1974 DIEZ AÑOS DESPUÉS

Diez años después. Enrique Fartán Caire. Notario de Torrente
Mi querido amigo y compañero Augusto Vidal, mi sucesor en aquel oficio, me obliga y me brinda nueva ocasión de colaborar —y ello me da gusto y honor— en la simpática Revista que todos los años publica Villena en homenaje de su Patrona la Virgen de las Virtudes.
Pero también para mí la dificultad de hacerlo acrece, no solo porque hace tiempo dejé ese género de actividad, que siempre fue escasa, sino porque la distancia conjugada con los años entorpece hallar materia para un articulejo, que pudiera tener algo de interés y lozanía ya que por demás ha de resultar pobre de ingenio y escaso de noticia.
Por descontado que he de renunciar desgraciadamente a seguir el camino de otras anteriores intervenciones; pues ni tengo ya a la mano aquel interesante archivo notarial —única fuente a la que acudía para llenar mis cuartillas— ni me es posible por otra parte comprobar en paseos solitarios labras y escudos que excitaban mi curiosidad y que eran otro de mis temas preferidos. Habré pues de contentarme con divagar con ideas generales y acudir a alguna anécdota del buen pueblo villenero que refuerce mis conclusiones y dé un poco de alegría al escrito.
En definitiva pues, el tiempo y el espacio son los que de consumo se resiste al propósito. Y es que son muchos los años y más que muchos, rápidamente pasados, los que nos separan. La rapidez de la sucesión temporal, por extraña paradoja y contra lo que sucede con el espacio, acrecienta la lejanía, y así nos parece que son aún más los ... años transcurridos y más distantes hechos y personas. Tanto más se advierte el fenómeno, cuanto más llenos han sido esos años o más evolucionado su progreso. Hoy la facilidad de comunicaciones nos acércala Geografía y en cambio la rapidez nos distancia y aleja la Historia. Sucesos casi de ayer nos parecen lejanos y lo que es peor, extraños a nosotros. Y si esto ocurre con lo de importancia en el orden de las ideas o en el de los hechos, qué sucederá en lo trivial y corriente? Pasará por nuestro lado sin dejar rastro. Con ello llegaba yo a mi esfera particular y pensaba que para muchos, si los hay, que lean estos renglones, su firma será la de un desconocido, para alguno, poco más que un nombre; el círculo pequeño de mis relaciones se ha reducido sustancialmente casi hasta desaparecer.
Sin embargo, siempre queda algo y permanece en el tiempo. Esta siempre ha sido mi conclusión desde que en mi juventud leía aquella obrita del P. Nieremberg sobre la diferencia entre lo temporal y lo eterno; la evidente antítesis no excluye cierta eternización de lo temporal, por llamarlo de alguna manera.
Pero fue en Villena precisamente donde descubrí una oposición de estos términos de tiempo y permanencia y una síntesis que hubiera hecho sonreír al filósofo con su armonía de los contrarios.
Entraron en el despacho muy de maña na unos labriegos con ánimo de redactar un contrato, no recuerdo de qué naturaleza, pero sí bastante complejo y de mucha importancia económica. Se discutían minuciosamente cláusulas pactos y condiciones, se aquilataban términos para que el documento apareciera claro en evitación de posibles litigios y equívocas interpretaciones. Todo esto alargaba la entrevista y ellos se esforzaban en aclararme sus deseos y en que no quedase cabo por atar ni contingencia por prever. Y entonces fue cuando uno de ellos para cerrar el debate y dejar por sentado y definitivo el espíritu del convenio, refiriéndose a una cláusula me dice; bueno, señor notario, esto queda ya temporal. Entendí yo a primera vista que aquello significaba que la tal clausulita y sin ningún valor. Pero mi sorpresa fue grande al advertir en el transcurso de la conversación que por el contrario allí estaba el meollo de todo el negocio y que la subrayada clausulilla era la más permanente y definitiva. Veía pues trasladada al inquieto mundo del contrato la teoría de los contrarios y rebasaba en su extensión con mucho mis motivaciones sobre la permanencia de algo dentro de lo temporal.
Y fue otro villenero y muy culto, el que vino en mi ayuda para encontrar la solución a aquella aparente paradoja. El buen labriego, que siempre mira más al cielo que a la tierra, había observado, que cuando aquél se cubre de nubarrones y se desencadena el temporal, las lluvias anegan sus campos con gran regocijo y aquella situación lluviosa se hace duradera y a veces en de masía; no es un fenómeno transitorio ni las cuatro gotas que humedecen la tierra. Por eso aplicando sus coordenadas a los contratos y en su vida social llama temporal a lo que queda y permanece para siempre entre el farrago de cláusulas de estilo, caducas y transitorias.
Extraído de la Revista Villena de 1974

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