1980 CONFITEOR

CONFITEOR. Por Alfredo Rojas Navarro
Otra vez ante mí —¿cuántas ya?— la hiriente blancura, insolente y estrepitosa, de la hoja de papel, dispuesta indiferentemente a recibir mis palabras. En la soledad de la habitación, la tamizada e indirecta luz a la espalda, apenas entreveo —los ojos semicerrados por el humo del cigarro y la introspección— los libros silenciosos en los que resaltan las letras de oro sobre el rectángulo de los tejuelos.
Escribir, sí. ¿Y escribir, para qué? ¿Qué es escribir en una pequeña ciudad, para una exigua cifra de lectores? No sé si es una vocación o simplemente un accidente, algo a lo que se llega a través de un imprevisible encadenamiento de circunstancias extrañas, ajenas a la voluntad. Pero, de cualquier modo, tarea intrascendente y baladí. Quéjese el escritor, el que de tal merece el nombre; diga que en España nadie lee, con números y datos en la mano acusadora. Sin embargo, ciñe su frente el laurel, aunque sea mustio, canijo y alicaído; merece la atención de los compiladores, pesa su nombre a las analectas, deja un cierto y evidente testigo de su vida entre los hombres y, este es el premio verdadero, una noche, pasados los años, o los siglos, sus palabras harán que se acelere el corazón de alguien en el que ha despertado un eco misterioso, ha pulsado un resorte desconocido, ha desvelado, a través del espacio y del tiempo, una ignorada y oculta sensación. Porque escribir en España es llorar, lamentó amargamente Larra; pero su nombre, sus acerbas palabras, el eco del romántico y decimonónico pistoletazo que acabó con su vida, suenan aún siglo y medio después.

El cultiparlo de pueblo, sin embargo, y salvo escasas excepciones de individualidades valiosas, ocupa el último lugar entre aquéllos que juntan palabras con el vano intento de traducir ideas. Escaso de talento, de dotes, o de oficio, que vete a saber cuánto hay de genio de destreza entre quienes por profesión hacen literatura, créese llamado a cantar lo que apenas sabe balbucir. Exuda con esfuerzo los gastados conceptos, retuerce las frases para huir de los tópicos que parecen brotar solos del papel, busca insistente sin fortuna el novedoso sinónimo y acierta por fin a parir, a trompicones con la eufonía y la sintaxis, desigual el ritmo, cojitranca la proporción del conjunto, el ratonero articulejo, la vanidosa y mezquina «carta abierta», el pretencioso ensayo, la rebuscada y lírica conferencia, el fatuo y petulante «a quien corresponda».
Y si lo antedicho atañe a la forma, el contenido es todavía peor. Generalmente, el que es-cribe para sus conciudadanos con la vana presunción de demostrar su ingenio literario, descenderá todavía más si se analizan sus ideas. Líbranse de ello los investigadores. Van éstos a la búsqueda de datos, de unos fríos y determinados aspectos; reflejan junto a ellos las consecuencias, o sus hipótesis, y aquí acaban. Sociólogos, historiadores, estadísticos, técnicos en esta y aquella disciplina, inquiridores asépticos, apenas rebasan su notarial tarea. Pero el retórico, el lírico, el que pretende hacer pura literatura, no es más, casi siempre, que un hiperbólico, un adulador, un solemne embustero. Nada más lejos de ese escribidor que aquella imagen del que derriba tiranos con la pluma, del que sufre prisión o destierro por sus escritos, del que fustiga, con certeras diatribas, los defectos de la sociedad en la que está inserto. El emborronador de pueblo es un conformista que loa lo establecido, idealiza prosaicas actitudes, inventa arquetipos, alza paradigmas y presta simbólicamente sus espaldas para aguantar falsos pedestales. Poco más, poco menos, se prostituye, olvida su dignidad, traiciona, cuando las tiene, sus íntimas convicciones. Pero a diferencia de la meretriz, que cubre sus necesidades con el fruto de la tarea que realiza y algo de placer hallará en el juego, éste se conforma con la palmadita en la espalda y la frase condescendiente a la que responderá con hipócritas protestas de modestia ofendida. La única consecuencia posterior será la de que la sociedad que le rodea, cuyas fingidas excelencias pondera y cuyos sórdidos defectos olvida o idealiza, colocará pronto ante él un nuevo folio para que continúe su menguada tarea.
Así, cantará el tipismo y las tradiciones, ocultando con el incienso de las alabanzas la parte que poseen de rutina y costumbre; verá acendrada religiosidad y omitirá lo que hay en ella de indiferente inercia; exaltará pretendidas muestras de singularidad que son comunes a tantos otros conjuntos urbanos. Ensalzará a sus paisanos con manoseados tópicos: apostillará a los hombres de laboriosos y ponderará la belleza de las mujeres, olvidando a las feas y a esa legión que sigue considerando el trabajo como una maldición, tal cual parece desprenderse de su bíblico origen. Pintará como únicos su cielo, su paisaje, la belleza de sus atardeceres; enumerará mil excelencias, monótonamente iguales a tantas otras ajenas. Desordenadamente amontonará, servil amanuense de la sociedad a la que pertenece, todo lo que a ésta tranquiliza y satisface. En definitiva, todavía más que condicionarse de manera sumisa por las normas de la comunidad, será él mismo el vocero que imparta, servilmente, las pautas de conducta.
Y a pesar de todo, ¿qué va a hacer? Ahora ya no tiene más salida que continuar en esta línea. Si levantara el látigo, si intentara expulsar mercaderes del templo, si fuera implacable al señalar defectos, si se atreviera a zaherir, siquiera a ironizar sobre las palpables y evidentes imperfecciones de sus coetáneos, sería apartado de su mediocre situación, señalado con el dedo, tachado de estrafalario, de rebelde; se le negaría el pan, la sal, y, por supuesto, los futuros folios. Una vez ya lanzado, es difícil volver al gris anonimato. De cuerdos y prudentes, pues, es seguir disimulando, que alguna ventajilla o prebenda traerá la cobardía.
* * *
Bien: aclararé ahora, y es casi innecesario hacerlo, que todo lo dicho es una humorada; el resultado del deseo de parecer original. Apenas algo más que un «divertimento», una «boutade». ¿Lo tomasteis en serio, virtuosas señoras, sesudos caballeros, prohombres respetables, asociaciones pías, celosos defensores de seculares estamentos? Tranquilizaos. En cuanto a mí respecta, volveré, cual siempre he hecho, a elevar el corazón en pos de los sólidos ideales ciudadanos. Ensalzaré de nuevo las indudables gestas locales, los nombres gloriosos, los consagrados e indiscutibles fastos; no atenderé retorcidas insinuaciones y desecharé firmemente el resultado de nocivos y equivocados análisis. Siempre lo he hecho así y mi anterior conducta lo proclama. Muchas veces, cuando he topado por la calle con la rotunda y ondulante cadera o el prominente seno, apenas entrevistos con el rabillo del ojo, he mirado a otro lugar desoyendo la voz del instinto; lo mismo haré con los ruines pensamientos y con las peligrosas y disolventes ideas. Seguiré disciplinado en el redil. ¿Lo dudáis? Os lo demostraré: Dadme, dadme otro folio.
Extraído de la Revista Villena de 1980

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