Descanse en Paz.
Por Fabiola Martínez Espinosa
Tres letras que todos hemos visto alguna vez talladas en una piedra fría, escritas con tinta temblorosa en una esquela de Villena Cuéntame, o susurradas en voz baja en el tanatorio. D.E.P. Parece poco, pero encierra dos mil años de historia.
No nació en español. Nació en latín, en la penumbra de las catacumbas de Roma. Allí, los primeros cristianos, allá por los siglos II y III, grababan sobre la losa de sus muertos un deseo que era también una plegaria: Requiescat In Pace. Que descanse en paz. Con el tiempo el rezo se hizo fórmula, la fórmula se hizo siglas, y las siglas viajaron con el cristianismo por todo el mundo. Hoy en Inglaterra es R.I.P., Rest In Peace. Aquí, en nuestra tierra, es D.E.P. O su hermana más larga y cercana, Q.E.P.D., Que En Paz Descanse.
En Villena esas letras tienen dirección. Viven en nuestro Cementerio Viejo, el que se levantó en 1880 cuando el pueblo ya no cabía en el anterior camposanto. Si lo paseas despacio, entre cipreses y silencios, las encuentras. Están en el mármol gastado del Panteón de Martín Requena Valiente, de 1886, en la elegancia suspendida del Panteón Baldaquino de 1919, en las manos juntas de aquella Mujer en Rogativa de 1916 que lleva más de un siglo rezando por alguien. Nuestros canteros, maestros de la piedra, no solo escribían un nombre y una fecha; tallaban un deseo con rejería modernista, con ángeles neogóticos, con piedra que aún hoy aguanta el sol y la escarcha de la sierra.
Porque en Villena la muerte nunca ha sido olvido. Cada año, en los últimos días de octubre, se nota. El cementerio, habitualmente callado, se llena de pasos, de cubos con agua, de flores frescas, de familias enteras que limpian un nicho y hablan en voz baja. Cientos de vecinos suben por San Sebastián para honrar a los suyos, como se ha hecho siempre. Y al día siguiente, el 2 de noviembre, suena la campana de la pequeña capilla para la Misa de los Difuntos, esa que no ha faltado nunca.
Por eso el D.E.P. no es una abreviatura fría. Es lo que decimos cuando no sabemos qué más decir. Es el último regalo que le hacemos a quien se va, desde las catacumbas de Roma hasta la ladera de nuestro cementerio. Es la manera villenera de decir: te recordamos, vete tranquilo.

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