1971 LA COMPARSA DE MARINEROS

LA COMPARSA DE MARINEROS
Por Alfredo Rojas
—No me acuerdo bien, --me dice con los ojos cerrados, como si miraran hacia dentro escudriñando en la memoria— pero si no fue el año dos, sería por el tres cuando mi padre me sacó de marinero. Y ya no dejé de salir. Yo tengo setenta y tres, nací en el noventa y ocho. No vaya usted a creer: mi padre era marinero y mi abuelo también. Fíjese si será antigua la Comparsa. Pero no le puedo decir cuando la fundaron. ¡Cualquiera sabe!
Este hombre alto, erguido a pesar de su edad, es Jordán, antiguo cabo de gastadores de los marineros; Antonio Jordán Navarro, uno de los más antiguos marineros que viven. El tío «Chimo» y el «Alcaldés», a quienes pregunté primero, reconocieron la superioridad del otro en este aspecto: —Usted, si quiere saber cosas de los marineros de antaño, vaya a ver al tío Jordán. Ese está saliendo toda la vida.
—Mi padre se llamaba Andrés Jordán Archent. Era primo del canónigo; primo hermano. Usted sabe quien le digo: aquél que hizo la poesía de la Cruz de la «Cañá». Bueno, y muchas otras. Mi abuelo se llamaba Antonio Jordán Gironés. Tuvo dos hijos, mi padre y mi tío Gaspar, que también salía. ¡Y muchos! Apunte usted: estaban los dos Manganchas; el tío Botella; Manuel el de la Saladura, que era cabo; después salió de cabo, Conejero, y después yo, ahora le explicaré como fue. Estaban también Paco Donat, el tío Cortés, Bernardo Conca, Paco el Minero... Hubo años que salimos, cuando yo era muchacho, cuasi los cincuenta.
Jordán vive solo. No tiene hijos; su mujer murió hace unos años. La casa está cerca de Santa Lucía, frente a la estación de servicio. Una de estas casas alzadas sobre la carretera, tostadas por el sol que les da todo el día, desde que apunta el primer rayo por la Peña Rubia.
—No quiero tabaco; no fumo. Por los bronquios ¿sabe? Estoy muy fastidiao de los bronquios. Como le iba diciendo: Paco Urrea también era marinero. Y muchos más. Pero me falla la memoria. ¿El traje? Yo le diré como era el traje. El antiguo, claro. Mire usted: Llevábamos un pantalón blanco; una blusa azul de seda que tenía dos bolsillos blancos, con un vivo azul, y detrás una esclavina blanca, también con el vivo azul. El fajín era de color yema de huevo. Amarillo, eso es; no me acordaba. Un sombrero de cartón, parecido al cordobés; después ya nos pusimos una gorrica, de esas marineras. De calzao, yo y cinco o seis más llevábamos zapatos. Los demás, alpargates.
Y de pronto, la nostalgia asciende, dolorida, al rostro de Jordán, entorna sus ojos, hace temblar los labios, le encoge levemente el cuerpo sobre la mesa. La nostalgia que envuelve todo lo que ya se le fue: las fiestas, la alegría, la juventud, el vigor; su mujer, la chiquilla que se le murió, con tan sólo unos meses.
—¡Aquello sí que eran fiestas! Hacíamos la guerrilla en las Cruces. Por la mañana, después de almorzar; con la música y todo. Los que perdían bajaban atados, y algunos en camilla, con vendajes de mentira, llenos de pintura «colorá». Por las noches como el capitán y el alférez pagaban el gasto, iba toda la Comparsa con la banda a darles la serenata, y eso hacía que hubiera bailes y fiesta por todo el pueblo. Pagábamos cinco pesetas todos los meses. A los actos íbamos todos; raro era el que faltaba a una diana. «Pa» desfilar éramos muy serios; ahora se hacen muchas «payasás». Si quita usted a los Moros Nuevos, a los Moros Viejos, y alguna comparsa más, hay otras que da pena verlas.
—Y por lo que le digo de que eso sí que eran fiestas. El año veintitrés, el de la Coronación, me acuerdo como si fuera ayer. Salimos setenta y tres marineros. La bandera nos la regaló doña Josefa Amorós. Yo fui el alférez. Me llevaron a la guerra de Melilla y creí que no volvía. Tres meses estuve de operaciones, por los montes; murieron muchos de mi regimiento, y en mi casa me dieron por muerto. Y mi madre hizo la promesa de que, si volvía, saldría de alférez. Fue después cuando me hicieron cabo. Yo le diré cómo fue aquéllo. El cabo de la Comparsa era Conejero, pero se disgustó con el tío Botella y se salió de la Comparsa. Con él se fueron otros, y fundaron los Tercios de Flandes. Esto fue el año veintisiete. Paco Urrea también fue de los que se fueron. Duraron poco: hasta el treinta y uno. Y fue entonces, desde el veintisiete, cuando empecé a salir de cabo.
Calla Jordán. Recuerda, seguramente, los desfiles al frente de su escuadra, el marcial recorrido a lo largo de la Corredera, las alegres dianas, las retretas bullangueras, la solemne apostura de los festeros en la Procesión. Y en la plaza de toros: se hacía un desfile en ella de todas las Comparsas, con premios para las que mejor actuaban. «Se ponía la plaza de bote en bote». Y me cuenta también que en el año treinta se fue a vivir a Alicante: instaló allí una vaquería. Pero el día cinco, todos los años, estaba aquí de nuevo, a desfilar al frente de su escuadra.
—Me tiraban mucho las fiestas, ¿sabe usted? Y la pasión por la Virgen. Hasta que por la edad tuve que dejar de salir. Me se murió una hermana; yo la quería mucho, y ya no tuve humor tampoco. ¡Y aquí me tiene! De vez en cuando, me acerco «ca» mi hermano Me vengo aquí otra vez, voy a misa... y así va pasando el tiempo.
Se queda otra vez con los ojos fijos, mirando dentro de sí, reviviendo sensaciones y recuerdos. Y le dejo en ellos.
—Hasta otro día, tío Jordán.
—¡Vaya usted con Dios!
Extraído de la revista Villena de 1971

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