poco a poco en un rincón de la memoria.
Hoy volvemos a encontrarla entre partituras, manuscritos y palabras. Y quizá eso sea lo más hermoso: descubrir que una mujer que vivió hace más de un siglo todavía puede hablarnos desde sus papeles.
Porque recuperar a Lola Vitoria no es solamente rescatar a una compositora del olvido; es devolverle una voz a la historia cultural de Villena.
Lola Vitoria Tarruella
Dicen que estaba embrujada.
Quizá por aquel ojo de cristal
que escondía al volver el rostro,
quizá porque algunas mujeres
nacen con una habitación cerrada
dentro del pecho.
Cuando Villena apagaba sus ventanas,
Lola encendía una vela
y se sentaba frente al piano.
Nunca tocaba de espaldas a la noche.
Ponía las manos.
La primera nota
caía despacio.
Después otra.
Como si alguien,
desde el otro lado de la casa,
estuviera llamándola.
Sobre una silla
quedó durante años
un pequeño lazo.
Nadie volvió a tocarlo.
Ella tampoco.
A veces levantaba la cabeza
hacia el pasillo.
Esperaba.
Nada.
Solo el reloj
partiendo la noche
en pedazos.
Entonces volvía al piano.
Sus dedos conocían
aquello que su boca callaba.
Y la casa se llenaba
de una música oscura,
afilada,
casi secreta.
Lola escribía.
Una página.
Otra.
Manchas negras
ordenándose bajo sus dedos.
Hasta que una noche
puso un nombre
a todo aquello:
Danza de los venenos.
No explicó por qué.
Nunca lo hizo.
Quizá porque hay dolores
que pierden su nombre
cuando se convierten en música.
Pasaron los años.
El piano dejó de sonar.
La vela se consumió.
La casa guardó su secreto.
Y las partituras,
cerradas durante tanto tiempo,
esperaron.
Hasta que unas manos ajenas
volvieron a abrirlas.
La primera página tembló.
Nadie tocaba.
Sin embargo,
desde algún lugar de la habitación,
una tecla descendió.
Después otra.
Y una tercera.
Afuera, Villena dormía.
Dentro,
alguien volvía a tocar.
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