1951 CHAPÍ, EN "GARRINCHO"

CHAPÍ, EN "GARRINCHO" Por José Alfonso
En una mañana cruda de invierno —¡esto parece el principio de una novela por entregas!— íba yo en un coche remontando la carretera de Pinoso. Soplaba un viento furibundo, con probabilidades de ser nuestro Josué. Y el auto, buen prestidigitador, iba tragándose la tópica «cinta blanca» de la carretera. Eso sí, con bastante dificultad ante la rebeldía de Eolo, el dios de los gigantescos fuelles. Un sol enfermizo, gripal, lanzaba sus rayos remisos por un campo escueto, de tonos grises. El invierno, gran radiólogo de la Naturaleza, se manifestaba en los esqueletos de los árboles. Sólo el pino y el olivo, excepcionales y frioleros, se vestían de verde y de plata, colores hasta cierto punto táuricos. Los hilos telegráficos y telefónicos pautaban musicalmente el paisaje.

El coche dejó la carretera y torció por un camino moreno. Parecía ahora un avión rozando las nubes terrestres de los olivos. Dejamos atrás Ubeda, una Ubeda llana, sin cerros ni acento, y nos internamos en «Garrincho», delicioso paraje del campo de Monóvar donde el glorioso Chapí escribió «Margarita la Tornera».
La campiña monda y rasa hasta aquí, experimentaba una mutación brusca de verdes. Los pinares enjambraban la hermosa sierra que ondulaba con suavidad. En una hondonada del monte, paraje encantador, destacaba el llamado «Pozo de Franseso», lugar preferido por Chapí para aislarse en su trabajo. Así nos lo dice el Matacá, viejo guarda rural de la finca, que nos ha condimentado, en pleno aire libre, un arroz estupendo. Pero el buen Matacá apenas sabe nada de Chapí y nos remite a la tía Dolores «la del Chol que estuvo de casera en «Garrincho» y sirvió a don Ruperto.
Otra vez el coche rodando por un paisaje azorinesco cien por cien, hasta rematar en el caserío de «El Chol», donde encontramos a la tía Dolores, una viejecita arrugada y zuloaguesca.
—¡Qué buena persona era don Ruperto! —evoca emocionada— ¡Y qué señor! A veces iba fundado, (abstraído quiere decir), sacaba una libreta del bolsillo y se ponía a hacer apuntaciones. Todo el mundo le quería mucho, porque era muy campechano. Cuando veía una moza solía piropearla en valenciano: ¡Quína fadrina mes guapa! Y todos nos reíamos de sus ocurrencias.
La tía Dolores, que hablaba, como un molino», según dicen por allí, nos habló mucho de la vida que hacía en «Garrincho» el autor de «La Revoltosa».
Era gran madrugador. A veces permanecía el día entero sin salir de sus habitaciones. Con frecuencia se iba al «Pozo de Franseso», el lugar de su predilección, donde trabajaba paseándose o sentado ante una mesita de pino sin desbastar. Chapí no podía con el ruido, llegando a pedirles a los jornaleros que no cantasen y que les quitaran los cascabeles a las colleras de las mulas. Aquellos braceros y almocrebes de «Garrincho» atendían al punto las «manías de don Ruperto», que los sembraba de tabaco.
Una mañana llegó Chapí furioso a la finca porque los pájaros no le habían dejado trabajar. Quizá don Ruperto, coincidiendo con Carlyle —que mandó talar un hermoso álamo hirviente de pajarillos porque sus cantos le molestaban grandemente— hubiese ordenado en aquellos instantes la corta de todos los pinos de «Garrincho».
Pero lo asombroso en Chapí, al decir de la tía Dolores, es que no tenía piano en la finca, ni siquiera su querida flauta. ¡Ni un solo instrumento musical! Compuso «Margarita la Tornera», ¡de memoria!
—Eso sí —termina la antigua casera de «Garrincho»— cuando se marchó don Ruperto se llevó lo menos dos fardos de papel de un papel «lleno de rayas».
Extraído de la Revista Villena de 1951
Fotos... José Ibáñez Martínez "Soli"

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