1960 TEORIA DE UNAS FIESTAS

TEORIA DE UNAS FIESTAS. Por Alfredo Rojas
ROMPE a sonar de pronto, magnífico, retumbante, el timbal. Tiembla la fila; y empieza a moverse, ondulante, cadenciosa, a compás del rústico sonido. Flautas y chirimías, clarines y tropas, van lanzando al aire la lánguida melodía: a su son, sujeto inexorablemente al golpe severo del timbal, los moros se han puesto en marcha.
Mediada está la tarde; cae casi a plomo aún el sol de Septiembre, apenas tamizado el rigor de la canícula. En las aceras, la muchedumbre se aprieta en confuso montón; es masa amorfa, mezcla sin relieve de espectadores unidos momentáneamente por boquiabierta admiración. La fila de moros parece ignorarla; los ojos entornados, a causa del brillo del sol y del humo de un cigarro enorme, enhiesto, sólo miran hacia adelante, ignorando los muros de gente; secreto desprecio de actor que representa para sí mismo, en gozo íntimo y personal, en sabrosa admiración propia.
Es la Entrada, símbolo de las fiestas de Villena. De unas fiestas en las que colaboran, más o menos directamente, todos los hijos de la ciudad; de unas fiestas acerca de las cuales todos los villenenses, por dispares que sean los matices que puedan diferenciarlos, están de acuerdo; de unas fiestas, dígase lo que se quiera, propias, autóctonas, con circunstancias y características peculiares de la ciudad, de sus moradores; íntima y gozosamente nuestras.

Si se escudriñan las más escondidas esencias de nuestros festejos de moros y cristianos; si se indaga en su raíz, si se estudian hasta el fondo sus peculiaridades más singulares, se encontrará que no son más que el fiel reflejo de las particularidades que forman el carácter de los hombres de la ciudad. Nada nuevo es decir que la tierra en que se ha nacido contribuye poderosamente, junto a las influencias impuestas por el medio, el ambiente y las mil circunstancias que componen la unidad geográfica y espiritual, a la formación de sus hijos. Así, existe un carácter, una especial forma de ser del villenero; y así, en cada tierra, en cada ciudad, hay un sello característico que distingue tenuemente a sus hijos, formando un hombre tipo que, aunque no retratado fielmente en todos ellos, acaba por personalizarse si se examina el conjunto de los componentes de un pueblo.
Se puede considerar a una ciudad como a una unidad con vida y carácter propios; como una individualidad que se manifiesta, hasta en sus más desdibujados perfiles, en la forma de ser de sus habitantes. Y aquí, en la nuestra, los hombres, forzados a vivir todo el año con arreglo a los patrones que el mundo impone hoy con desesperante uniformidad, llegan a sus fiestas y pueden liberarse, para expresar, con matices propios, la amalgama de circunstancias que componen su íntima personalidad, reprimida muchas veces durante el curso del año y libertada después durante la representación de la más querida, de la más gozosamente sentida de sus fiestas. Aquí, en el acto más festero de ellas, brota de lo más íntimo del ser del villenero la más pura esencia de su idiosincrasia; los múltiples aspectos de su particular forma de ser; sus virtudes y hasta —¿por qué no decirlo?— sus defectos.
De ahí la respuesta al doble interrogante que plantea la pervivencia de estos festejos y el cariño con que los villenenses los celebran; porque son el reflejo de su personalidad; porque el hombre de Villena, transformándolos insensiblemente durante años, "los ha hecho a su medida", desdoblándose en ellos. Un buen observador sabrá más de los villenenses estudiándolos en estos días de Septiembre que durante todos los demás días del año, tediosos, uniformes. Y comprenderá que la gallardía, la religiosidad, el desprendimiento, las mil circunstancias que vierte el festero en estos días, no son más que un retrato fiel de la íntima forma de ser del hombre que habita en la ciudad.
Por todo ello, las maneras que caracterizan al festero en Villena, el conjunto de movimientos y ademanes que constituyen su forma de actuar, —y que tienen la difícil y fácil elegancia de lo que se efectúa extrayéndolo de una razón íntima, honda y no estudiada— no se aprenden; simplemente se despiertan. Los niños imitan perfectamente a los mayores; y a éstos les basta el más nimio acicate para representar con la mayor perfección y naturalidad su papel. Solamente el isócrono golpear del timbal hace vibrar a una fila de moros. La plañidera melodía servirá únicamente de pretexto para el retumbante ritmo. Ondulante, cadenciosa, avanzará poco a poco la comparsa, unidos los brazos de sus componentes, a compás del sordo golpear. Para dirigir sus evoluciones, al cabo de escuadra le basta un ademán, ya que para regir invisible, subjetivamente la representación, despertando reminiscencias dormidas, haciendo aflorar al exterior las más escondidas facetas de su personalidad, a los hombres de la escuadra les basta con que suene sin pausa, exacto, ineludible, el sonoro timbal...
Extraído de la Revista Villena de 1960

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